El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 17 La Habitación Número Siete

La lluvia no se detuvo en toda la noche.

El agua golpeaba los techos de San Jerónimo del Valle como si intentara arrancarlos.

Pero en algún lugar lejos del pueblo, una mujer permanecía despierta.

Sentada contra una pared de concreto.

Observando la fotografía de Lucas Mendoza.

La fotografía que acababan de dejar frente a ella.

La mujer la tomó con manos temblorosas.

Sus dedos recorrieron lentamente la imagen.

Habían pasado años.

Demasiados años.

Pero reconocería aquel rostro en cualquier lugar.

Lucas.

El hijo mayor de Gabriel.

El niño que corría por el jardín.

El niño que siempre hacía preguntas.

El niño que una vez la llamó hermana.

Una lágrima descendió por su mejilla.

Los pasos regresaron.

La puerta metálica volvió a cerrarse.

Y la oscuridad se apoderó nuevamente de la habitación.

La mujer levantó la vista.

Observando el pequeño calendario que había grabado en la pared con una piedra.

Miles de marcas.

Miles.

Había perdido la cuenta exacta hacía mucho tiempo.

Pero sabía una cosa.

Llevaba encerrada más de nueve años.

Mientras tanto, en el pueblo, Lucas no lograba dormir.

Las fotografías de la caseta seguían extendidas sobre su escritorio.

Y cuanto más las observaba, más evidente parecía algo.

Había un patrón.

No en las víctimas.

Sino en los lugares.

Tomó un mapa.

Comenzó a marcar cada punto desde donde habían sido tomadas las imágenes.

Uno por uno.

Pacientemente.

Con cuidado.

Y cuando terminó, sintió un escalofrío.

Porque las ubicaciones formaban una figura.

Una especie de círculo.

Un perímetro.

Como si todas rodearan algo.

O a alguien.

En el centro exacto del mapa había un punto.

Una sola ubicación.

Una propiedad.

Una vieja construcción olvidada.

Conocida por los habitantes más antiguos del pueblo como:

La Casa del Molino.

Lucas la observó varios segundos.

Había escuchado historias sobre aquel lugar desde niño.

Leyendas.

Rumores.

Historias para asustar adolescentes.

Nada más.

O eso creía.

A la mañana siguiente decidió visitar a Ramírez.

El detective escuchó atentamente toda la teoría.

Observó el mapa.

Revisó las marcas.

Y lentamente dejó escapar el aire.

—Si tienes razón...

—Lo sé.

—Todo gira alrededor de ese lugar.

Lucas asintió.

—Y si alguien lleva años observando el pueblo...

necesita una base.

Ramírez observó nuevamente el mapa.

—La Casa del Molino.

Aquella misma tarde organizaron una inspección.

Dos patrullas.

Cuatro agentes.

Ramírez.

Y Lucas.

Aunque oficialmente no debía estar allí.

La propiedad estaba completamente abandonada.

O al menos eso parecía.

Ventanas rotas.

Paredes cubiertas de musgo.

Puertas podridas.

Y años de abandono.

La búsqueda comenzó de inmediato.

Habitación por habitación.

Piso por piso.

Nada.

No encontraron absolutamente nada.

Hasta que uno de los agentes llamó desde el sótano.

—¡Detective!

La voz resonó por toda la casa.

Ramírez bajó corriendo.

Lucas detrás.

En una pared de piedra había algo extraño.

Una puerta.

Oculta.

Disimulada tras una estantería vieja.

—¿La encontraron así?

preguntó Ramírez.

—No.

respondió el agente.

—Estaba cerrada.

La puerta cedió después de varios intentos.

Y detrás apareció una escalera.

Descendía profundamente.

Más de lo que cualquiera esperaba.

Lucas sintió cómo el corazón comenzaba a acelerarse.

Porque el aire que subía desde abajo era diferente.

Más frío.

Más húmedo.

Y tenía un olor extraño.

Un olor que ninguno pudo identificar inmediatamente.

Descendieron.

Peldaño tras peldaño.

La oscuridad parecía tragarse la luz de las linternas.

Y entonces llegaron al final.

Había una habitación.

Pequeña.

Vacía.

Completamente vacía.

Las paredes estaban desnudas.

El suelo limpio.

No había muebles.

No había objetos.

No había nada.

Pero en una de las paredes encontraron algo.

Una inscripción.

Grabada profundamente sobre el concreto.

Una única frase.

RAMÍREZ LEYÓ LAS PALABRAS EN VOZ ALTA:

—Llegaron nueve años tarde.

El silencio fue absoluto.

Nadie habló.

Nadie respiró.

Porque aquello significaba una sola cosa.

Alguien había estado allí.

Alguien sabía que algún día encontrarían el lugar.

Y alguien se había marchado antes de su llegada.

Aquella noche, Ramírez permaneció solo en la comisaría.

Observando fotografías.

Mapas.

Informes.

Intentando comprender.

Entonces ocurrió algo.

Algo tan simple que casi lo pasó por alto.

La fotografía de Lucas.

La encontrada en el mural.

La observó nuevamente.

Y esta vez vio el fondo.

Una sombra.

Una figura reflejada en una vitrina.

Amplió la imagen.

Más.

Y más.

Hasta que la figura comenzó a definirse.

No podía verse el rostro.

Pero sí algo más.

Una chaqueta.

Oscura.

Con una insignia.

Una insignia muy específica.

Ramírez sintió cómo la sangre abandonaba su rostro.

Porque reconocía aquel símbolo.

Y pertenecía a alguien que jamás había considerado sospechoso.

Muy lejos de allí, en la habitación donde permanecía encerrada la mujer cautiva, una pequeña pieza de metal cayó del techo.

Apenas un tornillo oxidado.

Nada importante.

Nada para cualquiera.

Pero para alguien que llevaba nueve años buscando escapar...

Era un regalo.

La mujer recogió el tornillo.




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