El colegio fantasma

Capítulo 9 •La pesadilla se está terminando•

El silencio en el aula era opresivo. Guille, con los nervios a flor de piel, buscó refugio rápidamente.

—Voy a esconderme debajo del escritorio —susurró para sí mismo, conteniendo la respiración.

Apenas se hubo ocultado, la puerta se abrió con un chirrido metálico. Guille observó desde su escondite unos pies que se movían con sigilo por la habitación.

—Creo recordar que ni Yago ni el director tenían unos tenis Fila... —pensó, con el corazón martilleándole el pecho.A pocos metros, una voz femenina y debilitada rompió el silencio.
—Tengo que salir de aquí... —murmuró Emily.

—¿Emily? —preguntó asomando la cabeza desde debajo de la mesa.

—¿Guille? ¿Dónde estás? —respondió ella, buscándolo con la mirada.

Guille se acercó y, al verla a la luz, soltó un suspiro de horror. Emily tenía una herida abierta en el hombro, además de la lesión en la pierna.

—¡¿No estabas muerta?! —exclamó Guille, incrédulo.

Emily, en lugar de responder con palabras, reunió las pocas fuerzas que le quedaban, se acercó a él y le metió un tortazo que resonó en toda la clase.

—¡Gilipollas! Me dejaste tirada —le recriminó con los ojos empañados.

—¡Pensaba que estabas muerta, joder! —se justificó él, frotándose la mejilla.

—Pues no lo estoy, ya lo ves —sentenció Emily, aunque se tambaleaba.

Guille sacó un objeto del bolsillo y se lo mostró.

—Cogí el móvil de Ainhoa. Vi las noticias y un noticiario decía que nosotros seis habíamos desaparecido. Han cancelado la búsqueda porque nadie se atreve a entrar en este colegio maldito. Tendremos que salir nosotros solos; no tenemos ayuda de nadie.

—¿Y cómo vamos a encontrar la salida en este laberinto? —preguntó Emily, desesperada.

—La salida es la muerte, cabrones —la voz de Yago retumbó desde el umbral de la puerta, fría y decidida.

—¡Corre! ¡Vamos a salir por la ventana! —gritó Guille, empujando a Emily hacia el marco.

—¿Y luego qué hacemos? —preguntó ella, mirando al vacío.

—Nos agarramos a la terraza del aula de al lado —le instruyó Guille rápidamente—. ¡Es nuestra única oportunidad!

—Ya he abierto la puerta... —siseó Yago, avanzando hacia ellos con el arma en alto.

—¡Corre! ¡Salta! —le urgió Guille.

Emily saltó al vacío, logrando aferrarse a la cornisa. Pero cuando Guille se disponía a seguirla, una mano fuerte lo agarró por el hombro y lo lanzó de vuelta al suelo del aula.

Era Yago.

—¡Déjame, hijo de puta! ¡Traidor!—bramó Guille, lanzándole un puñetazo.

Los dos se enzarzaron en una pelea brutal en el suelo. Entre forcejeos, Yago logró liberar su brazo y apretó el gatillo a quemarropa. El estruendo fue ensordecedor. El proyectil alcanzó a Guille directamente en la barriga.

—¡¡Guille!! —gritó Emily desde la ventana, con el rostro desencajado por el horror.

Guille se presionó la herida, sintiendo cómo el calor de la sangre empapaba su camiseta. Miró a su amiga una última vez con los ojos nublados.

—V... vete... —logró decir en un último aliento, antes de que sus fuerzas le abandonaran por completo.




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