La noche había caído pesadamente sobre el antiguo colegio. Todos estaban sumidos en un sueño profundo y agitado, excepto Jesús, que se despertó de golpe al escuchar un golpe seco que resonó en el pasillo.
—¿Qué ha sido eso? —susurró Jesús para sí mismo, con el corazón empezando a latir con fuerza.
De repente, el sonido de algo pesado cayendo al suelo volvió a romper el silencio. Jesús se incorporó lentamente, sintiendo el frío del suelo a través de sus calcetines.
—¿Quién anda ahí? —preguntó en voz alta, aunque su voz tembló un poco.
Armado solo con el valor del momento, Jesús caminó hacia el origen del estrépito. El ruido provenía directamente del despacho del director, aquella habitación que protagonizaba la historia de Yago. Al llegar, la puerta estaba entornada. Allí, entre las sombras, lo vio: era él, el director caníbal, aquel ser que se decía que se alimentaba del sufrimiento de las familias. El hombre se giró lentamente y, al ver al chico, sus ojos brillaron con una locura inhumana antes de lanzarse al ataque.
—¡¡Chicos!! —gritó Jesús con todas sus fuerzas, pero el director fue más rápido.
—Ven aquí, pequeño... —siseó el director con una voz que parecía venir de ultratumba—. Conmigo serás mucho más feliz.
—¡Déjame! ¡Tú eres el que mató a tantos niños! ¡Monstruo! —gritó Jesús intentando zafarse—. ¡Déjame en paz, caníbal! Conozco tu historia y no pienso dejar que me atrapes.
—Eres un niño malo —gruñó el hombre, acorralándolo contra la pared—, y los niños malos deben pagar.
Desde el pasillo, el resto del grupo se despertó ante una escena estremecedora. Se escucharon gritos desgarradores y el sonido espeluznante de algo cortante. Chorros de sangre comenzaron a brotar por debajo de la puerta del despacho, manchando la madera vieja y extendiéndose por el suelo como una mancha voraz.
—Listo —murmuró el director tras un silencio repentino, limpiándose las manos—. Ahora iré a por tus amigos; después de todo, han invadido mi hogar.
En el campamento, el pánico estalló.
—Estoy escuchando gritos... ¡¿qué está pasando, chicos?! —exclamó Ainhoa, al borde del llanto.
—Seguro que es el director —dijo Yago, con el rostro pálido como la cera.
—Iré a ver —anunció Guille, tratando de sonar valiente.
—Voy contigo —añadió Alex, aunque sus manos temblaban.
—No es seguro separarse ahora —advirtió Emily, intentando detenerlos.
—¡Ay, tía, cállate! —la cortó Ainhoa, histérica—. Que vayan a ver qué ha sido eso de una vez.
—Vale, vale... —respondió Emily, retrocediendo un paso.
—Vamos ya —insistió Alex, tratando de convencerse a sí mismo—. Seguro que no es nada. No van a ser los fantasmas de los que habla Yago.
—Venga, venga, tirad adelante —les animó Yago, quedándose un paso por detrás.
Guille y Alex avanzaron por el pasillo hablando en susurros para darse valor. De repente, como si el edificio cobrara vida propia, los cuadros de las paredes empezaron a caerse uno tras otro y los muebles crujieron violentamente. Al doblar la esquina, se quedaron petrificados: un enorme charco de sangre fresca cubría el suelo frente a ellos. Cuando levantaron la vista y miraron al frente...