El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 26 La Cámara

Gabriel no podía apartar la vista de la fotografía.

Sus manos temblaban.

La imagen tenía más de nueve años.

La había visto cientos de veces.

Quizás miles.

Y sin embargo jamás había notado aquel detalle.

Jamás.

La figura entre los árboles.

Pequeña.

Lejana.

Casi invisible.

Un adolescente observando.

Una cámara colgada del cuello.

Adrián.

—Dios mío...

susurró.

El peso de la verdad comenzó a caer sobre él.

Porque eso significaba algo imposible.

Adrián había estado allí.

La noche que cambió todo.

La noche que destruyó sus vidas.

La noche de Esteban.

A cientos de kilómetros de distancia, Sofía permanecía sentada junto a la ventana.

La lluvia seguía cayendo.

Pero ahora Valeria apenas la notaba.

Toda su atención estaba concentrada en la mujer que todos creían muerta.

—Cuéntamelo.

dijo.

—Todo.

Sofía permaneció en silencio.

—No puedes seguir ocultándolo.

La mujer cerró lentamente los ojos.

Y durante unos segundos pareció regresar nueve años al pasado.

—Aquella noche...

murmuró.

Su voz sonó distante.

Lejana.

—Esteban quería hablar.

Valeria frunció el ceño.

—¿Hablar de qué?

—De lo que habíamos descubierto.

La respuesta no aclaró nada.

Pero la expresión de Sofía sí.

Porque había miedo.

Miedo auténtico.

El mismo miedo que alguien siente cuando recuerda una pesadilla real.

—¿Qué habían descubierto?

Sofía no respondió.

Adrián sí.

—Algo que nunca debieron encontrar.

Valeria giró inmediatamente hacia él.

—¿Qué cosa?

Adrián observó la lluvia.

Y por primera vez desde la revelación pareció cansado.

Profundamente cansado.

—Eso todavía no.

Mientras tanto, Lucas y Ramírez regresaban al Bosque del Norte.

Era tarde.

El viento agitaba los árboles.

Las ramas golpeaban unas contra otras.

Produciendo sonidos extraños.

Como susurros.

Como voces.

Lucas llevaba consigo varios de los dibujos encontrados en la habitación secreta.

Los mismos dibujos.

Las mismas escenas.

El mismo bosque.

Y cuanto más avanzaban, más familiar resultaba el paisaje.

Porque los dibujos eran exactos.

Inquietantemente exactos.

Como si hubieran sido realizados en aquel mismo lugar.

Finalmente llegaron a un claro.

Lucas observó el dibujo.

Luego el terreno.

Y sintió un escalofrío.

Porque coincidían perfectamente.

Cada árbol.

Cada roca.

Cada detalle.

Todo.

—Aquí.

dijo.

Ramírez lo observó.

—¿Estás seguro?

Lucas levantó lentamente la hoja.

—Completamente.

La excavación comenzó una hora después.

Linternas.

Herramientas.

Agentes.

Todos trabajando bajo la lluvia.

Y mientras removían tierra, Lucas no podía dejar de pensar en Adrián.

¿Por qué dibujar aquello?

¿Por qué conservarlo durante años?

¿Por qué esconderlo?

Nada tenía sentido.

Hasta que apareció algo.

Una tela.

Enterrada profundamente.

Después un hueso.

Luego otro.

El silencio se apoderó del lugar.

Porque todos comprendieron inmediatamente lo que estaban viendo.

Un cadáver.

En la vieja casa, Sofía se levantó lentamente.

Se acercó a una estantería.

Y tomó un objeto envuelto en tela.

Lo sostuvo entre sus manos durante varios segundos.

Como si dudara.

Como si no estuviera preparada.

Finalmente retiró la tela.

Valeria sintió que el corazón se aceleraba.

Era una cámara.

Antigua.

Golpeada.

Deteriorada por los años.

Pero perfectamente reconocible.

—¿Qué es eso?

preguntó.

Sofía observó el objeto.

—La cámara de Adrián.

Valeria frunció el ceño.

—¿La cámara de Adrián?

—La primera.

El silencio llenó la habitación.

—¿Qué tiene de especial?

Sofía tragó saliva.

Y pronunció unas palabras que cambiaron todo.

—Las fotografías siguen dentro.

A cientos de kilómetros de allí, en medio del bosque, un agente levantó algo cubierto de barro.

Ramírez se acercó.

Lucas también.

Y ambos quedaron inmóviles.

Porque no era un hueso.

No era una prenda.

No era una herramienta.

Era una cámara fotográfica.

Antigua.

Deteriorada.

Enterrada junto al cadáver.

Y en uno de sus laterales todavía podía leerse un nombre grabado.

ADRIÁN MENDOZA

Lucas sintió que el mundo se detenía.

Porque por primera vez aparecía una prueba física.

Una prueba imposible de ignorar.

Una prueba que conectaba directamente a Adrián con la noche de la muerte de Esteban Rojas.

Y mientras la lluvia seguía cayendo sobre el bosque...

una pregunta comenzó a perseguirlos a todos.

Si Adrián estaba allí aquella noche...

¿Qué fue exactamente lo que fotografió?




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