La noticia del hallazgo de Clara Benítez se propagó por San Jerónimo del Valle antes de que saliera el sol.
A las ocho de la mañana ya no se hablaba de otra cosa.
Las fotografías del parque aparecieron en todos los canales locales.
Las redes sociales se llenaron de teorías.
Y por primera vez desde el asesinato del apartamento 407, el miedo dejó de ser una sensación.
Se convirtió en una realidad.
Porque ahora había dos víctimas.
Dos escenas cuidadosamente preparadas.
Y una cuenta regresiva que nadie entendía.
El detective Ramírez llevaba horas observando las dos fotografías.
"Siete."
"Seis."
Las colocó una junto a la otra sobre su escritorio.
Laura Paredes.
Mujer desaparecida hacía siete años.
La segunda fotografía pertenecía a un hombre.
Nombre:
Miguel Ortega.
Desaparecido seis años atrás.
Ramírez sintió cómo una idea comenzaba a formarse lentamente.
—No puede ser...
Tomó el expediente de Sofía Navarro.
Nueve años.
Después buscó otro.
Ocho años.
Luego siete.
Después seis.
Su respiración se aceleró.
Porque estaba viendo un patrón.
Un patrón horrible.
Las fotografías parecían seguir una cronología.
Como si alguien estuviera recorriendo desapariciones antiguas.
Año por año.
Víctima por víctima.
Y si tenía razón...
Aún faltaban muchas.
Aquella tarde, Lucas decidió visitar nuevamente a la anciana.
La mujer que había mencionado al sospechoso equivocado.
Necesitaba más respuestas.
Pero cuando llegó a la casa, algo estaba mal.
La puerta principal estaba abierta.
Balanceándose con el viento.
Lucas descendió del automóvil.
Su estómago se contrajo.
—¿Señora?
No obtuvo respuesta.
Entró.
La casa estaba vacía.
Las sillas volcadas.
Los cajones abiertos.
Fotografías tiradas por el suelo.
Como si alguien hubiera buscado algo desesperadamente.
O hubiera querido que pareciera así.
—¿Señora?
Silencio.
Un silencio absoluto.
Lucas recorrió cada habitación.
No encontró a nadie.
Solo una fotografía.
Una única fotografía.
Olvidada sobre una mesa.
La recogió.
Y sintió un escalofrío.
Porque mostraba a Sofía Navarro.
Y junto a ella estaba Gabriel Mendoza.
Aquella noche, Ramírez llegó a la casa de los Mendoza.
Gabriel abrió la puerta.
Al ver al detective, su expresión se endureció.
—Necesito hacerle unas preguntas.
—Ya respondí preguntas.
—Y yo sigo sin obtener respuestas.
El detective entró.
La familia estaba reunida en la sala.
Lucas levantó la vista.
Adrián permaneció sentado leyendo.
Valeria miraba televisión.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Ramírez observó a cada miembro de la familia.
Deteniéndose un instante más en Gabriel.
—¿Conocía a Clara Benítez?
—No.
—¿Conocía a Laura Paredes?
—No.
—¿Y a Sofía Navarro?
El silencio cayó sobre la habitación.
Elena bajó la mirada.
Lucas observó a su padre.
Valeria dejó de prestar atención al televisor.
Gabriel tardó varios segundos en responder.
—Sí.
Ramírez asintió.
—Por fin algo sincero.
—Ya le dije que era amiga de la familia.
—¿Solo eso?
Gabriel no respondió.
Y aquella ausencia de respuesta fue más reveladora que cualquier confesión.
Más tarde, cuando el detective se marchó, Lucas enfrentó nuevamente a su padre.
—¿Qué está pasando?
—Nada.
—¡Deja de decir eso!
Gabriel se puso de pie.
—No entiendes ciertas cosas.
—Entonces explícamelas.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
Gabriel lo observó durante varios segundos.
Parecía agotado.
Más viejo.
Más cansado.
—Hay secretos que existen para proteger personas.
—¿A quién estás protegiendo?
Gabriel abrió la boca.
Pero ninguna respuesta salió de ella.
Y eso asustó más a Lucas que cualquier explicación.
Aquella misma noche, lejos del pueblo, en un lugar donde no llegaban las luces de las calles, una puerta metálica se abrió lentamente.
El sonido resonó en la oscuridad.
Una figura descendió unos escalones.
Llevando una linterna.
La luz iluminó paredes húmedas.
Hormigón.
Hierro oxidado.
Y una silla.
Vacía.
La figura se detuvo.
Observando.
Como si esperara encontrar algo.
Entonces la luz descendió.
Y reveló una fotografía pegada al suelo.
Una sola.
La imagen mostraba el rostro de una niña.
En la parte trasera había una fecha.
Y una palabra escrita cuidadosamente:
"Cinco."
La figura permaneció inmóvil.
Después tomó la fotografía.
Y sonrió.
Porque la cuenta regresiva continuaba.
Y nadie estaba cerca de comprender su verdadero significado.
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Editado: 04.06.2026