El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 32 El Niño de la Tumba

La lluvia golpeaba las ventanas de la vieja casa.

Pero nadie parecía escucharla.

Valeria seguía inmóvil.

Observando a Adrián.

Intentando reconciliar dos imágenes imposibles.

El asesino.

Y el niño aterrado encontrado dentro de una tumba.

—¿Es verdad?

preguntó.

Adrián no respondió.

—¿Te encontraron dentro de esa fosa?

Silencio.

—Adrián.

Finalmente levantó la mirada.

Y por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, Valeria vio algo extraño en sus ojos.

Dolor.

Dolor auténtico.

—Sí.

La respuesta apenas fue un susurro.

—Me encontraron allí.

Valeria sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.

—¿Por qué?

La mandíbula de Adrián se tensó.

—No lo recuerdo.

—¿No lo recuerdas?

—Recuerdo partes.

Su voz sonó distante.

Como si estuviera observando recuerdos ajenos.

Fragmentos.

Pedazos incompletos.

—Recuerdo lluvia.

Silencio.

—Recuerdo gritos.

Otro silencio.

—Y recuerdo sangre.

Mientras tanto, en San Jerónimo del Valle, Lucas y Ramírez avanzaban por un sendero abandonado.

El antiguo orfanato se alzaba frente a ellos.

Oscuro.

Vacío.

Muerto.

Las ventanas estaban rotas.

La pintura se caía de las paredes.

La naturaleza parecía estar devorándolo lentamente.

—¿Estás seguro?

preguntó Ramírez.

Lucas observó la fotografía recuperada.

Luego observó el edificio.

Y asintió.

—Completamente.

Porque detrás del orfanato había algo.

Algo que aparecía exactamente igual en la fotografía.

Una vieja torre de agua oxidada.

La misma.

Sin ninguna duda.

Comenzaron a rodear el edificio.

Y cuanto más avanzaban, más extraño se volvía todo.

Porque el lugar parecía abandonado.

Pero alguien había estado allí recientemente.

Huella tras huella.

Marcas en el barro.

Rastros de neumáticos.

Alguien seguía visitando aquel sitio.

Y no hacía mucho.

En la vieja casa, Sofía abrió una carpeta.

Dentro había varios informes médicos.

Documentos antiguos.

Amarillentos.

Deteriorados por el tiempo.

Valeria tomó uno.

Y comenzó a leer.

Su expresión cambió inmediatamente.

Porque el nombre escrito en la parte superior era inconfundible.

ADRIÁN MENDOZA.

Edad: 11 años.

—¿Qué es esto?

Sofía bajó la mirada.

—Los informes del hospital.

Valeria siguió leyendo.

Y sintió cómo el frío recorría su espalda.

Porque las palabras eran inquietantes.

Trauma severo.

Pérdida parcial de memoria.

Estrés postraumático.

Estado de shock.

Lesiones múltiples.

—¿Lesiones?

Sofía asintió.

—Cuando lo encontraron...

Se detuvo.

Como si le costara pronunciar las palabras.

—Tenía varias costillas fracturadas.

Valeria levantó lentamente la vista.

—¿Qué?

—Y una fractura en el brazo izquierdo.

La habitación quedó en silencio.

—¿Quién le hizo eso?

Sofía cerró los ojos.

—Eso es precisamente lo que nunca descubrimos.

Muy lejos de allí, Gabriel seguía escuchando la grabación.

La cinta giraba lentamente.

La lluvia sonaba como disparos contra el micrófono.

Y entonces apareció algo más.

Algo que nunca había escuchado.

Porque hasta ahora siempre detenía la grabación antes.

Siempre.

Después de la voz infantil.

Después del llanto.

Después del miedo.

Pero esta vez continuó escuchando.

Y entonces ocurrió.

Una voz.

La misma voz fría.

La misma voz desconocida.

La cuarta voz.

Pero esta vez la frase fue clara.

Perfectamente clara.

—El niño no debía estar aquí.

Gabriel sintió que el corazón dejaba de latir.

Porque esa frase lo cambiaba todo.

Todo.

En el antiguo orfanato, Lucas encontró una puerta metálica oculta detrás de la maleza.

Ramírez se acercó.

La puerta estaba oxidada.

Pero había algo extraño.

El candado era nuevo.

Muy nuevo.

—Alguien la usa.

dijo Ramírez.

Lucas asintió.

Y sin perder tiempo forzaron la cerradura.

La puerta se abrió lentamente.

Un olor húmedo emergió desde la oscuridad.

Viejo.

Podrido.

Encerrado durante años.

Encendieron las linternas.

Y descendieron.

Peldaño tras peldaño.

Hasta llegar a una sala subterránea.

El lugar parecía una cápsula del tiempo.

Archivadores.

Escritorios.

Estanterías.

Todo cubierto de polvo.

Pero había algo más.

Algo que hizo que Lucas se detuviera en seco.

Porque una pared completa estaba cubierta de fotografías.

Cientos de ellas.

Niños.

Docenas de niños.

Todos provenientes del orfanato.

Todos identificados con nombres.

Fechas.

Y números.

Lucas sintió un escalofrío.

Porque uno de los rostros le resultó familiar.

Terriblemente familiar.

Se acercó lentamente.

Tomó la fotografía.

Y sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Porque era Adrián.

Mucho más joven.

Mucho más pequeño.

Y debajo de la fotografía alguien había escrito algo a mano.

Una sola frase.

Una frase que hizo que incluso Ramírez palideciera.

"Sujeto 13 - Sobreviviente."




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