—Majestad… ha ocurrido.
No me gusta cuando dudan antes de hablar. La duda es debilidad. Y la debilidad es contagiosa.
—Habla.
—Alguien puede verlo.
Silencio.
No debería ser posible. No después de todo lo que hice. No después de todo lo que sacrifiqué.
—¿Quién?
—Una humana.
Una risa baja escapa de mi garganta. No es diversión. Es incredulidad.
—Qué frágiles son… y aun así siempre encuentran la forma de arruinarlo todo.
—No parece comprender lo que significa.
—Nadie lo hace al principio.
Camino despacio. No por nerviosismo. Por control. Cada paso es medido. Cada movimiento recuerda quién toma las decisiones aquí.
—¿Desde cuándo?
—Hace poco. Pero la conexión… es constante.
Constante.
Esa palabra permanece suspendida entre nosotros.
—¿Él lo sabe?
—No lo creemos.
Lo creen. Siempre creen. Nunca están seguros de nada. Por eso necesitan un líder. Por eso me necesitan.
—Entonces no es un accidente —murmuró.
Nadie responde.
El silencio se vuelve más pesado, más consciente.
—Creí que habíamos dejado ese asunto resuelto.
—Eso creíamos todos, majestad.
No. Yo nunca lo creí. Algunas cosas no desaparecen. Solo esperan el momento adecuado para regresar.
—¿Ha mostrado cambios?
—¿Cambios, majestad?
—No me obligues a explicarlo.
—Ha estado… diferente.
Diferente. Como si esa palabra pudiera contener siglos de advertencias.
—¿Inestable?
—No exactamente. Pero… más presente.
Más presente. Casi sonrío.
—Obsérvenla.
—¿A la humana?
—A ambos.
Intercambian miradas. Lo noto. Siempre lo noto.
—Majestad… si esto avanza…
—Sé lo que ocurre si avanza.
No necesito oírlo en voz alta. Si avanza, dejará de necesitar mi aprobación. Si avanza, dejará de estar bajo mi sombra. Si avanza, el equilibrio cambiará. Y el equilibrio siempre me ha pertenecido.
—La humana —dice uno con cautela— podría convertirse en un punto de anclaje.
—Todos se convierten en algo cuando creen haber encontrado su propósito.
—¿Y si ella lo fortalece?
Ah. Por fin la pregunta correcta.
Me detengo.
—Entonces dejó de ser insignificante.
El silencio se fractura.
—¿Qué órdenes dará?
Los observo uno por uno. Quiero que entiendan que esto no es improvisación. Nunca lo ha sido.
—Si interfiere… elimínenla.
Nadie discute. Pero tampoco respiran con normalidad.
—¿Y él, majestad?
Qué fascinante resulta cómo aún lo consideran una variable manejable.
—Él hará lo que siempre ha hecho.
—¿Obedecer?
—Intentarlo.
Un murmullo apenas perceptible recorre la sala.
—No permitiré que una emoción trivial altere siglos de orden.
—¿Intervendremos directamente?
No respondo enseguida. Porque no es el planeta lo que me preocupa. Es la posibilidad.
La posibilidad de que él descubra que nunca necesitó mi permiso.
La posibilidad de que me mire… y no vea a su superior.
—Preparad todo.
—¿Todo, majestad?
—Todo.
Si el vínculo se fortalece, no habrá negociación.
—¿Y si ya es demasiado tarde?
Lo miro. Demasiado tarde. Interesante concepto.
—Entonces recordarán por qué sigo aquí.
El silencio vuelve a instalarse. Cuando finalmente se retiran, quedo solo.
Y por un instante —solo uno— admito lo que jamás diría frente a ellos:
No temo a la guerra.
No temo a la humana.
Temo al momento en que deje de necesitar mi sombra.
Y si ese momento llega…
preferiré un universo reducido a cenizas
antes que vivir bajo el nombre de mi propio hijo.
me pregunto si el error no fue sellarlo.
Sino dejarlo vivir.