El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 15 El Testigo

La revelación de la colección cambió todo.

Ya no se trataba de desapariciones aisladas.

Ya no se trataba de rumores.

Ya no se trataba de un asesino oculto.

Ahora el pueblo entero sabía que alguien había estado observando personas durante años.

Y que aquellas fotografías no eran trofeos improvisados.

Eran una obsesión.

La comisaría estaba desbordada.

Llegaban llamadas constantemente.

Personas afirmando haber visto cosas extrañas.

Vecinos denunciando movimientos sospechosos.

Familiares convencidos de reconocer a seres queridos entre las fotografías.

La mayoría de los reportes no servían para nada.

Pero Ramírez los revisaba todos.

Porque en algún lugar, entre cientos de mentiras y errores, podía esconderse una verdad.

Fue cerca del mediodía cuando apareció una mujer llamada Marta Salcedo.

Tenía cincuenta años.

Trabajaba como enfermera.

Y parecía aterrorizada.

No nerviosa.

No preocupada.

Aterrorizada.

Ramírez lo notó inmediatamente.

—Siéntese.

Marta obedeció.

Sus manos temblaban.

—Creo que vi al hombre de las fotografías.

La oficina quedó en silencio.

—¿Cuándo?

preguntó Ramírez.

—Hace tres noches.

—¿Dónde?

—Cerca del bosque viejo.

Ramírez tomó notas.

—¿Qué vio exactamente?

La mujer tragó saliva.

—Había alguien observando una casa.

—¿Qué casa?

—La de los Mendoza.

El detective levantó la vista.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Y por qué no lo informó antes?

—Porque pensé que estaba imaginándolo.

Ramírez permaneció inmóvil.

—Continúe.

Marta cerró los ojos unos segundos.

Como si estuviera reviviendo la escena.

—Llevaba una cámara.

—¿Pudo verle la cara?

—No.

—¿Altura?

—Media.

—¿Edad?

—No lo sé.

—¿Hombre o mujer?

La mujer dudó.

—Creo que hombre.

Creo.

Ramírez sintió frustración.

Las respuestas eran demasiado vagas.

Pero había algo que sí resultaba importante.

La cámara.

—¿Qué hacía exactamente?

preguntó.

—Tomaba fotografías.

—¿De quién?

Marta bajó la mirada.

—Del hijo mayor.

Lucas.

Ramírez permaneció en silencio.

Porque aquella información encajaba perfectamente con la fotografía encontrada detrás del mural.

La fotografía donde Lucas aparecía entrando en la biblioteca.

Alguien lo vigilaba.

La pregunta era:

¿Por qué?

Mientras tanto, Lucas continuaba investigando.

Había decidido visitar nuevamente el río.

La luz que había visto noches atrás seguía molestándolo.

Quizá era una tontería.

Quizá no significaba nada.

Pero su instinto le decía lo contrario.

Y últimamente su instinto había sido más útil que cualquier otra cosa.

Llegó al lugar poco antes del anochecer.

El río descendía lentamente entre las rocas.

El bosque permanecía silencioso.

Demasiado silencioso.

Lucas avanzó siguiendo la orilla.

Y después de varios minutos encontró algo.

Pisadas.

No eran recientes.

Pero tampoco demasiado antiguas.

Alguien había caminado por allí repetidamente.

Las marcas conducían hacia una zona más profunda del bosque.

Lucas observó alrededor.

Y decidió seguirlas.

El sendero era estrecho.

Difícil.

Cubierto de ramas.

Después de veinte minutos de caminata encontró una vieja construcción.

Pequeña.

Oculta entre árboles.

Parecía una caseta de mantenimiento abandonada.

Las ventanas estaban rotas.

La puerta colgaba de una bisagra.

Lucas sintió un escalofrío.

Porque aquella estructura no aparecía en ningún mapa que conociera.

Entró.

La linterna de su teléfono iluminó el interior.

Polvo.

Madera.

Herramientas oxidadas.

Nada más.

O eso parecía.

Hasta que encontró algo escondido bajo una tabla suelta.

Una caja metálica.

Pequeña.

La abrió.

Y encontró fotografías.

Otra vez fotografías.

Pero estas eran diferentes.

Mucho más recientes.

La primera mostraba a Tomás Ruiz.

La segunda a Ricardo Vega.

La tercera a Clara Benítez.

Todas tomadas antes de sus desapariciones.

Días antes.

Tal vez semanas.

Como si alguien hubiera estado siguiéndolos.

Seleccionándolos.

Marcándolos.

Lucas sintió cómo el corazón comenzaba a acelerarse.

Porque acababa de encontrar algo que podía cambiar la investigación.

Entonces escuchó un ruido.

Afuera.

Un paso.

Luego otro.

Y otro más.

Lucas apagó inmediatamente la linterna.

El interior quedó completamente oscuro.

Escuchó.

Alguien estaba caminando alrededor de la caseta.

Lentamente.

Sin prisa.

Como si supiera exactamente dónde estaba.

El sonido se acercó.

Más.

Y más.

Hasta detenerse frente a la puerta.

Lucas contuvo la respiración.

La oscuridad parecía aplastarlo.

Nadie habló.

Nadie entró.

Pasaron varios segundos.

Tal vez minutos.

Imposible saberlo.

Y entonces los pasos comenzaron a alejarse.

Cuando finalmente reunió valor para salir, ya no había nadie.

Solo bosque.

Solo niebla.

Solo silencio.

Pero una cosa quedó clara.

Alguien había estado allí.

Y probablemente había estado observándolo.

Esa misma noche, en algún lugar desconocido, una fotografía fue revelada lentamente dentro de una bandeja química.

La imagen comenzó a aparecer poco a poco.

Primero sombras.

Luego formas.

Finalmente un rostro.

El rostro de Marta Salcedo.

La enfermera.

La testigo.

La mujer que acababa de hablar con la policía.

La fotografía fue colocada sobre una mesa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.