El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 38 La Llave

La llamada había durado apenas cuatro segundos.

Cuatro.

Y aun así había cambiado todo.

Lucas permanecía inmóvil.

Con el teléfono todavía pegado al oído.

Escuchando el silencio.

Escuchando nada.

Porque la llamada ya había terminado.

Pero aquella voz seguía resonando dentro de su cabeza.

—Llegan nueve años tarde.

Ramírez observó su expresión.

Y comprendió inmediatamente.

—Era él.

No era una pregunta.

Lucas asintió.

Lentamente.

—Sí.

El detective sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

Porque durante años habían perseguido fantasmas.

Durante años habían investigado cadáveres.

Y ahora el fantasma acababa de llamar por teléfono.

Mientras tanto, Gabriel conducía por la carretera vieja.

La llave descansaba sobre el asiento del acompañante.

Pequeña.

Oxidada.

Aparentemente insignificante.

Pero Esteban había arriesgado su vida para ocultarla.

Y eso significaba algo.

Algo enorme.

Recordó una conversación.

Nueve años atrás.

Una conversación que nunca había contado.

Esteban estaba nervioso.

Más nervioso de lo normal.

—Si algo me pasa...

Le había entregado la llave.

—Prométeme que no abrirás nada hasta estar seguro.

Gabriel había reído.

Pensando que exageraba.

Pensando que todo era paranoia.

Ahora comprendía cuánto se había equivocado.

En la vieja casa, Valeria seguía recorriendo las habitaciones.

Buscando a Adrián.

La ausencia la inquietaba más de lo que quería admitir.

Porque después de descubrir que era un asesino...

Después de descubrir los cuerpos.

Después de descubrir los rostros.

Había algo que seguía sin encajar.

Nunca había huido.

Jamás.

Pero esta noche sí.

Y eso significaba que algo estaba ocurriendo.

Algo importante.

Sofía apareció en el pasillo.

—¿Dónde está?

preguntó.

—No lo sé.

La mujer palideció.

Porque ella sí sabía algo.

Algo que había estado evitando durante años.

Algo relacionado con el Archivo Trece.

Y si Adrián había salido solo...

Entonces probablemente ya estaba yendo hacia él.

Muy lejos de allí, Adrián caminaba por un camino de tierra abandonado.

La lluvia había cesado.

La niebla comenzaba a cubrir los árboles.

Y el silencio era absoluto.

Frente a él apareció una estructura.

Grande.

Oscura.

Abandonada.

Un antiguo sanatorio.

Cerrado hacía décadas.

Las ventanas estaban rotas.

La pintura se desprendía de las paredes.

Y la naturaleza había comenzado a devorarlo.

Adrián se detuvo.

Observándolo.

Porque reconocía aquel lugar.

No de fotografías.

No de documentos.

De recuerdos.

Recuerdos que jamás había conseguido recuperar por completo.

Entonces avanzó.

Y entró.

En el sótano del orfanato, Lucas seguía examinando la oficina secreta.

Cada objeto parecía cuidadosamente conservado.

Como si alguien hubiera esperado regresar.

Entonces encontró una libreta.

Más pequeña que las demás.

Sin título.

Sin identificación.

La abrió.

Y encontró una lista.

Una lista de nombres.

No números.

Nombres.

Los trece niños.

Por primera vez.

Con nombres reales.

Lucas recorrió la página.

Uno.

Dos.

Tres.

Hasta llegar al final.

Y entonces algo llamó su atención.

Porque había catorce nombres.

No trece.

Catorce.

Ramírez se acercó.

—¿Qué ocurre?

Lucas señaló la página.

—Mira esto.

Los dos observaron la lista.

Trece niños.

Y debajo de ellos...

Un nombre adicional.

Separado.

Escrito con tinta diferente.

Como si hubiera sido agregado después.

Un nombre.

Solo un nombre.

SALAZAR.

El silencio llenó la oficina.

Porque aquello no tenía sentido.

Ningún sentido.

Hasta que Lucas comenzó a comprender.

Y cuando comprendió...

Sintió verdadero miedo.

—Dios mío...

Ramírez lo observó.

—¿Qué?

Lucas levantó lentamente la vista.

Y pronunció una frase que cambió por completo la investigación.

—No estaba estudiando a los niños.

Silencio.

—¿Qué quieres decir?

Lucas observó nuevamente la lista.

Luego el nombre.

Luego los informes.

—Creo que Salazar estaba intentando crear a alguien como él.

La habitación quedó inmóvil.

Mientras tanto, Gabriel llegó a su destino.

Un viejo depósito ferroviario abandonado.

El lugar indicado por Esteban.

Descendió del vehículo.

Tomó la llave.

Y caminó hacia una puerta metálica oxidada.

La cerradura seguía allí.

Después de nueve años.

Esperándolo.

Introdujo la llave.

Giró.

Un clic.

La puerta se abrió lentamente.

Y detrás de ella encontró una caja fuerte empotrada en la pared.

Pequeña.

Antigua.

Con manos temblorosas abrió la compuerta.

Dentro había una carpeta.

Una sola carpeta.

Y sobre ella una nota escrita por Esteban.

Gabriel la tomó.

Y leyó.

"Si encontraste esto, significa que ya sabes que Salazar sigue vivo."

Su corazón se detuvo.

Pero la siguiente línea fue mucho peor.

Muchísimo peor.

"Y significa que todavía no sabes quién es realmente."




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