El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 7 El Hombre de la Fábrica

La desaparición de la anciana no apareció en las noticias.

Ni en la radio.

Ni en los periódicos.

Nadie parecía haber notado su ausencia.

Y aquello inquietó profundamente a Lucas.

Porque una mujer no desaparecía sin dejar rastro.

No cuando vivía toda su vida en el mismo lugar.

No cuando era conocida por todos los vecinos.

Algo estaba ocurriendo.

Y alguien estaba borrando piezas del tablero.

A la mañana siguiente, Lucas extendió sobre su cama todas las fotografías y recortes que había conseguido.

Sofía Navarro.

Gabriel Mendoza.

Laura Paredes.

Miguel Ortega.

El apartamento 407.

La anciana desaparecida.

Todo parecía conectado.

Pero no lograba descubrir cómo.

Observó nuevamente la fotografía encontrada en la casa de la anciana.

Sofía y Gabriel aparecían juntos durante una feria local.

Ambos sonreían.

No parecían simples conocidos.

Lucas apretó los dientes.

Su padre seguía ocultando algo.

Y cada día resultaba más evidente.

Mientras tanto, el detective Ramírez visitaba la antigua fábrica abandonada del pueblo.

Un lugar enorme.

Oxidado.

Vacío.

Con ventanas rotas y pasillos oscuros.

Había recibido una llamada anónima durante la madrugada.

Un hombre aseguraba tener información sobre las desapariciones.

Y había pedido reunirse allí.

Ramírez odiaba las llamadas anónimas.

Pero odiaba aún más ignorar posibles pistas.

Entró acompañado por dos agentes.

El eco de sus pasos resonó por todo el edificio.

—¿Hay alguien?

Nadie respondió.

Continuaron avanzando.

La luz de las linternas recorría paredes cubiertas de humedad.

Hierro corroído.

Viejas máquinas industriales.

Entonces escucharon una voz.

—Aquí.

Ramírez apuntó la linterna.

Un hombre apareció entre las sombras.

Cabello descuidado.

Barba irregular.

Ropa sucia.

Parecía vivir allí.

—¿Usted llamó?

—Sí.

—¿Cuál es su nombre?

—Tomás Ruiz.

Ramírez lo observó.

—¿Qué sabe?

Tomás tragó saliva.

Miró a ambos lados.

Como si temiera que alguien estuviera escuchando.

—Vi algo.

—¿Qué vio?

—Hace unos meses.

Ramírez permaneció en silencio.

Esperando.

—Vi a alguien sacar bolsas negras de una camioneta.

—¿Dónde?

—Cerca del bosque viejo.

—¿Quién era?

Tomás bajó la mirada.

Y durante unos segundos pareció arrepentirse de haber hablado.

—No pude verle la cara.

—¿Entonces por qué cree que es importante?

Tomás levantó lentamente la vista.

—Porque escuché gritos.

El silencio llenó la fábrica.

—¿Qué clase de gritos?

—De una mujer.

Aquella tarde, Ramírez regresó a la comisaría con más preguntas que respuestas.

El testimonio era débil.

Muy débil.

Pero algo en la actitud de Tomás le había parecido genuino.

Aterrorizado.

Como si realmente hubiera visto algo que no debía.

Y las personas aterrorizadas rara vez inventaban historias tan específicas.

Esa misma noche, una tormenta cubrió nuevamente San Jerónimo del Valle.

Tomás Ruiz estaba solo.

Como siempre.

Vivía en una pequeña construcción improvisada cerca de la fábrica.

Un colchón viejo.

Una estufa portátil.

Algunas mantas.

Nada más.

Se encontraba leyendo cuando escuchó un ruido.

Un golpe seco.

Proveniente del exterior.

Levantó la cabeza.

Escuchó.

Nada.

Volvió al libro.

Entonces oyó otro golpe.

Más fuerte.

Tomás se puso de pie.

Se acercó a la ventana.

No vio nada.

Solo oscuridad.

Solo lluvia.

Solo árboles moviéndose con el viento.

Se alejó.

Intentando convencerse de que no era nada.

Entonces escuchó el tercer golpe.

Esta vez en la puerta.

Tomás sintió cómo la sangre abandonaba su rostro.

Porque alguien estaba allí.

Al otro lado.

Esperando.

Pasaron varios segundos.

Nadie habló.

Nadie volvió a golpear.

Tomás avanzó lentamente.

Cada paso parecía más pesado que el anterior.

Llegó a la puerta.

Miró por una rendija.

Y no vio a nadie.

Frunció el ceño.

Giró la cerradura.

Abrió.

La lluvia golpeó su rostro.

No había nadie.

Absolutamente nadie.

Tomás soltó un suspiro de alivio.

Y entonces vio algo en el suelo.

Una fotografía.

Se agachó.

La recogió.

Y sintió que el corazón se detenía.

Porque la fotografía era de él.

Tomada esa misma noche.

Apenas unos minutos antes.

Alguien había estado observándolo.

Muy de cerca.

Tomás levantó la mirada.

Aterrorizado.

Y por primera vez comprendió que había cometido un error.

Había hablado demasiado.

A la mañana siguiente, Tomás Ruiz no se presentó a la cita que tenía con el detective Ramírez.

Ni respondió llamadas.

Ni apareció por ningún lado.

Cuando la policía llegó a la fábrica abandonada para buscarlo, solo encontraron una cosa.

Una fotografía.

Colocada cuidadosamente sobre una vieja mesa de metal.

En el reverso había una palabra escrita con tinta negra.

"Cuatro."

Y por primera vez desde que comenzó la investigación, Ramírez sintió algo parecido al miedo.

Porque alguien parecía ir siempre un paso por delante.

Y la cuenta regresiva seguía avanzando.




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