—¿Dónde se supone que vamos a dormir? —preguntó Ainhoa, sacudiéndose la ropa con nerviosismo—. Porque entre el polvo y la humedad, me estoy llenando de bichos.
—En los sacos de dormir que traje —respondió Yago, mientras terminaba de acomodar el campamento improvisado.
Los chicos habían logrado encender una pequeña fogata en el centro del círculo. Las llamas proyectaban sombras alargadas y danzantes contra las paredes descascarilladas del viejo edificio. El crujido de la madera era el único sonido que rompía el silencio sepulcral del lugar.
—Contemos historias de miedo —propuso Alex, con una sonrisa traviesa iluminada por el fuego.
—Venga, yo os voy a contar la verdadera historia del colegio fantasma —dijo Yago, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Hace muchos años, en este mismo edificio, ocurrieron demasiadas desgracias. Había un director de mirada fría y extraña; siempre que algún alumno cometía un error o se portaba mal, se lo llevaban a su despacho. Nadie sabía qué pasaba allí dentro, pero lo cierto es que esos niños nunca volvían a salir.
Un escalofrío recorrió el grupo. Las sombras de las columnas parecían estirarse hacia ellos.
—Los padres, desesperados, llamaron a la policía —continuó Yago—. Una noche, los agentes entraron por la fuerza. Registraron cada rincón: las clases vacías, la cafetería llena de polvo, el sótano oscuro... y, por último, el despacho del director. Al principio no encontraron nada, pero de pronto notaron un olor extraño, algo metálico y familiar. Al mover un mueble pesado, descubrieron lo impensable: los restos de una alumna. Estaba claro que alguien se había alimentado de ella. En unos frascos sobre la estantería, el director guardaba los ojos de sus víctimas como trofeos.
Yago hizo una pausa dramática, mirando a sus amigos a los ojos.
—Al día siguiente lo detuvieron por asesino y caníbal. Lo llevaron a la cárcel, pero una noche desapareció de su celda sin dejar rastro. Desde entonces, empezaron a reportarse casos similares en otros colegios. Dicen que las almas de los niños que murieron aquí todavía vagan por estos pasillos, arrastrando los pies y buscando una salida que jamás encontrarán.
—O sea... ¿que hay fantasmas por aquí ahora mismo? —preguntó Ainhoa, abrazándose a sus rodillas.
—No solo ellos —sentenció Yago con una mueca sombría—. Se dice que el director también volvió a su antiguo despacho.
—¿Qué dices? No bromees con eso... —susurró Emily, mirando hacia la oscuridad del pasillo.
—¡BU! —gritó Alex, saltando hacia ella.
—¡Ay, qué susto! —chilló Emily, con el corazón un poco acelerado.
—Qué sarcasmo, por Dios —comentó Alex, riéndose de la reacción de su amiga—. No me digas que te lo has creído todo.
—Basta de tonterías —intervino Guille, tratando de recuperar la calma—. Vamos a dormir, que mañana nos espera un día largo.