El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 19 La Habitación Prohibida

Valeria apenas durmió.

La imagen seguía dando vueltas en su cabeza.

La puerta entreabierta.

La pared.

Las fotografías.

Y la reacción de Adrián.

No había sido una reacción normal.

No estaba enojado.

No estaba sorprendido.

Parecía... preocupado.

Como si hubiera sido descubierto haciendo algo que nadie debía ver.

A la mañana siguiente intentó convencerse de que había imaginado todo.

Quizá eran pósteres.

Quizá fotografías de paisajes.

Quizá cualquier cosa.

Pero cuanto más lo pensaba, menos se convencía.

Porque una de aquellas imágenes se parecía demasiado a Lucas.

Mientras tanto, Ramírez continuaba investigando la pista de Ernesto Molina.

Las declaraciones del antiguo policía habían abierto una herida enorme en el caso.

Alguien había obligado a la policía a abandonar una línea de investigación.

Alguien con poder.

Alguien que no quería que encontraran a la persona que vigilaba a los Mendoza.

Y si aquello era cierto...

Todo el caso Sofía Navarro había sido manipulado desde el principio.

Aquella tarde recibió un paquete anónimo.

Sin remitente.

Sin huellas.

Sin explicación.

Solo una caja de cartón.

Cuando la abrió encontró una cinta de video.

Antigua.

Muy antigua.

Y una nota escrita a mano.

"Lo que enterraron sigue vivo."

Ramírez sintió un escalofrío.

Horas después logró encontrar un reproductor funcional.

Insertó la cinta.

La pantalla parpadeó.

La imagen apareció distorsionada.

Líneas.

Interferencias.

Ruido.

Y entonces comenzó el video.

Era una grabación de seguridad.

Fecha:

Nueve años atrás.

La calidad era terrible.

Pero suficiente.

Mostraba la entrada trasera de un almacén abandonado.

Las imágenes avanzaban lentamente.

Nada ocurría.

Durante varios minutos.

Hasta que apareció una persona.

Una adolescente.

Ramírez se inclinó hacia adelante.

Era Sofía Navarro.

La grabación continuó.

Sofía parecía discutir con alguien fuera de cámara.

Movía los brazos.

Negaba con la cabeza.

Retrocedía.

Y entonces ocurrió algo extraño.

La expresión de Sofía cambió.

Como si hubiera visto algo.

O a alguien.

La joven giró la cabeza hacia la cámara.

Directamente hacia la cámara.

Y en ese instante el video se cortó.

Ramírez quedó inmóvil.

Porque aquella grabación demostraba algo fundamental.

Sofía estaba viva pocas horas antes de desaparecer.

Y alguien había ocultado aquella prueba durante nueve años.

Esa misma noche, Lucas decidió hacer algo que llevaba semanas evitando.

Hablar con Adrián.

Lo encontró en el garaje.

Reparando una vieja bicicleta.

—¿Tienes un minuto?

preguntó Lucas.

—Claro.

respondió Adrián.

La respuesta fue inmediata.

Natural.

Normal.

Demasiado normal.

—¿Recuerdas a Sofía Navarro?

preguntó Lucas.

Por primera vez.

Solo por una fracción de segundo.

Algo cambió.

Fue mínimo.

Prácticamente invisible.

Pero Lucas lo vio.

Y luego desapareció.

—Sí.

dijo Adrián.

—La recuerdo.

—¿Qué recuerdas exactamente?

Adrián apoyó la herramienta sobre la mesa.

Pensó unos segundos.

—Era amable.

—¿Solo eso?

—Era amiga de la familia.

Lucas continuó observándolo.

—¿Nunca te pareció extraño que desapareciera?

—Claro que sí.

—¿Y nunca investigaste?

Adrián sonrió ligeramente.

—No todos somos detectives.

La respuesta parecía una broma.

Pero algo en ella hizo sentir incómodo a Lucas.

Porque por primera vez tuvo la sensación de que no conocía realmente a su hermano.

Aquella misma noche, Valeria tomó una decisión.

Esperó.

Esperó hasta que Adrián bajó a cenar.

Hasta que Lucas salió.

Hasta que Elena recibió una llamada.

Y entonces subió las escaleras.

Directamente hacia la habitación prohibida.

Su corazón golpeaba con fuerza.

Llegó a la puerta.

Escuchó.

Nada.

Giró lentamente el picaporte.

La puerta se abrió.

Y esta vez entró.

La habitación parecía normal.

Cama.

Escritorio.

Libros.

Ropa.

Nada extraño.

Valeria sintió alivio.

Quizá realmente había imaginado todo.

Entonces vio una llave.

Pequeña.

Plateada.

Oculta dentro de un libro.

La tomó.

Observó alrededor.

Y encontró algo más.

Un armario.

Más grande de lo normal.

Demasiado profundo.

La cerradura coincidía.

Valeria introdujo la llave.

Giró lentamente.

El clic resonó en toda la habitación.

Y el armario se abrió.

La niña sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Porque detrás del armario no había ropa.

Había una puerta.

Una segunda puerta.

Oculta dentro de la pared.

Y desde el otro lado provenía un sonido.

Muy débil.

Casi imperceptible.

Pero suficiente.

Parecía el sonido de cientos de hojas de papel moviéndose lentamente.

Como si alguien hubiera llenado una habitación entera con fotografías.




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