El colegio fantasma

Capítulo 7 •Se descubre la verdad•

Guille se quedó petrificado mientras terminaba de leer los papeles que había encontrado en el pasillo. La sangre se le heló al comprender la magnitud de la traición.

—Yago es cómplice del director... —susurró para sí mismo con horror—. Tengo que avisar a los demás, si es que todavía queda alguien vivo.

Mientras tanto, en otra zona del colegio, Emily caminaba a ciegas por la penumbra, llamando desesperadamente a sus amigos.

—¡Guille! ¡Alex! ¿Dónde cojones estáis? —gritó, su voz rebotando en las paredes vacías—. ¿Hola? ¿Hay alguien?De pronto, un ruido metálico rompió el silencio justo detrás de ella. Emily se giró bruscamente y soltó un grito de puro terror al ver una sombra abalanzándose sobre ella.

—¡Aaaaaaah! —chilló Emily.

—¡Aaaaaaah! —gritó la sombra al mismo tiempo.

Ambos retrocedieron, tropezando con unos pupitres viejos. Al encender la linterna, Emily se dio cuenta de que era Guille.

—¡Me cago en la puta! —exclamó ella, tratando de calmar su corazón—. ¡Qué susto me has dado, Guille!

—¿Dónde están los demás? —preguntó Guille, jadeando por el esfuerzo de la carrera.

—Han muerto todos menos Yago —respondió Emily con lágrimas en los ojos—. Tenemos que encontrarlo, vamos a por él.

—Ni de coña —la cortó Guille con severidad—. Es un cómplice.

Emily se quedó sin habla, parpadeando con incredulidad.

—¿Qué? ¡¿Cómo?!

—Hola, chicos... —una voz familiar y gélida surgió de la oscuridad al final del pasillo.

Yago apareció caminando lentamente. Ya no parecía el amigo asustado de antes; en sus manos sostenía un arma que brillaba bajo la luz mortecina del colegio.

—¡¿Qué coño haces con una escopeta?! —exclamó Emily, dando un paso atrás.

—Digamos que me la ha dado mi amiguito el director —respondió Yago con una sonrisa torcida y los ojos vacíos.

—¡Corre! —gritó Guille, agarrando a Emily del brazo.Yago no dudó. El primer disparo retumbó en todo el edificio, haciendo que el cristal de una ventana cercana estallara, pero falló. Volvió a disparar rápidamente y, esta vez, el proyectil alcanzó a Emily en la pierna.

—¡Aaaaah! —Emily se desplomó en el suelo, gritando de dolor.

Guille, sin pensárselo dos veces, la cargó como pudo y se metió en la primera aula que encontró abierta.

—¡Cierra la puta puerta! —chilló Emily mientras se presionaba la herida sangrante.

Guille cerró de un portazo y echó el pestillo justo antes de que Yago llegara al otro lado. El silencio que siguió fue casi peor que los disparos.

—Joder, ¿qué hora es? —preguntó Guille, tratando de controlar el temblor de sus manos.

—Mierda... son las 6:38 —respondió Emily, mirando su reloj con dificultad.

—Llevamos desaparecidos en este colegio diez horas y media por lo menos—calculó Guille, dándose cuenta de que la pesadilla parecía no tener fin.

De repente, la puerta vibró bajo un golpe violento.

—¡Abrid la puta puerta! —rugió Yago desde el exterior.

—Os mataré a los dos —añadió la voz profunda y gutural del director, que se había unido a su cómplice en el pasillo.

—¡Emily, bloquea la puerta con lo que puedas! —le ordenó Guille desesperado.

—¡Que estoy coja, coño! —le gritó ella, señalando su pierna herida mientras intentaba arrastrarse hacia un armario para ayudar.




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