Mis palabras se disolvieron en el aire, suaves… frágiles.
Y por un instante…
pareció que él también lo sintió.
Pero fue solo eso.
Un instante.
—Cállate.
Su voz no fue alta… pero cayó como algo frío sobre la piel.
Apartó la mirada, tenso, como si algo dentro de él se hubiera quebrado sin hacer ruido.
—Recuerdo cosas… —murmuró, llevándose la mano a la sien—. No todo… pero lo suficiente.
Respiró hondo, como si cada palabra le costara más de lo que quería admitir.
—Salí de la casa de Taegyung… el padre de Sunghoo. —Sus cejas se fruncieron—. Llevaba algo conmigo…
Se quedó quieto.
Demasiado.
Y entonces lo vi.
Ese momento en el que la memoria regresa.
—La carpeta…
Su voz se quebró apenas, casi imperceptible.
—La carpeta… —repitió, ahora más rápido, más desesperado—. ¿Dónde está la carpeta?
Se levantó de golpe.
—¡¿Dónde está?!
No fue una pregunta.
Fue una exigencia.
Yo apenas reaccioné.
—Está a salvo —dije, intentando mantener la calma mientras me acercaba un poco—. La guardé.
Sus ojos se clavaron en mí.
Pesados.
Evaluando.
—Hiciste bien —respondió al final, aunque su tono no suavizó nada—. Esos documentos no pueden perderse… ¿entiendes?
Asentí.
Pero antes de que pudiera decir algo más, él soltó un quejido bajo, llevándose la mano al hombro.
El gesto fue pequeño…
pero suficiente.
—¿Señor? —di un paso más, ahora sí sin ocultar la preocupación—. ¿Le duele?
No respondió de inmediato.
Apretó la mandíbula, como si negar el dolor fuera parte de su orgullo.
—No es nada… —murmuró, aunque sus dedos se aferraban a su propio brazo—. No sé por qué—
No terminó.
Me acerqué más, con cuidado.
—Permítame.
Esta vez no protestó.
Tomé su brazo con suavidad, casi con cautela… como si temiera romper algo más que su piel.
Cuando aparté la camisa, el aire pareció detenerse.
La herida seguía ahí.
Viva, real.
Él miró.
Y en su expresión apareció algo que rara vez le pertenecía.
Confusión.
—¿Qué es eso…? —preguntó, como si estuviera viendo el cuerpo de alguien más—. ¿Cuándo pasó esto?
Sus ojos se movieron, perdidos.
—No… —negó, en voz baja—. No recuerdo esto…
El silencio se volvió pesado.
—Fue durante el enfrentamiento —expliqué con cuidado—. Contra Gerald.
Su mirada cambió.
No completamente… pero sí lo suficiente.
—Intenté decírselo —continué—, pero no me dejó. Y cuando despertó… usted malinterpreto todo.
Un pequeño gesto de fastidio cruzó su rostro.
—Como sea…
Quiso restarle importancia, como siempre.
—Déjeme curarlo —dije, firme esta vez.
Me miró, fijamente por unos segundos.
—…Hazlo.
Comencé a preparar todo otra vez, más despacio ahora, más consciente de cada movimiento. Sabía que cualquier error… cualquier molestia… podría encenderlo.
Pero aun así, había algo distinto.
Más silencioso, más frágil.
—Taeyeon…
—¿Sí?
—¿Qué pasó con Gerald?
Seguí trabajando mientras respondía.
—No hay noticias claras. Pero… su hijo estuvo ahí.
Sentí cómo su atención volvía de golpe.
—¿Su hijo?
—Sí. Parece que Gerald dejó de esconderlo. Después de tantos años… finalmente apareció.
Una pausa.
—Y no precisamente para obedecer.
Podía sentir su interés, incluso sin mirarlo.
—Está mostrando resistencia —añadí—. Contra su propio padre.
Un leve sonido escapó de Saijin.
No era risa…
pero se le parecía.
—Interesante…
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez no era pesado.
Era… expectante.
—Entonces no será solo una guerra entre nosotros —murmuró—. También será entre ellos.
Sus labios se curvaron apenas.
—Padres e hijos…
Le vendé el brazo con cuidado.
—Supongo que sí, señor.
—Entonces es momento —continuó— de que Haeseung deje de ser una sombra.
Ahí estaba otra vez.
El Saijin de siempre.
El que convierte todo en estrategia.
En poder.
Aseguré la venda y me aparté un poco.
—Estoy seguro de que estará a la altura.
No respondí por convicción.
Respondí porque sabía que era lo que él esperaba.
Pero aun así…
no pude evitar pensar en ese instante anterior.
En ese pequeño segundo donde…
parecía alguien más.
—Por cierto —dijo de pronto—.
Lo miré
—¿Cómo sabes que su hijo estaba ahí?
Solté el aire lentamente.
—Uno de nuestros hombres lo enfrentó. No peleaba como alguien entrenado… era torpe.
Hice una pausa.
—Logró quitarle la máscara.
Los ojos de Saijin brillaron apenas.
—¿Y se parecía a Gerald?
Asentí.
—Lo suficiente.
El silencio volvió.
Pero esta vez no estaba vacío.
Estaba lleno de algo que apenas comenzaba.
Algo que… todavía no tenía nombre.
______ Casa de Gerald. __
No había calma en la casa, aunque todo pareciera en silencio. Era una de esas quietudes incómodas que se meten en la cabeza, que no te dejan pensar con claridad. Caminaba sin rumbo fijo, sintiendo cómo cada paso solo me devolvía al mismo punto, al mismo pensamiento… a él. Siempre terminaba en él.
Saijin.
Apreté la mandíbula mientras mi mano rozaba el jarrón sobre la mesa, sin prestarle demasiada atención. No era importante, nada en esa habitación lo era en ese momento. Exhalé con fuerza, intentando calmar algo que ya no tenía control, pero fue inútil. La imagen volvió otra vez, clara, molesta… él, de pie, firme, como si todo le perteneciera. Y yo… obligado a verlo desde abajo.
Mis dedos se cerraron con fuerza alrededor del jarrón.
—Maldita sea…
Lo lancé sin pensarlo. El impacto contra el suelo rompió el silencio en pedazos, igual que mi paciencia. Los fragmentos se esparcieron por toda la habitación, pero no fue suficiente. Nada lo era. La presión en el pecho seguía ahí, creciendo, recordándome que otra vez… se había salido con la suya.