El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 34 Proyecto Sombra

La lluvia había comenzado a disminuir.

Pero dentro de la vieja casa nadie parecía notarlo.

Valeria observaba a Sofía.

Esperando respuestas.

Necesitándolas.

—¿Qué era el Proyecto Sombra?

preguntó finalmente.

Sofía permaneció en silencio.

Miró a Adrián.

Luego volvió a mirar a Valeria.

Y comprendió que ya no podía ocultarlo.

—Era un experimento.

La palabra cayó como una piedra.

—¿Qué clase de experimento?

—Uno que nunca debió existir.

Mientras tanto, Lucas continuaba revisando los archivos encontrados bajo el orfanato.

Las carpetas parecían interminables.

Informes psicológicos.

Evaluaciones conductuales.

Pruebas de resistencia emocional.

Pruebas de privación.

Pruebas de aislamiento.

Y cuanto más leía...

más enfermo se sentía.

Porque aquellos niños no habían sido cuidados.

Habían sido estudiados.

Observados.

Manipulados.

Como animales de laboratorio.

Ramírez abrió otro archivador.

Y encontró una libreta negra.

Pequeña.

Sin identificación.

La abrió.

Y leyó la primera página.

Entonces sintió que el corazón se detenía.

Porque no era un informe.

Era un diario.

El diario del director del proyecto.

La primera línea decía:

"El miedo es la herramienta más poderosa para moldear una mente."

Lucas sintió náuseas.

Porque ya comenzaba a comprender.

Aquello no era un experimento médico.

No era una investigación científica.

Era algo peor.

Mucho peor.

En la vieja casa, Sofía continuaba hablando.

—Los niños eran seleccionados.

—¿Para qué?

preguntó Valeria.

—Para medir cómo reaccionaban al trauma.

El silencio se volvió absoluto.

—¿Qué?

—Querían descubrir qué ocurría cuando una persona era expuesta al miedo durante años.

Valeria sintió un escalofrío.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

—Es una locura.

—Lo sé.

Sofía bajó la mirada.

—Pero ocurrió.

Adrián permanecía inmóvil.

Mirando la lluvia.

Como si estuviera escuchando voces que nadie más podía oír.

—¿Y tú estabas allí?

preguntó Valeria.

Adrián asintió lentamente.

—Sí.

—¿Qué te hacían?

El silencio regresó.

Un silencio largo.

Pesado.

Finalmente respondió.

—Nos encerraban.

Valeria sintió un nudo en el estómago.

—¿Dónde?

—Debajo del edificio.

Su voz era distante.

Mecánica.

Como alguien leyendo recuerdos ajenos.

—Sin luz.

Otro silencio.

—Sin comida durante días.

Valeria tragó saliva.

—¿Y después?

Adrián cerró lentamente los ojos.

—Después esperaban.

En el sótano del orfanato, Lucas abrió una nueva carpeta.

Y encontró fotografías.

Docenas.

Cientos.

Niños.

Siempre niños.

Fotografiados durante las pruebas.

Algunos lloraban.

Otros gritaban.

Otros simplemente observaban la cámara.

Como si ya hubieran renunciado a todo.

Y entonces apareció una fotografía conocida.

Demasiado conocida.

Lucas sintió que el corazón se detenía.

Porque era una fotografía tomada por Adrián.

Muchos años antes de convertirse en asesino.

La composición.

El ángulo.

La forma de capturar el rostro.

Todo estaba allí.

Incluso entonces.

—Dios mío...

murmuró.

Porque acababa de comprender algo.

La obsesión de Adrián por los rostros no había comenzado con las víctimas.

Había comenzado en el orfanato.

Muy lejos de allí, Gabriel seguía escuchando la grabación.

Y la cinta seguía revelando secretos.

La lluvia.

Las voces.

El miedo.

Y entonces apareció un nombre.

Un nombre pronunciado por la voz desconocida.

Un nombre que congeló su sangre.

—Doctor Salazar.

Gabriel sintió que el mundo se detenía.

Porque conocía ese nombre.

Lo conocía perfectamente.

Todo el pueblo lo conocía.

Había sido una figura respetada.

Un hombre admirado.

Un benefactor.

Un filántropo.

Muerto hacía diez años.

O eso creían todos.

En la vieja casa, Sofía observó la expresión de Adrián.

Y supo que el siguiente paso era inevitable.

Ya no podían detenerse.

No ahora.

—Valeria...

—¿Sí?

Sofía respiró profundamente.

—Hay algo que nunca te conté sobre la noche de la segunda tumba.

La joven sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.

—¿Qué cosa?

Sofía tardó varios segundos en responder.

Porque incluso después de nueve años seguía aterrorizándola.

—Cuando encontré a Adrián...

Silencio.

—No estaba solo.

La habitación quedó inmóvil.

—¿Quién estaba con él?

Sofía cerró los ojos.

Y pronunció el nombre que llevaba años persiguiéndola en sueños.

—El Doctor Salazar.

Adrián levantó lentamente la mirada.

Y por primera vez desde el capítulo veinte...

pareció sentir miedo.

Miedo verdadero.




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