—Llego tarde, llego tarde, llego muy tarde... —iba susurrando casi sin aire, mientras corría por el pasillo principal con todas mis fuerzas.
Eran las 7:15 a.m. La clase de Literatura había empezado hace diez minutos y el profesor Martínez no es precisamente el tipo de hombre que te sonríe si llegas tarde. Mi mochila me golpeaba la espalda con cada salto. Mis piernas cortas hacían un esfuerzo épico, pero el tiempo me llevaba la delantera. Divisé la puerta del salón de Literatura a unos metros y no reduje la velocidad; mi plan era entrar rápido, pedir perdón y desaparecer en mi asiento.
Pero claro, la vida me odia.
Empujé la manilla con demasiada fuerza. Mis pies se enredaron con mis propios pasos y, antes de que pudiera meter las manos, el mundo se me vino encima. No entré al salón caminando; básicamente me estampé contra el piso.
El golpe sonó en toda la clase. Mis cuadernos salieron disparados por el suelo y el estuche se abrió de golpe, mandando mis lápices directo a los pies del profesor. Me quedé un segundo ahí tirada, con el pecho agitado y el silencio más incómodo de mi vida encima. Treinta personas me estaban mirando como si fuera un bicho raro.
—Señorita Davis —la voz de Martínez me dio el golpe final—. Qué entrada tan oportuna. Estábamos hablando de tragedias y usted acaba de darnos el mejor ejemplo. Si ya terminó su espectáculo, ¿tendría la amabilidad de sentarse?
Me levanté como pude, con las rodillas ardiéndome y la cara tan caliente que juraría que estaba roja como un tomate. Recogí mis cosas con las manos temblorosas, tratando de que no se me cayera nada más, y me escabullí a mi pupitre. Me escondí detrás de mi pelo y me quedé mirando la mesa, deseando que hubiera un terremoto o algo que me sacara de ahí en ese mismo instante.
Las siguientes horas pasaron en una especie de neblina gris. Entre fórmulas de física que no entendía y la sensación de que todavía tenía una marca roja en las rodillas por la caída. Finalmente, sonó el timbre del almuerzo. Esperé a que la horda de hambrientos saliera disparada hacia la cafetería para no morir aplastada; hoy no estaba para más misiones de supervivencia.
Cuando los pasillos quedaron lo suficientemente vacíos, saqué mis auriculares. Necesitaba un "reset" urgente. Busqué When You're Gone de Shawn Mendes y subí el volumen hasta que el mundo exterior desapareció.
Los pasillos estaban vacíos. Usé mi botella de agua como micrófono y me puse a bailar como si estuviera en un video musical cutre. Estaba tan metida en la canción que, al llegar el coro, cerré los ojos y di un giro dramático sobre mis talones.
—I didn't know that loving you was... —alcancé a cantar a todo pulmón.
PUM...
No terminé la frase porque mi espalda colisionó contra algo que definitivamente no era aire. Fue como estamparme contra una pared que, curiosamente, olía muy bien. Reboté por el impacto, mi botella de agua salió volando como un proyectil y, en mi intento desesperado por no besar el suelo por segunda vez en el día, mis brazos empezaron a girar como aspas de molino buscando de dónde agarrarse, aferrándome con fuerza a los antebrazos de la persona que tenía enfrente.
—Vaya... ¿estás practicando para High School Musical 4? —preguntó una voz profunda, cargada de diversión.
—¡Lo siento! —solté de golpe.
En cuanto recuperé el equilibrio, lo solté rápido.
Levanté la mirada y el corazón me dio un vuelco.
Era Isaac Álvarez. El chico del equipo de baloncesto, el de los rizos castaños y esos lentes que le daban un aire intelectual demasiado perfecto.
Dios mío, casi mato al chico más guapo del instituto.
—De verdad, perdón. ¿No te rompí nada, verdad? ¿Estás bien? ¿Necesitas un doctor? ¿Una ambulancia? ¿Un abogado? — no se porque dije eso, los nervios me traicionaron.
Isaac soltó una carcajada. Se acomodó los lentes y me miró desde su altura con una sonrisa que me dejó estática.
—Tranquila, estoy bien. Sobrevivo a tipos de dos metros en la cancha casi todos los días, así que puedo sobrevivir a esto también —bromeó, mientras se agachaba a recoger mi botella—. Pero eso sí, si vas a bailar así cada vez que nos crucemos, voy a tener que empezar a usar casco para venir a clase. Ya sabes, por si acaso.
—Bueno... si eso te hace sentir más seguro, adelante— respondí —. Aunque te advierto que se te va a ver muy raro un casco en medio del pasillo.
—Me arriesgaré —sonrió él, entregándome la botella, luego me extendió la mano en forma de saludo—. Soy Isaac, por cierto.
—Allysson —dije, aceptando su saludo.
—Bueno, Allysson... espero que la próxima vez que choquemos no sea para intentar asesinarme —soltó él con una chispa de burla en los ojos.
Me guiñó un ojo mientras sonreía, marcando unos hoyuelos perfectos y siguió su camino. Me quedé ahí quieta, mirando cómo se alejaba entre la gente. Sacudí la cabeza para reaccionar, guardé la botella en el bolsillo lateral de la mochila y caminé hacia la cafetería.
Entré al comedor, que como siempre era un caos de gritos y olor a fritura, y busqué con la mirada la mesa de siempre. Mónica ya estaba sentada ahí. Se veía perfecta, como si ella no tuviera que lidiar con el sudor o el frizz, moviendo su ensalada mientras no despegaba los ojos del teléfono.
—¡Monica, no me lo vas a creer! —solté apenas llegué, dejando la bandeja sobre la mesa.
Ella levantó la vista, me escaneó un segundo y bloqueó su celular.
—Te escucho, Ally. Pero respira, que parece que te va a dar algo —dijo con esa voz pausada y perfecta.
—Acabo de chocar con Isaac Álvarez en el pasillo. Literalmente chocamos, porque iba distraída con la música. ¡Y me habló! —le conté a mil por hora, sin poder borrar la sonrisa de mi cara—. Es súper gracioso, nos reímos, me dio la mano... ¡me saludó como si fuera alguien normal y no un desastre que casi lo mata!
Mónica dejó el tenedor a un lado y me miró fijamente, con esos ojos que parecen analizarte hasta el alma, y luego soltó un suspiro suave y se inclinó hacia mí para acomodarme un mechón de cabello.