El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 10 El Primer Sospechoso

El cuerpo de Tomás Ruiz apareció colgado dentro de la antigua fábrica.

A más de seis metros del suelo.

Suspendido por cadenas oxidadas.

Balanceándose lentamente en la oscuridad.

La escena fue descubierta por dos jóvenes que habían entrado al edificio para grabar videos.

Uno de ellos vomitó.

El otro llamó a la policía.

Cuando Ramírez llegó al lugar, la fábrica estaba acordonada.

Los agentes evitaban mirar hacia arriba.

Porque era imposible no hacerlo.

Tomás colgaba justo en el centro del edificio principal.

Como una exhibición.

Como una advertencia.

Como una obra diseñada para ser observada.

El detective levantó la vista.

Y sintió un escalofrío.

No por el cadáver.

Sino por lo que había debajo.

Sobre el suelo.

Justo bajo el cuerpo.

Había una fotografía.

Y escrito con pintura roja:

"Tres."

La cuenta regresiva continuaba.

—¿Qué encontró?

preguntó el forense.

Ramírez observó la escena.

—Nada bueno.

—Eso ya lo sabía.

—No. Me refiero a otra cosa.

El detective señaló las vigas superiores.

—Mire eso.

El forense siguió la dirección de su dedo.

Había marcas.

Pequeñas.

Casi invisibles.

Pero suficientes.

—Alguien preparó esto con tiempo.

—Exactamente.

—¿Cuánto tiempo?

Ramírez observó nuevamente las cadenas.

—Días.

Tal vez semanas.

Aquella respuesta hizo que ambos permanecieran en silencio.

Porque significaba algo terrible.

El asesino no improvisaba.

Planificaba.

Y llevaba mucho tiempo haciéndolo.

Mientras tanto, Lucas revisaba nuevamente la información sobre Tomás Ruiz.

Ahora que estaba muerto, todo parecía más importante.

Las entrevistas.

Los recortes.

Los rumores.

Los testimonios olvidados.

Y había algo que no lograba quitarse de la cabeza.

¿Por qué Tomás había sido sospechoso?

¿Por qué la policía había llegado tan lejos en la investigación original?

Algo tuvo que existir.

Alguna razón.

Alguna prueba.

Algún indicio.

Y si lograba encontrarlo, quizá descubriría qué había ocurrido realmente con Sofía.

Aquella tarde decidió visitar a un antiguo policía retirado.

Alguien que había trabajado el caso nueve años atrás.

Un hombre llamado Ernesto Molina.

Lo encontró sentado frente a su casa.

Alimentando pájaros.

—¿Lucas Mendoza?

—¿Me recuerda?

—Claro.

Eras un niño la última vez que te vi.

Lucas tomó asiento.

—Quiero hablar sobre Sofía Navarro.

La sonrisa desapareció del rostro del anciano.

—Sabía que tarde o temprano alguien volvería a preguntar.

La conversación duró casi dos horas.

Y al final Lucas obtuvo algo importante.

No una respuesta.

Pero sí una dirección.

—Nos obsesionamos con Tomás.

—¿Por qué?

—Porque era el sospechoso perfecto.

—¿Qué significa eso?

El anciano suspiró.

—Vivía solo.

No tenía familia.

Tenía antecedentes menores.

Y estaba cerca de donde Sofía desapareció.

—¿Y las pruebas?

—Nunca existieron.

Lucas se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Nunca encontramos nada.

Absolutamente nada.

—Entonces ¿por qué lo investigaron tanto?

Ernesto observó el horizonte.

Y respondió con una frase que perseguiría a Lucas durante días.

—Porque era más fácil culparlo a él que mirar hacia otro lado.

Aquella noche, el detective Ramírez recibió los resultados del análisis de la escena de Tomás.

Nuevamente.

Nada.

Ninguna huella útil.

Ningún ADN.

Ninguna evidencia concluyente.

Era como perseguir un fantasma.

Sin embargo, había algo nuevo.

Una cámara de tráfico ubicada a tres calles de la fábrica había captado un vehículo.

No la matrícula.

No al conductor.

Solo el vehículo.

Una camioneta oscura.

Aparecía en las inmediaciones la noche anterior.

Y volvía a aparecer la madrugada del hallazgo.

Ramírez observó las imágenes varias veces.

Después amplió la fotografía.

Y sintió cómo el corazón se aceleraba.

Porque conocía ese modelo.

Había visto una camioneta exactamente igual en algún lugar.

Solo que no recordaba dónde.

En casa de los Mendoza, la tensión crecía.

Lucas apenas hablaba con Gabriel.

Gabriel evitaba a Lucas.

Y Elena comenzaba a preocuparse.

—Esto no puede seguir así.

—¿Qué cosa?

preguntó Gabriel.

—Ustedes dos.

—Estoy bien.

—No lo estás.

Gabriel permaneció callado.

Y ese silencio fue respuesta suficiente.

Más tarde, cuando todos dormían, Lucas bajó a la cocina.

Necesitaba despejar la mente.

Tomó un vaso de agua.

Y entonces vio algo por la ventana.

Una figura.

Inmóvil.

Al otro lado de la calle.

Observando la casa.

Lucas frunció el ceño.

Se acercó al cristal.

La figura seguía allí.

Sin moverse.

Sin hacer nada.

Simplemente mirando.

Entonces un automóvil pasó por la calle.

Las luces iluminaron brevemente la acera.

Y la figura desapareció.

Como si nunca hubiera existido.

Lucas salió inmediatamente.

Pero cuando llegó al exterior ya no había nadie.

Solo niebla.

Solo oscuridad.

Solo el sonido distante del viento.

Y una extraña sensación.

La sensación de que alguien estaba observando a los Mendoza.

La pregunta era:

¿Por qué?

A varios kilómetros del pueblo, una fotografía recién revelada se secaba sobre una mesa.

La imagen mostraba a un joven.

De pie frente a una ventana.

Mirando hacia la oscuridad.

Sin saber que alguien lo observaba.

Sin saber que acababa de convertirse en parte de una colección.




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