Emily avanzaba por el pasillo con el corazón en la garganta. La nota que había encontrado la obligaba a moverse, a pesar del terror que sentía.
—¿Yago? ¿Ainhoa? —susurró, con la voz quebrada—. Voy a ir al despacho del director... tienen que estar allí.
Al llegar a la puerta del despacho, Emily reunió valor y entró. La imagen que encontró la dejó paralizada: Jesús yacía en el suelo, sin vida.
—¡Dios mío! ¡Está muerto! —exclamó Emily, retrocediendo horrorizada.
De repente, una voz surgió de entre las sombras del pasillo.
—¿Emily? ¿Estás ahí? —era Yago, que aparecía pálido y con la mirada perdida.
—¡Yago! ¿Eres tú? ¿Dónde está Ainhoa? —preguntó ella con desesperación.
—La mató el director —respondió él con una frialdad que helaba la sangre.
Emily no tuvo tiempo de procesar el dolor. Sabía que el peligro seguía allí fuera.
—No... tenemos que buscar a Alex y a Guille, ellos no saben nada de esto.
Mientras tanto, en otra parte del colegio, Guille y Alex se encontraban frente a una vieja escotilla en el techo.
—¡No abras la maldita escotilla! —advirtió Guille, sintiendo un mal presentimiento.
—Tarde —respondió Alex, justo cuando el mecanismo cedía.
De repente, el director cayó desde la escotilla con una agilidad inhumana, blandiendo su hacha.
—¡Me cago en todo! —gritó Guille, retrocediendo del susto.—¡Corre! —chilló Alex.
Pero no hubo tiempo para huir. El director fue más rápido y, con un movimiento certero de su hacha, acabó con Alex de forma brutal. Sin detenerse, comenzó a perseguir a Guille por el pasillo.
—¡Déjame en paz, cabrón! —gritaba Guille mientras corría desesperado.
—Ven aquí, pequeño... —siseó el director—. Pagarás por haber invadido mi hogar.
Guille logró entrar en un aula cercana. El pánico lo nublaba todo.
—¡Dios mío! ¿Dónde me meto?
En ese momento, una figura infantil y semitransparente apareció ante él. Era el fantasma de Mario, un antiguo alumno.
—Métete en el armario —le indicó el fantasma con voz hueca—. Tiene un trauma con ellos, no se atreverá a mirar.Guille no lo pensó dos veces y se ocultó en el estrecho mueble.
—Voy a aguantar la respiración para que no me escuche —pensó, apretando los puños.
El director entró en el aula, olfateando el aire como un animal.
—¿Dónde estás? ¿Te has ido por la ventana? —preguntó con malicia.
Convencido de que su presa había escapado al exterior, el director saltó por la ventana para buscarlo en los jardines. Al oír el silencio, Guille salió de su escondite y corrió al pasillo, vió a Emily y Yago, pero ellos a él no y se fueron antes de que el pudiese hablar.
—¡Guille! ¡Alex! —gritó Emily
—Si no nos separamos, no los encontraremos nunca —dijo Yago, aunque su comportamiento seguía siendo extraño.
El grupo se dividió una vez más en medio del caos. Guille, ahora solo y tratando de asimilar que seguía vivo, se apoyó contra una pared.
—Me salvé... —susurró jadeando. De repente, vio algo en el suelo—. ¿Y estos papeles?