Unos días antes de que los pasillos del colegio se tiñeran de sangre, de que todo empezase, la ciudad seguía su curso normal, ajena a la tragedia que se estaba gestando.
En su habitación, a oscuras, Yago sostenía el teléfono contra su oreja. Al otro lado, una voz ronca y pausada le daba instrucciones.
—Lo tenemos todo listo, entonces —murmuró Yago, con una sonrisa fría que nunca les había mostrado a sus amigos—. No sospechan nada. Creen que solo es una aventura más.
—Perfecto —respondió el director desde el otro lado de la línea—. Han invadido mi hogar durante años en sus leyendas... ahora les daremos una bienvenida que no olvidarán.
Yago apretó el puño. El recuerdo de aquel cumpleaños, de las risas a su costa y de la humillación que sintió frente a todos, ardía en su pecho como brasas vivas.
—Por fin van a pagar por lo que hicieron —sentenció Yago—. Ni uno solo de ellos volverá a reírse de mí.
Mientras tanto, en una cafetería al otro lado de la ciudad, el ambiente era radicalmente distinto. Entre risas y batidos, el resto del grupo hablaba con ilusión sobre lo que vendría después de la graduación.
—Yo lo tengo claro —decía Jesús, dibujando esquemas en una servilleta—. Voy a ser arquitecto. Quiero diseñar edificios que duren siglos, no como estas ruinas que vemos a veces.
—Pues yo voy a ser criminólogo —añadió Guille con tono serio—. Me fascina entender cómo funciona la mente de los criminales. Me aseguraré de que nadie se salga con la suya.
Alex soltó una carcajada mientras grababa un clip rápido con su móvil.
—Pues aquí tenéis a vuestro futuro YouTube de éxito. Voy a tener millones de seguidores, ya veréis.
—Yo prefiero algo más movido —dijo Emily con una sonrisa brillante—. Voy a formarme como socorrista. Me gusta la idea de estar ahí para salvar a la gente cuando más lo necesita.
—Pensad en grande, chicos —intervino Ainhoa, levantando su taza como si fuera un brindis—. Aquí tenéis a la futura Presidenta. Cuando mande, os daré trabajo a todos.
Todos rieron, brindando por un futuro lleno de promesas y éxitos. Se sentían invencibles, dueños de sus destinos, sin sospechar que para la gran mayoría, la vida se detendría apenas unos días después en la oscuridad de aquel colegio.
El destino ya estaba escrito, y el reloj había empezado su cuenta atrás hacia las 3:33 de la madrugada.
Presente
En la penumbra del amanecer, dos figuras se alejan rápidamente del colegio fantasma, fundiéndose con la maleza para desaparecer antes de que lleguen las autoridades. Yago y el director huyen, dejando atrás el escenario de su masacre.
Mientras tanto, en el frío suelo del aula, entre charcos de sangre y silencio, Guille mueve levemente los dedos. Su cuerpo está inmóvil, pero una chispa de vida lucha por permanecer en él.
En otra parte del edificio, Emily logra dar el último giro necesario. El candado de la puerta cede y cae al suelo con un eco metálico. Al abrirla, la luz del sol golpea su cara, cegándola por un instante mientras respira, por primera vez en horas, el aire de la libertad.