El comienzo de un narco

Cap 20 ⛓️ recuerdos de la vida

No sabía por dónde comenzar.

Había tantas cosas que podía contarle… recuerdos pequeños, momentos insignificantes… o cosas que dolían más de lo que aparentaban.

Lo miré un momento antes de hablar. Haeseung estaba tranquilo, atento. No parecía tener prisa. Y eso me dio un poco de valor.

—Supongo que… podría empezar por algo simple —murmuré.

Habían pasado apenas dos días desde mi cumpleaños. El 14 de octubre. Aún tenía la sensación extraña de haber crecido, aunque por dentro me sentía igual que siempre.

—Cuando nací… me contaron que estaba lloviendo —dije, apoyando la espalda en el asiento —. Y que justo ese día se fue la luz.

Sonreí apenas.

—Mi mamá siempre dice que llegué de manera dramática. Oscuridad, lluvia… todo muy intenso para alguien que ni siquiera sabía llorar bien.

Lo miré de reojo, esperando que se riera un poco.

—No recuerdo nada, claro. Solo lo que me han contado. Pero supongo que fue un nacimiento normal… nada fuera de lo común.

Guardé silencio un segundo antes de continuar.

—De mis primeros años tampoco sé demasiado. Casi nunca hablamos de eso en casa. Pero una vez encontré un álbum viejo… estaba guardado en el fondo de un cajón.

Recuerdo que me senté en el suelo ese día. Solo. Pasando las páginas con cuidado.

—Había fotos mías de bebé… algunas en brazos de mi mamá, otras en lugares que no recuerdo haber visitado. Y había personas conmigo… personas que no reconozco. No sé quiénes eran. No sé en qué momento dejaron de aparecer.

Me quedé pensando un momento.

—Es raro ver tu propia vida como si fuera la de alguien más.

Haeseung no dijo nada, pero podía sentir su atención sobre mí.

Bajé la mirada a mi celular

—Creo que tengo una foto por aquí… déjame ver.

Deslicé el dedo por la galería. Tardé unos segundos, hasta que la encontré.

—Según yo tenía una más pequeño… pero bueno. Este era yo.

Le mostré la pantalla.

En la foto aparecía un niño pelirrojo, con el cabello ligeramente desordenado, iluminado por el sol. Pero lo que más llamaba la atención eran los ojos. Azules. Claros. Casi cristalinos. La cámara había capturado el reflejo del cielo en ellos, como si guardaran un pedacito de luz.

Sus mejillas estaban un poco sonrojadas y tenía una sonrisa amplia, despreocupada… de esas que no saben fingir.

Él se inclinó un poco más cerca. Nuestros hombros casi se tocaron.

Vi su expresión cambiar. Sus ojos brillaron ligeramente.

—Pero qué lindo… —murmuró.

No pude evitar reír.

—Creo que ahí tenía seis… o siete años.

Seguí buscando.

—Espera, tengo otra.

La encontré y le pasé el celular para que la viera mejor. Nuestros dedos se rozaron apenas un instante. Fue mínimo… pero lo noté

—Estas fotos son del mismo día —expliqué—. En la primera estaba molesto porque no me compraron lo que quería. Y en la segunda ya estaba feliz… porque sí me lo compraron.

—Qué berrinchudo.

—Oye, tenía seis años. Era mi derecho constitucional de hacer drama.

Eso lo hizo reír más.

Y por un momento, mientras lo veía sonreír mirando mi foto de niño… sentí algo extraño.

Como si no estuviera compartiendo solo una imagen. Sino una parte pequeña, frágil… de mí.

Reímos. Y por un momento todo fue fácil, como si el pasado solo fuera fotos bonitas y anécdotas tontas.

—¿Tienes hermanos? —preguntó, esta vez su voz sonó más suave… más cuidadosa.

Asentí, pero sentí que mi sonrisa ya no era la misma.

—Tenia dos.

Bajé la voz.

Abrí otra foto en la galería. Mis dedos se movieron más lento ahora.

—Aquí estamos los tres.

En la imagen estábamos apretados uno junto al otro. Yo en medio, intentando verme serio. Una de mis hermanas colgada de mi brazo y la otra riéndose sin mirar a la cámara.

Haeseung observó la foto más tiempo del que esperaba.

—Se veían muy felices.

Tragué saliva

—Lo éramos… —murmuré —. O al menos eso parecía desde afuera.

No sé por qué dije eso. Tal vez porque las fotos siempre cuentan solo la parte bonita.

Sostuve el celular un momento más. Podía seguir deslizando y fingir que todo era normal… pero no lo hice. Sentía el corazón un poco más rápido, como si estuviera a punto de hacer algo que no tenía regreso.

Bajé el teléfono lentamente.

—Haeseung… —dije, sin mirarlo todavía —. Esto no se lo he contado a nadie.

El ambiente cambió. No fue dramático. Solo… distinto. Más serio.

Él no apartó la mirada.

—Te escucho.

Respiré hondo.

Y por primera vez en mucho tiempo… decidí no callarme.

—Cuando nació mi segunda hermana todo parecía… normal. Feliz, incluso. Yo era el hermano mayor y me sentía importante —sonreí apenas —. Pero cuando llegó la tercera… algo cambió.

Bajé la mirada hacia mis manos.

—Mi papá intentó seguir siendo el mismo. El de las bromas tontas. El que me cargaba en los hombros. Pero supongo que era demasiado para él. Tres hijos. Gastos. Gritos. Las discusiones empezaron a ser más seguidas… y más fuertes.

Tragué saliva.

—Una noche escuché un vidrio romperse.

—Salí del cuarto. Tenía seis años. Y lo vi… con una botella rota en la mano, gritándole a mi mamá. Siento que aún 0uedo oírlo si cierro los ojos.

Mi voz bajó sin que lo notara.

—No pensé. Solo corrí. Intenté quitársela. Me empujó… y caí. Sentí el ardor en la mano, los vidrios… pero ni siquiera lloré. Me levanté y no sé cómo, pero logré quitársela.

Hubo un breve silencio.

—Eras solo un niño… —susurró Haeseung.

Negué con la cabeza.

—Tenía que protegerla. Ella era todo para mí.

El aire se sintió más pesado.

—Dos días después, él se fue. Con maletas. Sin despedirse bien. Mi mamá lloró mucho… y dijo algo que se me quedó clavado: “Va a volver… y se llevará a uno de ustedes”.

Apreté la mandíbula.

—Y tal como lo dijo en esa ocasión... volvió. Pero no gritó. No rompió nada. Traía papeles.




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