—¿Acaso piensas salir, Haeseung? —preguntó mi padre con su habitual expresión seria.
—Así es, padre... Voy a salir un rato —respondí, procurando que mi voz no temblara.
Él guardó silencio durante unos segundos antes de asentir.
—Está bien, hijo. Pero procura regresar temprano. Tenemos que hablar de algo importante.
No añadió nada más. Simplemente se dio la vuelta y comenzó a alejarse.
—De acuerdo, padre. Prometo no llegar tarde.
Tomé la manija de la puerta y salí de la casa. Apenas crucé el umbral, la claridad del exterior me obligó a entrecerrar los ojos.
—Vaya... Cuánta luz...
Hacía tanto tiempo que no salía que casi había olvidado cómo se sentía el sol sobre la piel.
Caminé hasta mi auto y encendí el motor. Necesitaba distraerme un poco, despejar la cabeza antes de volver a enfrentar la misma conversación de siempre.
Dentro de poco cumpliría dieciocho años.
Para cualquiera podría parecer un cumpleaños más, pero para mí significaba algo completamente distinto. Significaba algo completamente distinto. Mi padre estaba convencido de que esa era la edad perfecta para hacerme cargo del negocio familiar.
Yo, en cambio, llevaba años diciéndole que no quería formar parte de eso. Nunca me había interesado.
Y, sinceramente, tampoco quería saber demasiado.
No hacía falta que alguien me explicara en qué consistía para entender que no era un negocio limpio. Mi padre pasaba días enteros fuera de casa y, cuando regresaba, casi siempre tenía una expresión distinta. A veces llegaba cubierto de moretones; otras, con heridas que intentaba ocultar bajo la ropa. Nunca daba explicaciones y yo tampoco preguntaba. Había aprendido que algunas respuestas solo traían más problemas.
Después de unos minutos conduciendo, llegué a una cafetería que solía visitar de vez en cuando. Estacioné el auto y entré.
Esperaba encontrar el lugar lleno, pero estaba bastante tranquilo. Solo había unas cuantas personas repartidas entre las mesas, mientras una música suave llenaba el ambiente.
Elegí una mesa en la esquina y me senté.
No pasó mucho tiempo antes de que un mesero se acercara. Lo primero que llamó mi atención fue su cabello rojizo, tan intenso que parecía encenderse con la luz del lugar. Tenía unos ojos azules muy claros y una expresión seria que, curiosamente, no resultaba fría. Al contrario, transmitía cierta tranquilidad.
—Buenas tardes. Mi nombre es Jackson. Es un placer atenderlo el día de hoy. Aquí tiene el menú. Cuando esté listo para ordenar, solo hágamelo saber.
Su voz era amable y profesional.
—Gracias.
Tomé la carta mientras él se alejaba para atender a otro cliente.
Bajé la mirada y empecé a revisar el menú.
La decisión terminó siendo más difícil de lo que esperaba.
Había un pastel de red velvet con suaves capas de crema de vainilla, decorado con pequeños cristales de azúcar azul y trozos de cereza. También ofrecían un pastel de vainilla con pistache, de corteza dorada y crujiente, acompañado de un delicado caramelo y pistaches troceados. Incluso había una malteada de vainilla con jarabe de frambuesa, decorada con fresas y pequeños trozos de la misma fruta.
Todo se veía demasiado bien.
Después de pensarlo un rato, levanté la mano para llamar al mesero.
Jackson se acercó casi de inmediato.
—¿Ya sabe qué va a ordenar? —preguntó con una pequeña sonrisa.
—Sí... Jackson, ¿verdad?
Él asintió.
—Así es.
—Entonces quisiera una rebanada del pastel de vainilla con pistache, por favor.
—Excelente elección. Enseguida se la traigo.
Me dedicó una sonrisa discreta antes de alejarse.
Mientras esperaba, saqué mi celular para matar el tiempo, aunque terminé sin prestarle demasiada atención.
Había sido muy amable desde el primer momento. Sabía que probablemente solo estaba haciendo su trabajo, pero aun así había algo en su manera de hablar que llamaba mi atención. Su voz era cálida, tranquila y, al mismo tiempo, transmitía una seguridad difícil de explicar.
Era extraño.
Apenas lo conocía, pero había algo en él que hacía que el ambiente se sintiera un poco más ligero.
Mientras esperaba mi pedido, dejé el celular sobre la mesa y apoyé la cabeza en una mano. Sin darme cuenta, mi mirada volvió a buscar al mesero de cabello rojizo.
Jackson.
Iba de una mesa a otra atendiendo a los clientes con la misma calma con la que me había hablado a mí. Siempre mantenía una expresión tranquila, aunque de vez en cuando aparecía una pequeña sonrisa que cambiaba por completo su rostro.
Era atractivo, no podía negarlo.
Su cabello rojo destacaba entre todos los presentes y sus ojos azules eran difíciles de ignorar.
Pero, más allá de su apariencia, había algo en su forma de comportarse que me resultaba agradable.