El color de tu Recuerdo

Capitulo 28

Asher

Lo primero que pensé cuando salí de la cancha fue: Llegare tarde.

Mi entrenador me había retenido casi media hora más por una reunión inesperada, y yo estaba tan desesperado por irme que apenas esperé a que me dieran permiso para salir.

Ni siquiera me bañé como siempre hacía después de entrenar. Solo recogí mi mochila, me pasé la camiseta por la cara, y corrí. Literalmente corrí. El sol ya empezaba a esconderse detrás de los edificios, tiñendo el cielo con ese color dorado que me recordaba siempre a Aura… no sé por qué.

Cuando la pastelería por fin apareció a la vista, sentí un vacío extraño en el estómago. No de hambre. De… miedo. Porque no sabía si ella todavía estaría ahí. No sabía si se habría cansado de esperarme. No sabía si pensaría que no me importaba.

Empujé la puerta, y el sonido de la campanita me golpeó con una mezcla de alivio y ansiedad.

Aura levantó la cabeza.
Y yo… yo me quedé sin aire.

Ella estaba ahí con el delantal puesto, el cabello recogido en dos trenzas con mechones sueltos rozándole la cara. La luz cálida de la pastelería le daba un brillo suave a sus ojos color avellanas.

Por alguna razón, verla me hizo sentir como si hubiese llegado a casa después de un día agotador.

—Hola, Aura —logré decir. Mi voz me sonó… suave. Más suave de lo que pretendía.

Ella tartamudeó.
Y esa fue la parte que me derritió todo por dentro.

Me disculpé por llegar tarde, y ella dijo que no pasaba nada, pero su voz me dijo que sí pasaba.
Que se había quedado esperándome. Que tal vez había dudado.
Que tal vez se había decepcionado un poquito.

Eso me apretó el pecho.

Me quedé parado en la puerta. No porque no supiera qué hacer, sino porque cada vez que estaba cerca de Aura, tenía miedo de moverme demasiado rápido y arruinar todo.

—Pasa —dijo ella finalmente—. Te quedaste ahí congelado.

Caminé hasta una mesa y me senté, aún sin saber si debía estar ahí. Ya no teníamos proyecto. Ya no tenía excusa. Y tenía miedo de que ella lo supiera. De que pensara que venía por compromiso. Cuando era exactamente lo contrario.

Entonces ella lo soltó como quien deja caer una bomba sin darse cuenta de que explotará directamente en tu pecho:

—Te preparé tu postre favorito.

Me quedé mirándola, tratando de procesarlo.
Mi postre favorito.
Ella… se acordó. No solo eso: lo hizo sin que yo se lo pidiera. Sin ninguna obligación.
Solo porque quiso.

Me levanté sin pensarlo y me acerqué. Mucho. Quizá demasiado. Podía oler el aroma dulce que siempre llevaba, mezclado con ese olor a pan recién hecho que tenía impregnado desde que trabajaba aquí. Y sentí algo temblar dentro de mí.

—¿Ah, sí? —pregunté con voz baja—. ¿Y cuál es mi favorito, Aura?

Ella tragó duro.
Yo también.

—El de chinola… —murmuró.

Y tuve que mirar hacia otro lado por un segundo para no sonreír como un idiota. Pero al final sí sonreí, solo un poco, porque era imposible no hacerlo.

Ella sacó el postre de la nevera con manos ligeramente temblorosas. Ese temblor me derritió más que cualquier postre que pudiera comer.

Cuando dijo que lo había hecho porque era nuestra “última vez como compañeros”, sentí que el piso se hundía.
Última vez.
Se acababa.
Ya no tenía excusa para verla.
Para estar cerca.

Y el miedo… ese miedo horrible que solo se siente cuando estás a punto de perder algo que ni siquiera admites que quieres… me apretó el pecho tan fuerte que lo dije sin pensar:

—¿Puedo seguir viniendo algunos días? A ayudarte.

Mi voz salió atropellada. No era yo. Yo siempre era seguro, tranquilo, el que tenía todo bajo control. Con Aura no. Con Aura me volvía torpe, impulsivo, casi transparente.

Ella se rió.
Y no sabía que esa risa era suficiente para arreglarme el día completo.

Cuando aceptó, sentí que podía respirar otra vez.

Ella trataba de no mirarme mucho, pero cada vez que sus ojos encontraban los míos, se desordenaba un poquito.
Y yo también.

Mientras comía, no pude evitar pensar en Kevin.
En cómo la miraba.
En cómo se acercaba.
En cómo comentaba cosas de ella que me daban ganas de pegarle un grito.
En que él no la trataba como se debía.
En que Aura no lo veía.
Y en que yo no tenía derecho a decir nada.

—Después te llevo a casa —le dije, intentando sonar casual.

Ella aceptó con una vocecita que casi no se escuchó.
Y en ese momento lo supe:

Yo estaba perdido.
Completamente perdido con Aura.

Ella guardaba los últimos utensilios, moviéndose con prisa, y yo solo la veía.
Veía esa forma de inclinar la cabeza cuando pensaba.
Ese gesto de morderse el labio cuando estaba nerviosa.
Ese “no sé si debería querer que estés aquí, pero igual estoy feliz de que estés”.

Cuando apagó las luces, nos quedamos casi a oscuras.
Y por un instante, solo un instante, sentí que podía decirle todo.
Todo lo que pensaba.
Todo lo que sentía.
Todo lo que me daba miedo admitir.

Pero no lo hice.

Solo tomé su bolso y le abrí la puerta.

—Vamos —dije—. Te llevo a casa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.