La vieja propiedad se encontraba a veinte minutos de San Jerónimo del Valle.
Oculta entre árboles.
Lejos de las carreteras principales.
Y prácticamente olvidada por el resto del pueblo.
La casa parecía abandonada desde hacía décadas.
Ventanas rotas.
Techo parcialmente derrumbado.
Hierba creciendo por todas partes.
Cuando el detective Ramírez llegó, el lugar estaba desierto.
O al menos eso parecía.
La puerta principal cedió después de un fuerte empujón.
El interior olía a humedad.
A madera podrida.
A tiempo detenido.
Ramírez avanzó lentamente.
Linterna en mano.
Observando cada rincón.
Cada habitación.
Cada pared.
Nada.
Hasta que encontró algo extraño.
En una de las habitaciones del segundo piso había marcas.
No recientes.
Pero tampoco tan antiguas como el resto de la casa.
Alguien había estado allí años después de que la propiedad fuera abandonada.
Y alguien había querido ocultarlo.
Mientras tanto, Lucas conducía hacia el mismo lugar.
Había decidido seguir la pista de la dirección por su cuenta.
No confiaba completamente en la policía.
Y mucho menos después de descubrir tantas contradicciones.
Cuando divisó la casa a la distancia, vio algo que le hizo frenar.
Un vehículo policial.
—Maldición.
Ramírez ya estaba allí.
Lucas pensó en marcharse.
Pero terminó estacionando.
Y caminó hacia la propiedad.
Cuando entró encontró al detective revisando una habitación.
—Sabía que te encontraría aquí.
Ramírez ni siquiera pareció sorprendido.
—Empiezo a pensar lo mismo.
Lucas observó el lugar.
—¿Encontró algo?
—Tal vez.
—¿Qué clase de respuesta es esa?
—La única que tengo por ahora.
Los dos continuaron explorando la casa.
Y fue Lucas quien encontró algo importante.
Detrás de un armario empotrado.
Oculto por años de polvo.
Había un compartimento.
Pequeño.
Disimulado.
Difícil de detectar.
Ramírez ayudó a abrirlo.
Dentro encontraron una caja metálica.
Oxidada.
Cerrada.
Pero no lo suficiente.
El candado cedió rápidamente.
Y ambos quedaron inmóviles al ver el contenido.
Fotografías.
Decenas de fotografías.
Todas relacionadas con Sofía Navarro.
Algunas la mostraban en la escuela.
Otras caminando por el pueblo.
Otras sentada sola en un parque.
Ninguna parecía tomada por amigos.
Ni por familiares.
Eran fotografías tomadas a escondidas.
Desde lejos.
Sin que ella lo supiera.
Como si alguien la hubiera estado observando durante meses.
Tal vez años.
Lucas sintió un nudo en el estómago.
—¿Quién tomó estas fotos?
Ramírez no respondió.
Porque estaba observando otra cosa.
En el fondo de la caja había un cuaderno.
Pequeño.
Negro.
Viejo.
Lo abrió lentamente.
Las primeras páginas estaban vacías.
Las siguientes contenían fechas.
Nombres.
Direcciones.
Y observaciones.
Como un registro.
Como un seguimiento.
Como si alguien hubiera estado documentando la vida de Sofía.
Hasta el día de su desaparición.
Entonces encontraron un nombre repetido varias veces.
Gabriel Mendoza.
La habitación quedó en silencio.
Lucas leyó la línea una segunda vez.
Y una tercera.
No había dudas.
El nombre estaba allí.
Escrito claramente.
Una y otra vez.
—No puede ser.
murmuró Lucas.
Ramírez tomó el cuaderno.
Pasó varias páginas.
Y cada vez aparecía más información.
Más referencias.
Más menciones.
Más conexiones.
Todo apuntaba hacia Gabriel.
Aquella noche, cuando Lucas regresó a casa, encontró a su padre en el porche.
Sentado.
Solo.
Mirando la oscuridad.
Como si estuviera esperando algo.
O a alguien.
Lucas sostuvo una de las fotografías encontradas.
Y se la mostró.
El color abandonó inmediatamente el rostro de Gabriel.
—¿Dónde encontraste eso?
—En la propiedad abandonada.
Silencio.
—Respóndeme.
Gabriel bajó la mirada.
—No puedo.
—¡Siempre dices lo mismo!
—Porque no entiendes.
—Entonces explícame.
—No puedo hacerlo.
—¿Por qué?
Gabriel levantó lentamente la vista.
Y por primera vez desde que comenzó la historia, parecía verdaderamente aterrado.
No por la policía.
No por las sospechas.
No por el asesino.
Sino por la verdad.
—Porque si te lo cuento...
Su voz se quebró.
—...todo cambiará.
Aquella misma noche, en algún lugar lejos del pueblo, una fotografía fue colocada sobre una mesa.
No era una fotografía cualquiera.
Era reciente.
Mostraba a Gabriel Mendoza sentado en el porche de su casa.
Solo.
Pensativo.
Vigilado.
Observado.
La figura contempló la imagen durante varios segundos.
Después tomó un marcador negro.
Y escribió una única palabra en el reverso:
"Uno."
La cuenta regresiva había terminado.
Y San Jerónimo del Valle estaba a punto de descubrir que las cosas podían volverse mucho peores.
#520 en Thriller
#51 en Terror
terror psicológico, terror horror gore, sangre terror horror
Editado: 04.06.2026