El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 18 La Insignia

Ramírez no durmió aquella noche.

La imagen permanecía abierta en la pantalla de su computadora.

La fotografía de Lucas.

La figura reflejada en la vitrina.

La insignia.

Y el nombre que ahora rondaba su cabeza.

Un nombre que no quería considerar.

Porque si tenía razón, significaba que alguien había estado dentro de la investigación desde mucho antes de lo que imaginaba.

A las siete de la mañana llamó a Morales.

—Necesito un expediente.

—¿De quién?

Ramírez dudó.

Solo un segundo.

—Ernesto Molina.

Hubo silencio al otro lado de la línea.

—¿El policía retirado?

—Sí.

—¿Crees que está involucrado?

—No lo sé.

Pero quiero saber qué hacía exactamente hace nueve años.

Mientras tanto, Lucas seguía pensando en la frase encontrada en el sótano.

"Llegaron nueve años tarde."

No parecía una amenaza.

No parecía una burla.

Sonaba más bien como una confesión.

Como si alguien hubiera esperado que encontraran aquel lugar.

Y hubiera querido dejar un mensaje.

Sobre su escritorio descansaban todas las piezas del rompecabezas.

Fotografías.

Mapas.

Recortes.

Notas.

Y en el centro de todo...

Sofía Navarro.

Siempre Sofía.

Fue entonces cuando algo llamó su atención.

Una fotografía que había revisado decenas de veces.

Una de las encontradas en la caja metálica.

La tomó nuevamente.

La observó.

Y sintió un escalofrío.

Porque acababa de notar algo imposible.

En una ventana.

Reflejada en el cristal.

Aparecía una persona observando a Sofía.

No era Gabriel.

No era Tomás.

No era Ricardo.

Era alguien más.

La imagen era borrosa.

Lejana.

Difícil de distinguir.

Pero una cosa sí era visible.

La persona sostenía una cámara.

Lucas sintió cómo la tensión recorría todo su cuerpo.

Porque la fotografía había sido tomada años antes de la desaparición.

Lo que significaba que Sofía estaba siendo observada mucho antes de desaparecer.

Mucho antes.

Aquella tarde, Ramírez visitó a Ernesto Molina.

El anciano abrió la puerta con una sonrisa cansada.

Pero la sonrisa desapareció cuando vio la expresión del detective.

—¿Qué ocurre?

—Necesito hablar contigo.

—Eso nunca es una buena señal.

Se sentaron en la cocina.

Y durante varios minutos nadie dijo nada.

Hasta que Ramírez colocó una fotografía sobre la mesa.

La ampliación de la insignia.

Ernesto la observó.

Y lentamente perdió el color.

—¿La reconoces?

preguntó Ramírez.

El anciano no respondió.

—Ernesto.

—Sí.

—¿De quién es?

El viejo cerró los ojos.

Como si aquella pregunta pesara más de lo que debería.

—Hace nueve años...

murmuró.

—No me preguntaste qué encontramos realmente durante la investigación de Sofía.

Ramírez permaneció inmóvil.

—Porque no encontramos nada.

Continuó Ernesto.

—O eso fue lo que dijimos.

La habitación quedó en silencio.

—¿Qué encontraron?

preguntó finalmente Ramírez.

El anciano levantó lentamente la vista.

Y por primera vez parecía asustado.

Verdaderamente asustado.

—Encontramos a alguien.

El corazón de Ramírez se aceleró.

—¿Quién?

—Nunca supimos su nombre.

—¿Qué significa eso?

—Lo vimos una sola vez.

Ernesto tragó saliva.

—Estaba observando la casa de los Mendoza.

La frase golpeó a Ramírez como un martillo.

—¿Y qué ocurrió?

—Desapareció.

—¿Cómo que desapareció?

—Una noche estaba allí.

A la siguiente ya no.

Como si nunca hubiera existido.

Ramírez observó nuevamente la insignia.

—¿Y la policía abandonó esa pista?

Ernesto soltó una risa amarga.

—No.

Alguien nos obligó a abandonarla.

La cocina quedó completamente en silencio.

Porque aquella respuesta era mucho peor.

Mientras tanto, en otro lugar del pueblo, Valeria estaba sola en casa.

Había regresado temprano de la escuela.

Elena estaba trabajando.

Gabriel seguía en el taller.

Lucas no había vuelto.

Y Adrián permanecía en su habitación.

Como siempre.

Valeria subió las escaleras.

Pensando en la conversación que había escuchado.

Pensando en los secretos.

Pensando en Sofía.

Y entonces escuchó algo.

Un golpe.

Provenía de la habitación de Adrián.

La niña se detuvo.

Escuchó nuevamente.

Otro golpe.

Luego otro.

Como si algo hubiera caído al suelo.

Valeria se acercó.

La puerta estaba cerrada.

—¿Adrián?

preguntó.

No hubo respuesta.

—¿Estás ahí?

Silencio.

La curiosidad pudo más.

Giró lentamente el picaporte.

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Y entonces vio algo.

Solo durante un segundo.

Un instante.

Antes de que Adrián apareciera de repente frente a ella y cerrara la puerta.

—¿Qué haces?

preguntó él.

Valeria retrocedió sobresaltada.

—Yo... escuché un ruido.

Adrián permaneció observándola.

Su expresión era completamente normal.

Tranquila.

Serena.

Demasiado tranquila.

—Solo se cayó una caja.

—Ah.

—¿Necesitas algo?

—No.

—Entonces deberías bajar.

Valeria asintió.

Y se alejó.

Pero mientras descendía las escaleras no podía dejar de pensar en lo que había visto dentro de la habitación.

Porque durante aquel breve segundo creyó haber visto una pared cubierta de fotografías.

Y aunque no estaba segura...

Una de aquellas fotografías parecía ser de Lucas.




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