El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 11 La Tercera Víctima

La noticia de la muerte de Tomás Ruiz sacudió al pueblo de una forma distinta a las anteriores.

Porque Clara Benítez era una desconocida para muchos.

La mujer del apartamento 407 también.

Pero Tomás era parte de San Jerónimo del Valle.

La gente lo había visto durante años.

Caminando por las calles.

Pidiendo trabajo.

Sentado frente a la tienda de abarrotes.

Durmiendo cerca de la fábrica.

Era uno de esos rostros que todos reconocían.

Y ahora estaba muerto.

El funeral fue pequeño.

Silencioso.

Incómodo.

Apenas una docena de personas asistieron.

Entre ellas estaba Lucas.

No porque hubiera conocido bien a Tomás.

Sino porque sentía que su muerte estaba relacionada con Sofía.

Y cada nueva pieza parecía conducirlo hacia el mismo lugar.

El mismo misterio.

La misma noche.

La misma desaparición.

Después del entierro, Lucas caminó solo hasta el viejo cementerio.

Necesitaba pensar.

Necesitaba ordenar las piezas.

Sofía.

Tomás.

Gabriel.

La anciana desaparecida.

Todo giraba alrededor del mismo núcleo.

Pero seguía sin poder verlo completo.

Como si estuviera observando un rompecabezas con la mitad de las piezas ocultas.

Entonces escuchó una voz.

—Sabía que te encontraría aquí.

Lucas se giró.

Era Elena.

Su madre.

—Te estás obsesionando.

Lucas soltó una pequeña risa.

—Eso dicen todos.

—Porque es verdad.

Elena tomó asiento junto a él.

Durante unos segundos ninguno habló.

—¿Tú conocías bien a Sofía?

preguntó Lucas.

La expresión de Elena cambió.

Apenas un instante.

Pero cambió.

—Sí.

—¿Qué tan bien?

—Mucho.

Lucas esperó.

—¿Y nunca me contaste nada?

—Eras un niño.

—Ya no lo soy.

Elena observó las lápidas.

—Sofía era especial.

—¿Por qué?

—Porque siempre sonreía.

Incluso cuando tenía razones para no hacerlo.

Lucas permaneció callado.

—Era parte de nuestra familia.

Más de lo que imaginas.

Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire.

Y aunque no respondían ninguna pregunta, hacían que el misterio fuera todavía más profundo.

Esa misma noche, el detective Ramírez logró identificar algo importante.

La camioneta captada cerca de la fábrica.

No era única.

Había más de veinte similares en el pueblo.

Pero una de ellas llamó su atención.

Pertenecía a un hombre llamado Ricardo Vega.

Un antiguo guardia de seguridad.

Y lo más interesante:

Su nombre también aparecía en el expediente de Sofía Navarro.

Ramírez se quedó mirando la pantalla.

Otro nombre.

Otro vínculo.

Otra persona relacionada con una desaparición ocurrida nueve años atrás.

El círculo comenzaba a cerrarse.

A medianoche, Ricardo Vega regresaba a casa.

Había trabajado hasta tarde.

La carretera estaba vacía.

Oscura.

Silenciosa.

Encendió la radio.

Cambió de estación.

Nada interesante.

Suspiró.

Entonces vio algo.

Una figura parada en medio de la carretera.

Ricardo frenó bruscamente.

El automóvil se detuvo a pocos metros.

—¿Qué demonios...?

La figura no se movió.

Permaneció inmóvil bajo la lluvia.

Ricardo abrió la puerta.

—¡Oye!

No hubo respuesta.

La figura seguía quieta.

Observándolo.

Entonces un relámpago iluminó el lugar.

Y Ricardo sintió cómo un escalofrío recorría todo su cuerpo.

Porque la persona que estaba frente a él llevaba una máscara.

Una máscara hecha de fotografías.

La tormenta ocultó los gritos.

Ocultó el sonido.

Ocultó todo.

Y cuando la lluvia finalmente se calmó, la carretera volvió a quedar vacía.

Como si nada hubiera ocurrido.

A la mañana siguiente, Ramírez recibió otra llamada.

Esta vez ya sabía lo que iba a escuchar.

Lo supo antes incluso de contestar.

Lo sintió.

—Detective.

—¿Dónde?

preguntó inmediatamente.

Hubo un silencio.

—¿Cómo lo supo?

—¿Dónde?

—En el mirador del valle.

Ramírez cerró los ojos.

Y apretó los dientes.

Porque ya era demasiado tarde.

Otra vez.

Cuando llegó al lugar, el cuerpo de Ricardo Vega estaba sentado en un banco de madera.

Con vista a todo el pueblo.

Como si estuviera contemplando el amanecer.

Sobre sus piernas descansaba una fotografía.

Y debajo de ella, escrita con tinta negra:

"Dos."

La cuenta regresiva estaba llegando a su final.

Y nadie sabía qué ocurriría cuando terminara.

Esa misma mañana, mientras todo el pueblo hablaba de la nueva víctima, alguien observaba una pared cubierta de fotografías.

Decenas.

Cientos.

Rostros congelados en distintos momentos.

Algunos sonriendo.

Otros aterrorizados.

Otros llorando.

La colección era inmensa.

Y en el centro de la pared había un espacio reservado.

Un espacio especial.

La figura se acercó lentamente.

Tomó una fotografía.

La observó durante varios segundos.

Era Sofía Navarro.

Sonriendo.

Viva.

Después colocó la fotografía exactamente en el centro de toda la colección.

Como si fuera la pieza más importante de todas.

Como si todo hubiera comenzado con ella.

Y como si todo fuera a terminar también por ella.




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