El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 28 La Primera Fotografía

El laboratorio permanecía en silencio.

Un silencio pesado.

Tenso.

Como si todos comprendieran que estaban a punto de ver algo que jamás debió sobrevivir al paso del tiempo.

El técnico colocó cuidadosamente el carrete sobre la mesa de trabajo.

Ramírez observaba desde detrás del cristal.

Lucas apenas respiraba.

—¿Puede recuperarse?

preguntó.

El técnico tardó unos segundos en responder.

—Tal vez.

Aquella palabra volvió a aparecer.

Tal vez.

Pero esta vez fue suficiente.

Porque significaba esperanza.

Y también peligro.

Mientras tanto, en la vieja casa, Sofía había extendido varios negativos sobre la mesa.

Valeria los observaba sin comprender.

Pequeñas tiras oscuras.

Imágenes congeladas.

Secretos atrapados en plástico.

—¿Por qué nunca los destruiste?

preguntó.

Sofía permaneció inmóvil.

—Porque algún día alguien tendría que conocer la verdad.

—¿Y por qué esperar nueve años?

La mujer sonrió con tristeza.

—Porque la verdad también puede matar.

Adrián seguía junto a la ventana.

Observando la lluvia.

Como si estuviera escuchando algo lejano.

Algo que únicamente él podía oír.

Entonces habló.

—Esteban cometió un error.

Valeria giró hacia él.

—¿Cuál?

Adrián no respondió de inmediato.

—Creyó que algunas personas merecían ser protegidas.

La respuesta no tuvo sentido para ella.

Pero Sofía cerró los ojos.

Como si aquella frase le doliera.

Horas después, en el laboratorio, la primera imagen apareció en una pantalla.

Lucas sintió que el corazón se detenía.

No era una fotografía de una víctima.

No era una fotografía de un asesinato.

No era una fotografía de Sofía.

Era una fotografía de Gabriel.

Mucho más joven.

Tomada en el bosque.

Durante la noche.

Mirando algo fuera de cámara.

Y la expresión de su rostro era aterradora.

Porque parecía asustado.

Verdaderamente asustado.

—¿Qué demonios estaba mirando?

susurró Lucas.

Nadie respondió.

Porque la siguiente fotografía apareció inmediatamente después.

Y esta vez sí mostraba algo.

Una fosa.

Recién excavada.

En medio del bosque.

El silencio se apoderó del laboratorio.

Porque la fecha impresa en la imagen era clara.

La fotografía había sido tomada un día antes de la desaparición de Esteban.

En la vieja casa, Sofía observó el mismo negativo iluminado por una lámpara.

Durante años había evitado mirarlo.

Durante años había intentado olvidarlo.

Sin éxito.

—¿Qué encontraron ustedes?

preguntó Valeria.

Sofía tragó saliva.

—Algo enterrado.

El corazón de Valeria comenzó a acelerarse.

—¿Qué era?

Silencio.

—No lo sabemos.

—¿Cómo que no lo saben?

—Porque nunca llegamos a abrirlo.

La habitación quedó inmóvil.

Incluso Adrián giró ligeramente la cabeza.

—Esteban quería abrirlo.

continuó Sofía.

—Gabriel quería avisar a la policía.

—¿Y tú?

—Yo quería irme.

Valeria sintió un escalofrío.

Porque aquella historia se estaba volviendo más extraña con cada minuto.

—¿Entonces qué ocurrió?

Sofía observó la lluvia.

Y durante varios segundos pareció incapaz de hablar.

Finalmente respondió.

—Alguien llegó antes que nosotros.

En el laboratorio apareció una tercera fotografía.

Y esta vez todos quedaron inmóviles.

Porque mostraba exactamente a tres personas.

Gabriel.

Sofía.

Esteban.

Los tres frente a la fosa.

Los tres observando algo dentro.

Algo que la cámara no alcanzaba a mostrar.

Algo oculto por la oscuridad.

Pero había otra cosa.

Una cuarta figura.

Parcialmente visible detrás de un árbol.

Muy lejos.

Difícil de distinguir.

Un adolescente sosteniendo una cámara.

Adrián.

—Dios mío...

murmuró Ramírez.

Porque aquello confirmaba lo impensable.

Adrián había estado allí.

No después.

No años más tarde.

Aquella misma noche.

Observando.

Fotografiando.

Registrándolo todo.

En la vieja casa, Valeria comenzaba a comprender algo.

Algo terrible.

—Tú sabías que Adrián estaba allí.

No era una pregunta.

Era una afirmación.

Sofía bajó la mirada.

Y asintió lentamente.

—Sí.

—Lo sabías desde el principio.

—Sí.

—¿Y nunca se lo dijiste a nadie?

La culpa apareció en los ojos de Sofía.

Una culpa enorme.

Una culpa de nueve años.

—No.

Valeria sintió rabia.

—¿Por qué?

Sofía levantó lentamente la vista.

Y respondió con una frase que hizo que incluso Adrián dejara de mirar por la ventana.

—Porque cuando encontré a Adrián aquella noche...

Su voz se quebró.

—...él ya estaba cubierto de sangre.

El silencio cayó sobre la habitación.

Absoluto.

Total.

Y por primera vez desde el capítulo veinte...

incluso Adrián pareció recordar algo que habría preferido olvidar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.