El comienzo de un narco

Cap 21 ⛓️ se me hace familiar

Antes de que pudiera decir algo más, mi teléfono vibró sobre la mesa de madera. El sonido fue corto, pero me sacó de golpe de mis pensamientos.

La pantalla se iluminó.

Sunghoo.

Respiré antes de contestar. Estaba a punto de decirle que llegara tranquilo cuando su voz se adelantó, un poco agitada, como si hubiera estado corriendo.

—Ya voy en camino —dijo—. Perdón por el retraso. El tráfico está horrible.

Miré alrededor de la cafetería. Olía a café recién hecho y a canela. Afuera la tarde empezaba a caer, tiñendo todo de naranja.

—Está bien —respondí, apoyando la espalda en la silla—. Tranquilo, no pasa nada. Tómate tu tiempo.

Colgué y dejé el teléfono boca abajo. Justo en ese momento la campanilla de la puerta tintineó. Ese sonido tan pequeño que siempre anunciaba a alguien nuevo.

No le di importancia al principio. La gente entraba y salía todo el día.

Pero entonces levanté la vista.

Un chico alto acababa de cruzar el umbral. Lo primero que me llamó la atención fue su cabello castaño, ligeramente ondulado. Le caía sobre la frente sin ningún esfuerzo, como si no supiera que se veía bien así. La luz de la tarde se colaba por los ventanales y le sacaba reflejos dorados a algunos mechones.

Su piel tenía un tono cálido, ni pálido ni moreno. Natural. Caminaba con las manos en los bolsillos, observando el lugar con ojos cafés, tranquilos. Como si solo buscara una mesa libre y un café.

Y entonces sonrió.

No fue una sonrisa grande. Fue pequeña, tranquila, encantadora.
Demasiado normal.

De esas que te hacen pensar que es alguien sin problemas.

Y justo eso fue lo que me saco de onda.

No sé... pero senti que era el tipo de persona que solo entra por un cafe y luego se van a ver series en casa. era el tipo de gente que no debe saber nada del otro mundo y de la linea tan fina que hay entre su mundo y el mio.

O almenos eso es lo que pensaba.

Mis ojos lo siguieron sin que yo quisiera. Caminó directo hacia el fondo de la cafetería.

Ahí estaba ella. La chica de hace rato, con una taza entre las manos. Cuando lo vio, levantó la mirada y le dedicó una sonrisa breve, casi imperceptible.

Él tomó asiento frente a ella y apoyó los codos en la mesa. Empezaron a hablar. Desde donde estaba no podía escuchar nada, pero su lenguaje corporal lo decía todo. Relajado. Cómodo. Como si no tuviera nada que esconder.

Jackson también lo notó. Se acercó a mí secándose las manos en el delantal.

—Lo siento —me dijo rápido, con esa sonrisa suya de siempre—. Tengo que atenderlos.

Asentí.

—Ve. Yo aquí sigo.

Tomó su libreta y caminó hacia la mesa del fondo. Yo me quedé mirando, sin querer. O bueno, sí queriendo.

No sé si fue curiosidad o instinto. Algo en ese chico no cuadraba.

Se movía con demasiada calma. Hablaba con demasiada naturalidad. Como si el mundo fuera un lugar seguro.

Apoyé la barbilla en mi mano y lo observé unos segundos más. Y entonces mi mente hizo clic. La lista. La maldita lista que mi padre me obligó a memorizar nombre por nombre, cara por cara.

Algunos nombres estaban empezando a tener rostro.

La campanilla volvió a sonar.

Esta vez sí levanté la vista de inmediato.

Y el aire me cambió.

El cabello blanco me golpeó primero. Brillaba bajo la luz como si la tarde se hubiera quedado atrapada en cada mechón. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos del abrigo negro. Su postura era tranquila, pero había algo en su forma de escanear el lugar que me decía que no estaba tan tranquilo como parecía.

Sunghoo.

Siempre llamaba la atención, aunque no quisiera.

Sus ojos azules recorrieron la cafetería hasta que me encontraron. En cuanto lo hizo, levantó la mano en un saludo pequeño y empezó a caminar hacia mi mesa.

—Pensé que no llegarías —dije cuando se detuvo frente a mí.

Soltó un suspiro y se dejó caer en la silla de enfrente.

—Perdón por el retraso. De verdad.

—No pasa nada, supongo —me encogí de hombros.

Jackson apareció a los pocos segundos con una bandeja en la mano. Se detuvo al ver a Sunghoo y ladeó la cabeza, curioso.

—¿Es él? —preguntó bajito.

Asentí.

—Así es… es él.

Sunghoo se enderezó y le ofreció la mano a Jackson con una sonrisa educada. De esas que no llegan a los ojos pero cumplen.

—Un gusto. Jackson, ¿verdad?

Jackson lo miró un segundo de más. Como si buscara algo en su cara. Luego estrechó su mano.

—Así es. Espero que podamos llevarnos bien.

—Lo mismo digo —respondió Sunghoo, calmado.

—Ahora disculpen —dijo Jackson mirando hacia el mostrador—. Tengo que servir un pedido.

Se dio la vuelta, pero a medio camino se detuvo y volteó hacia mí.

—Haeseung. ¿Puedes venir un momento?

—Claro —me levanté—. ¿Nos esperas, Sung?

—Por supuesto —asintió.

Caminamos hacia la barra. El ruido de la máquina de espresso llenaba el espacio. El olor a café quemado se mezclaba con el de la vainilla.

Y entonces lo noté.

Jackson estaba serio.

Eso era raro. Jackson casi siempre tenía una sonrisa, un chiste, algo. Pero ahora sus hombros estaban tensos y su mirada estaba en otro lado.

Se apoyó en una de las mesas de la esquina.

—Oye, Hae…

—¿Qué sucede? —fruncí el ceño—. ¿No te cayó bien Sunghoo?

—¿Eh? No, no es eso —negó rápido, demasiado rápido—. Es solo que… hay cosas de mi vida que nunca te conté. Cosas que omití.

Se quedó callado, como ordenando recuerdos en su cabeza.

—Verás… ese chico. Tu amigo. Me parece familiar.

—¿Familiar?

—Sí. Como si ya lo hubiera visto antes. Como si lo conociera de hace mucho.

Se pasó una mano por el cabello, pensativo.

—En secundaria estudié en una escuela solo para chicos. Yo era un desastre. Tímido, callado, me la pasaba solo. Hasta que dos semanas después de que empezaran las clases, llegó un chico nuevo.



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En el texto hay: lgbt, narcos muertes, dark romace

Editado: 14.09.2026

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