El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 12 La Fotografía Rota

La muerte de Ricardo Vega provocó algo que los asesinatos anteriores no habían conseguido.

Pánico.

Verdadero pánico.

Las escuelas comenzaron a cerrar más temprano.

Los comercios vaciaron sus calles al caer la tarde.

Las reuniones nocturnas desaparecieron.

Y por primera vez en décadas, San Jerónimo del Valle parecía un pueblo fantasma.

La gente ya no preguntaba quién sería la próxima víctima.

Preguntaba cuándo.

El detective Ramírez llevaba cuarenta y ocho horas sin dormir adecuadamente.

Los expedientes cubrían todo su escritorio.

Sofía Navarro.

Tomás Ruiz.

Ricardo Vega.

Laura Paredes.

Clara Benítez.

La mujer del apartamento 407.

Las fotografías.

Los números.

La cuenta regresiva.

Todo estaba conectado.

Lo sabía.

Podía sentirlo.

Pero seguía sin encontrar el centro del laberinto.

Entonces alguien llamó a la puerta.

—Detective.

Era la oficial Morales.

—Encontramos algo.

Ramírez levantó la vista inmediatamente.

—¿Qué?

La mujer colocó una bolsa de evidencia sobre el escritorio.

Dentro había una fotografía rota.

Encontrada bajo el banco donde apareció Ricardo.

—¿Eso estaba en la escena?

—Debajo del banco.

Muy escondida.

Ramírez abrió cuidadosamente la bolsa.

Y observó la imagen.

Parecía haber sido arrancada de una fotografía más grande.

Solo mostraba una parte.

Un brazo.

Parte de un hombro.

Y una sección del rostro de una adolescente.

Pero bastó un segundo.

Ramírez reconoció inmediatamente a la joven.

Sofía Navarro.

Lucas también recibió noticias inesperadas aquel mismo día.

Un sobre apareció en el buzón de la casa.

Sin remitente.

Sin nombre.

Solo un sobre blanco.

Nada más.

Elena pensó que era publicidad.

Valeria quería abrirlo por curiosidad.

Pero Lucas lo tomó antes.

Y cuando vio lo que había dentro, sintió que el estómago se le hundía.

Era una fotografía.

Antigua.

Deteriorada.

Mostraba a Sofía junto a varias personas.

Una reunión.

Una celebración.

Una fiesta familiar.

Pero alguien había tachado todos los rostros con tinta negra.

Todos excepto uno.

Gabriel Mendoza.

—¿Qué ocurre?

preguntó Elena.

Lucas levantó la fotografía.

La habitación quedó en silencio.

Gabriel se puso rígido.

—¿Dónde encontraste eso?

—Llegó por correo.

—Dámela.

—No.

—Lucas.

—¿Qué significa esto?

Gabriel observó la imagen.

Su rostro perdió color.

—No lo sé.

—Mentira.

—No lo sé.

—¡Mientes!

Valeria se sobresaltó.

Elena se puso de pie.

—¡Basta los dos!

Pero ya era tarde.

Porque por primera vez Gabriel parecía realmente asustado.

No incómodo.

No evasivo.

Asustado.

Aquella noche, Lucas decidió salir.

Necesitaba despejar la mente.

Las preguntas comenzaban a consumirlo.

Condujo sin rumbo por las calles vacías del pueblo.

Hasta terminar frente al río.

El mismo río donde muchas veces había jugado de niño.

Apagó el motor.

Y permaneció allí.

Escuchando el agua.

Pensando.

Entonces vio algo.

Al otro lado del río.

Entre los árboles.

Una luz.

Pequeña.

Intermitente.

Como una linterna.

Lucas frunció el ceño.

Aquella zona estaba abandonada.

Nadie debería estar allí.

La luz desapareció.

Volvió a aparecer.

Y luego desapareció nuevamente.

Como una señal.

O una advertencia.

Mientras tanto, lejos de allí, alguien observaba una fotografía.

No una fotografía cualquiera.

La fotografía rota.

La parte que faltaba.

La otra mitad.

La imagen completa mostraba algo muy específico.

Algo que cambiaría toda la investigación si saliera a la luz.

Una reunión ocurrida nueve años atrás.

La última semana antes de la desaparición de Sofía.

Y en aquella fotografía aparecían juntos todos los nombres importantes del caso.

Gabriel Mendoza.

Ricardo Vega.

Tomás Ruiz.

Sofía Navarro.

Y una quinta persona.

Alguien cuyo rostro había sido cuidadosamente recortado.

Eliminado.

Borrado.

Como si nunca hubiera estado allí.

La figura observó aquella ausencia durante varios segundos.

Luego guardó la fotografía.

Porque todavía no era momento.

Aún faltaba una pieza.

Una sola.

Y cuando apareciera el número uno, todo comenzaría a cambiar.

A la mañana siguiente, Ramírez recibió una llamada del laboratorio.

La fotografía rota había revelado algo inesperado.

Algo que nadie había notado.

En una esquina de la imagen aparecía parcialmente visible un cartel.

Un cartel antiguo.

Con una dirección.

Y esa dirección conducía a un lugar olvidado por casi todo el pueblo.

Una vieja propiedad en las afueras.

Abandonada desde hacía años.

Relacionada con el caso Sofía Navarro.

Ramírez tomó las llaves de su automóvil.

Porque por primera vez en semanas sentía que estaba siguiendo una pista real.

No sabía que alguien más también se dirigía hacia allí.

Y que ambos estaban a punto de descubrir algo que había permanecido oculto durante nueve años.




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