El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 20 El Coleccionista de Rostros

Valeria permaneció inmóvil frente a la puerta oculta.

El sonido provenía del otro lado.

Suave.

Constante.

Como cientos de hojas rozándose unas contra otras.

Su corazón golpeaba tan fuerte que creyó que podía escucharse en toda la casa.

Debía marcharse.

Debía cerrar la puerta.

Debía fingir que nunca había encontrado aquello.

Pero la curiosidad fue más fuerte.

Empujó lentamente.

La puerta comenzó a abrirse.

Centímetro a centímetro.

Y entonces vio la habitación.

El mundo pareció detenerse.

Las paredes.

Todas las paredes.

Estaban cubiertas de fotografías.

Miles.

Literalmente miles.

Hombres.

Mujeres.

Niños.

Ancianos.

Desconocidos.

Vecinos.

Personas desaparecidas.

Personas muertas.

Rostros observándola desde cada rincón.

Como si la habitación estuviera viva.

Como si aquellos ojos aún conservaran algo de quienes habían sido.

Valeria sintió que el estómago se le revolvía.

Retrocedió un paso.

Luego otro.

Y entonces vio el escritorio.

En el centro de la habitación.

Perfectamente ordenado.

Decenas de carpetas clasificadas por nombres.

Por fechas.

Por años.

Por víctimas.

Como si alguien hubiera dedicado toda una vida a construir aquel archivo imposible.

Aquello no era una colección.

Era una obsesión.

Una enfermedad.

Una tumba hecha de recuerdos.

La niña apenas podía respirar.

Entonces vio una fotografía.

La tomó.

Y el terror la atravesó por completo.

Era ella.

Saliendo de la escuela.

Tomada apenas unos días atrás.

Valeria dejó caer la imagen.

Porque comprendió algo horrible.

No solo habían estado vigilando a las víctimas.

La estaban vigilando a ella.

Un ruido detrás de la puerta la hizo girarse.

Y encontró a Adrián observándola.

El tiempo pareció detenerse.

Estaba de pie en el marco de la puerta.

Sostenía un vaso de cristal lleno de leche.

Nada más.

Ni armas.

Ni amenazas.

Ni rabia.

Solo un vaso de cristal.

El líquido blanco parecía absurdamente brillante bajo la luz de la habitación.

Fuera de lugar.

Como un detalle equivocado dentro de una pesadilla.

Adrián levantó el vaso.

Bebió un pequeño sorbo.

Y la observó por encima del borde de cristal.

Tranquilo.

Completamente tranquilo.

Como si hubiera entrado a la cocina y hubiera encontrado a su hermana husmeando entre cajas viejas.

Como si las paredes no estuvieran cubiertas por miles de rostros.

Como si aquello fuera normal.

La incomodidad fue peor que el miedo.

Mucho peor.

Porque Valeria no estaba viendo a alguien fuera de control.

Estaba viendo a alguien perfectamente sereno.

Y eso resultaba aterrador.

—Sabía que tarde o temprano entrarías.

La voz de Adrián sonó calmada.

Demasiado calmada.

Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Porque no eran las fotografías lo que más la asustaba.

Era él.

La forma en que sostenía aquel vaso.

La forma en que la observaba.

La forma en que parecía completamente cómodo dentro de aquella pesadilla.

—¿Qué es esto?

susurró ella.

Adrián observó la habitación.

Luego las fotografías.

Luego volvió a mirarla.

Y sonrió.

No era una sonrisa alegre.

Ni amable.

Era una sonrisa tranquila.

Serena.

Terriblemente tranquila.

—Mi colección.

El aire abandonó los pulmones de Valeria.

—No...

—Sí.

—¿Qué hiciste?

Adrián caminó lentamente hacia el interior.

El vaso seguía en su mano.

Tomó una fotografía de una pared.

La observó unos segundos.

Como si estuviera admirando una obra de arte.

—Las personas mienten.

dijo.

—Siempre mienten.

Valeria retrocedió.

—Adrián...

—Fingen.

Ocultan cosas.

Traicionan.

Cambian.

Bebió otro sorbo de leche.

Con absoluta naturalidad.

Como si estuviera teniendo una conversación cualquiera.

—Pero los rostros no.

Sostuvo la fotografía frente a la luz.

—Los rostros siempre dicen la verdad.

Valeria comenzó a temblar.

Porque ya no estaba viendo a su hermano.

Estaba viendo algo más.

Algo que había permanecido oculto durante años.

Algo que había aprendido a disfrazarse perfectamente.

—Las personas desaparecidas...

preguntó con la voz quebrada.

Adrián levantó la mirada.

Y respondió sin vacilar.

—Sí.

La palabra cayó como una piedra.

Sin emoción.

Sin culpa.

Sin remordimiento.

Solo una simple verdad.

Valeria comenzó a llorar.

—¿Por qué?

Por primera vez.

Solo por primera vez.

La sonrisa desapareció.

Y algo parecido a la tristeza cruzó el rostro de Adrián.

Sus ojos se dirigieron hacia una fotografía colocada exactamente en el centro de toda la habitación.

Sofía Navarro.

—Todo empezó con ella.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Qué le hiciste?

susurró Valeria.

Adrián observó la fotografía durante varios segundos.

—Esa es una historia para otro día.

Entonces dio un paso hacia ella.

Y otro.

Valeria retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared.

—No tengas miedo.

dijo Adrián.

Aquellas palabras fueron mucho más aterradoras que cualquier amenaza.

Porque sonaban sinceras.

Completamente sinceras.

A varios kilómetros de allí, Lucas Mendoza descendía nuevamente al sótano de la Casa del Molino.

Había regresado solo.

Buscando respuestas.

Buscando pruebas.

Buscando cualquier cosa que explicara lo que estaba ocurriendo.

Nunca llegó a encontrarlas.




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