El Color De La Música

Capítulo 1

—Llego tarde, llego tarde, llego muy tarde... —iba susurrando casi sin aire, mientras corría por el pasillo principal con todas mis fuerzas.
Eran las 7:15 a.m. La clase de Literatura había empezado hace diez minutos y el profesor Martínez no era precisamente de los que perdonaban la impuntualidad. ​Mi mochila me golpeaba la espalda con cada salto. Mis piernas cortas hacían un esfuerzo épico, pero el tiempo me llevaba la delantera. Divisé la puerta del salón de Literatura a unos metros y no reduje la velocidad; mi plan era entrar rápido, pedir perdón y desaparecer en mi asiento.
​Llegué a la puerta y, con el impulso que traía, empujé la manilla con demasiada fuerza.
​Grave error.
El impulso me traicionó por completo. Mis pies se enredaron con mis propios pasos y, antes de que pudiera meter las manos, el mundo se inclinó.
​Entré al salón, pero no caminando. Entré volando.
​Terminé cayendo al suelo, mis cuadernos se deslizaron por el piso como si tuvieran vida propia y mi estuche se abrió de golpe, esparciendo lápices y bolígrafos hasta los pies del profesor.
​El silencio que siguió fue sepulcral. Treinta pares de ojos se clavaron en mí.
​—Señorita Davis —la voz del profesor de Literatura rompió el hielo—. Veo que su entrada triunfal coincide con el análisis de las tragedias griegas. Muy apropiado. Si ya terminó de besar el suelo, ¿podría sentarse?
​Me levanté lo más rápido que pude, sintiendo la cara arder mientras recogía mis cosas con las manos temblorosas. Me senté en mi puesto de siempre, ocultando el rostro tras mi cabello y deseando con todas mis fuerzas desaparecer.
(Después de la clase de Literatura...)
Las siguientes horas pasaron en una especie de neblina gris. Entre fórmulas de física que no entendía y la sensación de que todavía tenía una marca roja en las rodillas por la caída.
Finalmente, sonó el timbre del almuerzo. Esperé a que la horda de hambrientos saliera disparada hacia la cafetería para no morir aplastada; hoy no estaba para más misiones de supervivencia.
​Cuando los pasillos quedaron lo suficientemente vacíos, saqué mis auriculares. Necesitaba un "reset" urgente. Busqué When You're Gone de Shawn Mendes y subí el volumen hasta que el mundo exterior desapareció.
​Los pasillos estaban vacíos. Usé mi botella de agua como micrófono y me puse a bailar como si estuviera en un video musical cutre. Estaba tan metida en la canción que, al llegar el coro, cerré los ojos y di un giro dramático sobre mis talones.
—I didn't know that loving you was... —alcancé a cantar a todo pulmón.
​PUM...
​No terminé la frase porque mi espalda colisionó contra algo que definitivamente no era aire. Fue como estamparme contra una pared que, curiosamente, olía muy bien. Reboté por el impacto, mi botella de agua salió volando como un proyectil y, en mi intento desesperado por no besar el suelo por segunda vez en el día, mis brazos empezaron a girar como aspas de molino buscando de dónde agarrarse, aferrándome con fuerza a los antebrazos de la persona que tenía enfrente.
—Vaya... ¿estás practicando para High School Musical 4? —preguntó una voz profunda, cargada de diversión.
—¡Lo siento! —solté de golpe.
​En cuanto recuperé el equilibrio, lo solté rápido. Levanté la mirada y el corazón me dio un vuelco.
Era Isaac Álvarez. El chico del equipo de baloncesto, el de los rizos castaños y esos lentes que le daban un aire intelectual demasiado perfecto. ​
Dios mío, casi mato al chico más guapo del instituto.
—De verdad, perdón. ¿No te rompí nada, verdad? ¿Estás bien? ¿Necesitas un doctor? ¿Una ambulancia? ¿Un abogado? — no se porque dije eso, los nervios me traicionaron.
​Isaac soltó una carcajada. Se acomodó los lentes y me miró desde su altura con una sonrisa que me dejó estática.
​—Tranquila, estoy bien. Sobrevivo a tipos de dos metros en la cancha casi todos los días, así que puedo sobrevivir a esto también —bromeó, mientras se agachaba a recoger mi botella—. Pero eso sí, si vas a bailar así cada vez que nos crucemos, voy a tener que empezar a usar casco para venir a clase. Ya sabes, por si acaso.
—Bueno... si eso te hace sentir más seguro, adelante— logré responder, intentando no sonar tan nerviosa —. Aunque te advierto que se te va a ver muy raro un casco en medio del pasillo.
​—Me arriesgaré —sonrió él, entregándome la botella, luego me extendió la mano en forma de saludo—. Soy Isaac, por cierto.
​—Allysson —dije, aceptando su saludo.
​—Bueno, Allysson... espero que la próxima vez que choquemos no sea para intentar asesinarme —soltó él con una chispa de burla en los ojos.
​Me guiñó un ojo mientras sonreía, marcando unos hoyuelos perfectos y siguió su camino. Me quedé ahí quieta, mirando cómo se alejaba entre la gente. Sacudí la cabeza para reaccionar, guardé la botella en el bolsillo lateral de la mochila y caminé hacia la cafetería.
​Entré al comedor, que como siempre era un caos de gritos y olor a fritura, y busqué con la mirada la mesa de siempre. Mónica ya estaba sentada ahí. Se veía perfecta, como si ella no tuviera que lidiar con el sudor o el frizz, moviendo su ensalada mientras no despegaba los ojos del teléfono.
—¡Monica, no me lo vas a creer! —solté apenas llegué, dejando la bandeja sobre la mesa.
Ella levantó la vista, me escaneó un segundo y bloqueó su celular.
​—Te escucho, Ally. Pero respira, que parece que te va a dar algo —dijo con esa voz pausada y perfecta.
​—Acabo de chocar con Isaac Álvarez en el pasillo. Literalmente chocamos, porque iba distraída con la música. ¡Y me habló! —le conté a mil por hora, sin poder borrar la sonrisa de mi cara—. Es súper gracioso, nos reímos, me dio la mano... ¡me saludó como si fuera alguien normal y no un desastre que casi lo mata!
​Mónica dejó el tenedor a un lado y me miró fijamente, con esos ojos que parecen analizarte hasta el alma, y luego soltó un suspiro suave y se inclinó hacia mí para acomodarme un mechón de cabello.
​—Ay, Ally... de verdad que solo a ti te pasan esas cosas —murmuró, mientras me quitaba una pelusa imaginaria del hombro—. Qué valor tienes de andar así, toda alborotada y haciendo espectáculos en los pasillos. Yo me moriría de la vergüenza, en serio. Pero bueno, supongo que a ti te queda bien ese estilo de "chica despistada"... es como tierno, de una forma algo... infantil.
—Bueno, fue un accidente. Él se lo tomó súper bien, no pareció molesto.​— dije, tratando de aclarar.
​—Obvio que se lo tomó bien, linda —ella soltó una risita y volvió a su ensalada—. Isaac está en mi clase de Historia y es el tipo más diplomático del instituto. Es amable con todo el mundo, incluso con las niñas que... bueno, que claramente no son su tipo. Es un caballero, simplemente no quería que te sintieras mal después del espectáculo que diste frente a él.
Me quedé callada, removiendo mi puré con el tenedor. La emoción de hace cinco minutos empezó a sentirse como una ridiculez.
​—Sí, tienes razón —respondí —. Solo fue un accidente, nada más.
​—Exacto. Ahora come, que tienes la cara toda roja.
De pronto, recordé que el trabajo de química no se iba a hacer solo, si no conseguía ese libro de química para la tarea ahora, mañana estaría muerta. Miré la hora en mi teléfono; todavía me quedaban veinte minutos de descanso. Le di un último bocado a mi comida, mientras me ponía de pie a toda prisa.
​—Mónica, me voy ya. Tengo que buscar un libro en la biblioteca para el trabajo o el profesor me va a liquidar.
—Suerte con eso, pequeña —se despidió ella sin despegar la vista de su Instagram.
​Me puse los audífonos y dejé que "bad guy" de Billie Eilish empezara a sonar. Caminé a paso rápido, esquivando gente, perdida en el sintetizador de la canción hasta que llegué a la biblioteca.
​El lugar estaba en silencio absoluto, impregnado de ese olor a papel viejo que tanto me gusta. Fui directo a la sección de ciencias. El libro de Termodinámica estaba ahí, pero por supuesto, en el estante más alto. Me puse de puntillas, estiré el brazo hasta que sentí un tirón en el hombro y salté un par de veces, pero mis dedos solo rozaban el lomo.
​Estaba a punto de buscar una silla cuando una sombra me cubrió por la espalda y una mano alcanzó el libro con una facilidad que me pareció insultante.
​—Parece que esta institución no toma en cuenta a la gente pequeña —dijo una voz detrás de mí —. Solo mírate, arriesgando tu vida por un libro de Química. Qué locura.
​Me giré rápido y ahí estaba él, Isaac Álvarez. Me tendió el libro con una sonrisa de lado.
​—Sí, no lo hacen —le respondí, poniendo cara de tragedia exagerada—. Todos los días son una aventura para la gente pequeña. Es muy triste y muy agotador, de verdad.
​Él se rió. Algo que no me esperaba, mi corazón empezó a latir como loco. Debo admitir que tiene una risa preciosa.
—Es una pena, bailarina —dijo, fingiendo preocupación.
​—¿Y tú qué haces aquí? —le pregunté para disimular los nervios—. Es hora del almuerzo, ¿por qué no estás comiendo?
​—No tenía mucha hambre —respondió encogiéndose de hombros—, así que aproveché para buscar material para mi tarea de Historia.
​—Woao, eres muy responsable —le dije, levantando un pulgar arriba en gesto de aprobación.
​Isaac puso una cara de orgullo fingido, inflándose un poco.
—Lo sé—dijo, y nos reímos.
​—¿Y conseguiste el libro? —le pregunté.
​—La verdad es que no —admitió él, mirándome divertido—. Mientras lo buscaba te vi a ti peleando con la gravedad y decidí que esto era más importante.
​Me puse roja al instante
—Ay que vergüenza —me tapé la cara con las manos de la vergüenza. Isaac se rió y, con un gesto de la cabeza, me señaló la mesa que estaba justo al lado.
​—Venga, siéntate un momento —me invitó.
​Me quedé quieta un segundo, con el corazón queriendo salirse de mi pecho. Mi timidez me pedía a gritos que saliera corriendo, pero sus ojos me convencieron de lo contrario. Sin decir nada, y rogando para que no se me notara el temblor en las manos, asentí y lo seguí hasta la mesa.
Nos sentamos uno frente al otro. Dejé el libro de Química frente a mí, casi como una barrera, tratando de que no se notara lo nerviosa que estaba por tenerlo tan cerca.
​—Y bueno... —soltó Isaac, apoyando los codos en la mesa—. ¿Qué tiene de importante este libro como para que casi te revientes la columna por él? —preguntó, dejando escapar una risita.
​—Es sobre la cinética química y la teoría de las colisiones —respondí, soltando el nombre como si fuera una maldición mientras resoplaba frustrada—. Tengo que entregar un informe detallado sobre la velocidad de las reacciones y, créeme, es un dolor de cabeza total. Siento que mis neuronas van a entrar en combustión.
​—Te entiendo perfectamente —dijo, asintiendo con empatía—. Me pasa lo mismo con mi tarea de Historia. Es un lío de fechas y contextos sobre la evolución cultural, y aunque es fascinante, se me está complicando bastante estructurar el análisis de las partituras barrocas.
​Lo miré, parpadeando un par de veces.
—Sí... supongo que debe ser aburrido tener que leer sobre eso —comenté, asumiendo que solo lo hacía por la nota.
​—De hecho, no —respondió él de inmediato, cruzándose de brazos—. Es muy interesante, solo que es un poco complicado entender la transición técnica entre el Clasicismo y el Romanticismo, pero la verdad me interesa mucho este trabajo porque trata sobre música clásica. Es increíble.
​Me quedé impactada. ¿Acaso a Isaac Álvarez le gusta la música clásica?.
—¿Te gusta la música clásica? —pregunté en un susurro, casi sin poder creerlo.
Isaac se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa y acortando la distancia entre nosotros de una forma que me dejó sin aire por un segundo.
​—La amo —susurró, mirándome a los ojos con una intensidad que no me esperaba—. Para mí, la música clásica es lo mejor que existe.
​Me quedé procesando sus palabras, mirándolo como si de repente fuera otra persona. Me sentí un poco mal conmigo misma; lo tenía encasillado en el grupo de los chicos que solo se preocupan por el entrenamiento y por ser el centro de atención. Nunca me habría pasado por la cabeza que alguien como él dedicara tiempo a escuchar partituras o a entender algo tan complejo.
​—Woao —fue lo único que logré articular.
​Él sonrió, divertido por mi cara de shock.
​—¿Qué?— preguntó él.
​—Es que... no me lo esperaba —admití, soltando una pequeña risa nerviosa—. O sea, pareces el típico chico popular que ama el ruido sucio que hoy llaman reguetón. Supongo que las apariencias engañan.
​Isaac soltó una carcajada.
—Ya ves que sí —dijo, recuperando su postura pero sin dejar de mirarme a los ojos—. ¿Y a ti? ¿Qué tipo de música te gusta?.
​—De todo —respondí —. Mi playlist es un desastre glorioso. Es que la música es arte, y encerrarme en un solo género sería un desperdicio total, ¿no crees?
​Isaac asintió lentamente, mientras procesaba mi respuesta.
​—Tienes toda la razón. Sería un pecado no explorar todo ese mundo.
Isaac sacó su teléfono del bolsillo y me lo extendió.
​—Dame tu número, Allysson —dijo con una seguridad que me dejó sin palabras.
​Lo miré con total incredulidad, alternando la vista entre el aparato y sus ojos.
​—¿Mi número? —logré preguntar—. ¿Por qué?
​Él se encogió de hombros, manteniendo esa sonrisa tan linda que me encantaba.
​—Es que tengo la sensación de que vamos a seguir chocando por ahí —admitió —, así que... ¿por qué mejor no nos hacemos amigos de una vez? ¿No crees?
​Sentí que el calor me subía a las mejillas, pero esta vez no quise huir. Sonreí de lado, asentí en silencio y tomé el teléfono para anotar mis dígitos.



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Editado: 26.01.2026

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