Eran las 3:05 de la madrugada. El ambiente en el viejo colegio se había vuelto pesado y el silencio solo era interrumpido por los latidos acelerados del grupo.
—¿Qué creéis que están haciendo? —preguntó Emily, mirando hacia la oscuridad del pasillo por donde se habían marchado Guille y Alex.
—No lo sé, pero me estoy meando de los nervios —admitió Ainhoa, cruzando las piernas.
—El baño está justo al lado del despacho del director —señaló Yago, recordando la historia que acababa de contar.
—Pues voy para allá, no aguanto más —decidió ella con determinación.
—Voy contigo, por si acaso —añadió Yago, no queriendo dejarla sola.
Ambos se alejaron hacia la zona de los servicios, dejando a Emily completamente sola en el campamento improvisado. Mientras Ainhoa entraba al baño, Yago esperaba en la puerta. En ese momento de calma tensa, la pareja aprovechó para sincerarse:
—Qué guapa estás con esa falda —le dijo Yago suavemente.
—Tú también estás muy guapo —respondió Ainhoa.
—La verdad es que... me gustas.
—Y tú a mí también.
Mientras los dos se besaban ajenos al peligro, la escena en el campamento era muy distinta. Emily, aburrida y asustada, divisó algo extraño en el suelo.
—Uy, allí hay un papel —murmuró para sí misma.
Al abrirlo, vio un dibujo del despacho y un mensaje aterrador: "Todo empezará a las 3:33 am. De mientras iré al baño a coger mi hacha. Firmado: Director".
—¿Qué hora es? —preguntó Emily en voz alta, aterrorizada.Miró su reloj: eran las 3:30 am. Tenía que avisar a los chicos, pero antes de que pudiera reaccionar, el terror se desató donde estaban Yago y Ainhoa.
Ellos, que aún estaban cerca del despacho, escucharon de repente el chirrido de una puerta abriéndose. El pánico los invadió al instante.
—¡Ven, vamos a escondernos! —gritó Yago desesperado—. ¡Corre! ¡Métete al cubículo!
Se encerraron en el pequeño cubículo, escuchando con horror cómo alguien entraba en la estancia y agarraba algo metálico y pesado. La puerta principal del baño se abrió de golpe.
—¡Hola, chicos! —exclamó una voz ronca y malvada.Ainhoa ahogó un grito de puro terror al ver la sombra bajo la puerta:
—¡Tiene un hacha!