El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 21 La Verdad Tiene Rostro

—No tengas miedo.

La voz de Adrián era suave.

Casi amable.

Aquello hizo que Valeria sintiera más terror que cualquier grito.

Las lágrimas descendían por sus mejillas mientras observaba las miles de fotografías que cubrían la habitación.

Miles de rostros.

Miles de vidas.

Miles de secretos.

Y en medio de todo aquello estaba su hermano.

Con un vaso de leche en la mano.

Como si nada estuviera mal.

Como si aquello fuera normal.

—¿Vas a matarme?

preguntó Valeria.

Su voz apenas fue un susurro.

Adrián la observó durante unos segundos.

Luego negó con la cabeza.

—No.

La respuesta llegó tan rápido que resultó aún más inquietante.

—¿Por qué no?

—Porque eres mi hermana.

Valeria no supo qué responder.

Porque la forma en que lo dijo parecía sincera.

Completamente sincera.

Y eso era lo más aterrador.

Adrián caminó lentamente por la habitación.

Observando algunas fotografías.

Deteniéndose frente a otras.

Como un guía recorriendo una galería de arte.

—¿Sabes qué tienen en común todos ellos?

preguntó.

Valeria no respondió.

—Todos mintieron.

La niña tembló.

—No...

—Sí.

Tomó una fotografía de la pared.

Una mujer sonriendo.

Una sonrisa perfecta.

—Mira este rostro.

Todos la veían y pensaban que era feliz.

Pero golpeaba a su hija cuando nadie miraba.

Dejó la fotografía en su lugar.

Tomó otra.

—Este hombre robó dinero durante años.

Nadie sospechó de él.

Tomó otra.

—Esta mujer destruyó una familia entera.

Y nadie lo supo.

Valeria comenzó a comprender algo horrible.

Adrián no estaba justificándose.

Realmente creía lo que decía.

—Los rostros hablan.

continuó él.

—Las personas creen que pueden ocultarse.

Pero no pueden.

Siempre dejan algo al descubierto.

Siempre.

Se detuvo frente a la fotografía de Sofía Navarro.

Y por primera vez guardó silencio.

El cambio fue evidente.

La serenidad desapareció.

Durante apenas unos segundos.

—¿Qué pasó con Sofía?

preguntó Valeria.

Adrián permaneció inmóvil.

—No debiste preguntar eso.

La temperatura de la habitación pareció descender.

—¿Por qué?

—Porque todavía no estás lista para esa respuesta.

Valeria sintió un escalofrío.

Todavía.

No dijo nunca.

No dijo que no.

Dijo todavía.

Y eso significaba que Sofía seguía siendo importante.

Muy importante.

Mientras tanto, Lucas conducía a toda velocidad por la carretera.

La fotografía seguía sobre el asiento del copiloto.

La frase parecía grabada en fuego dentro de su cabeza.

"Tu hermana está conmigo."

Llamó a Valeria.

Una vez.

Dos veces.

Diez veces.

Nada.

Intentó llamar a Elena.

Luego a Gabriel.

Nada.

La desesperación comenzaba a consumirlo.

Porque ahora conocía la verdad.

Y la verdad era peor de lo que había imaginado.

Adrián no era simplemente un asesino.

Era inteligente.

Paciente.

Meticuloso.

Había engañado a todos durante años.

A toda su familia.

Incluyéndolo a él.

En la comisaría, Ramírez recibió la llamada pocos minutos después.

Lucas apenas pudo hablar.

—Es Adrián.

Silencio.

—¿Qué dijiste?

—Es Adrián.

Él es el Coleccionista.

El detective permaneció inmóvil.

Porque durante meses había considerado cientos de sospechosos.

Pero nunca a Adrián Mendoza.

Nunca.

Y eso era exactamente lo que hacía tan peligrosa aquella revelación.

Aquella misma noche comenzaron a movilizarse.

Patrullas.

Agentes.

Equipos de búsqueda.

Pero Adrián ya había desaparecido.

Cuando la policía llegó a la casa de los Mendoza, encontró la habitación vacía.

Las fotografías seguían allí.

Miles de ellas.

Pero Adrián no.

Y Valeria tampoco.

Lucas llegó apenas unos minutos después.

Corrió directamente hacia la habitación secreta.

Y se quedó inmóvil.

Las paredes seguían cubiertas de rostros.

Pero algo había cambiado.

En el centro exacto de la colección.

Donde antes estaba la fotografía de Sofía Navarro.

Ahora había otra.

Una fotografía nueva.

Recién colocada.

Valeria.

Debajo de la imagen había una nota.

Escrita con la misma caligrafía impecable.

Lucas la leyó.

Y sintió que el mundo se derrumbaba.

La nota decía:

"Ahora ella entiende."

Muy lejos de San Jerónimo del Valle, un automóvil avanzaba bajo la lluvia.

Adrián conducía.

Valeria permanecía sentada en el asiento trasero.

En silencio.

No estaba atada.

No estaba amordazada.

Y eso resultaba aún más inquietante.

Porque Adrián actuaba como si estuvieran haciendo un viaje familiar.

Como si nada estuviera mal.

Como si no acabara de secuestrar a su propia hermana.

Después de varios kilómetros, Adrián habló.

Sin apartar la vista de la carretera.

—Hay algo que necesito mostrarte.

Valeria no respondió.

—Algo que nadie ha visto en nueve años.

La lluvia golpeó el parabrisas.

—Y cuando lo veas...

dijo Adrián.

—Entenderás por qué todo comenzó.

Por qué comenzó con Sofía Navarro.




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