Pasaron días desde lo último y tanto como los dos, en momentos, se pensaban unos a otros, con las mismas preguntas de siempre, y esa incertidumbre de que serían los próximos días. Yasumi pudo estar tranquila sin su madre varias noches, ya que se había encontrado un nuevo hombre rico, donde le podría robar el dinero. Pero ella, en cambio de Isai, se olvidó completamente de él.
Isai, en esa noche, no paró de sonreirle al techo lleno de cemento, sentía una mezcla de emociones pero terminaba reinando una; se sentía realizado, confiado. Le alegraba el ser visto, solo que se olvidaba de algo muy peligroso, las consecuencias de ello. En la noche de su primera semana en la tierra ya comprendía algo de la sociedad, no mucho, pero se esforzaba. Su mente pedía justicia y su corazón pedía cercanía. No se los lograba equilibrar. Leyó libros, y libros de los reinados de todo el mundo, historias típicas, cultura. Ni él entendía por qué lo hacía, nadie lo iba a escuchar pero le encantaba entender.
—algunas cosas se parecen a Enerfeliz—dijo recostandose en la colcha—me decepciona un poco la verdad…
Cerró el libro dejándolo a un lado y refregándose los ojos. Extendió los brazos a los costados mirando al techo.
—¿ella qué estará estudiando ahora?—silencio—.¿qué edad tenía?
Intentó recordarlo sin mirar el archivo. No pudo. Se levantó apresurado en sacar el archivo, corrió las hojas con delicadeza hasta encontrarse con el informe del sujeto. Deslizó su índice en busca de la edad.
—Edad: [2008]—frunció el ceño— pensaba que ponían la edad, no el año. Pero eso significa que ahora está en su… último año según lo que leí.
Se quedó en silencio mirando el archivo, sus ojos bajaron hasta otro apartado cerrandolo de golpe y guardándolo. Nunca más lo volvió a tocar.
A la mañana siguiente se encontraba en la plaza frente al colegio, observando a todos los que entraban. Hasta que la vio. Caminaba sin apuro, con ojos hinchados y una fuerte resistencia a quedarse dormida. No se inmutó. Se quedó allí escondido detrás de un tronco y con lo poco que andaba su cámara ver cuando comenzaban las clases. Esperó varios minutos hasta que comenzó a escuchar voces más cerca de él.
—ya están en las aulas—se paró sigiloso en busca de su voz, pasando por debajo de las ventanas agachado como una rana.
—¿tanto tardan en empezar a dar clases?—susurró impaciente.
—tardaste medio año en ir al baño, mira si te ponían ausente en la clase—movió su campera para darle lugar.
—es que de verdad me estaba meando, yas—rieron y sacaron sus cosas.
Isai al escucharla en la otra parte del patio maldijo y corrió intentando no hacer ruido. Siguió caminando agachado y el último tramo gateo hacia la ventana donde estaba Yasumi.
—eh, gato, no sabes, ayer gané como ocho lucas en el casino, fue una maravilla.
—nooo, bien ahí hermano, invitate unos panchitos, rata.
—Ni a palo, es para mi wacha
Isai miró consternado a la nada, tratando de descifrar que eran esas palabras y quienes eran. La idea de que sean amigos de ella le chocaba, tanto que husmeo un poco por dentro.
Alzó la barbilla y el cuello muy despacio, intentaba tener un agarre con las yemas de sus dedos contra la pared pero, parecía perder. Era un grupo de cuatro chicos acostados en la ventana, vió a Yasumi que estaba en la fila siguiente. Sabía que debía aguantarlos y eso le hizo rodar los ojos.
Así se pasó días espiando, había algo que se repetía millones de veces, lo que le hizo confirmar su teoría; Yasumi no comía. Cuando leyó el expediente supo más de ella, y una de las cosas fue el problema que tenía con la comida.
—Intento entender en qué mente una madre le prohíbe comidas, le cuenta las calorías y encima la obligaba a ejercitarse después de cada plato—apretó su mandíbula—siendo una niña.
Se desplomó en el suelo y sacó decidido media manzana. La envolvió en una bolsa de plástico, totalmente seguro de dárselo. Esperó ese momento indicado, sin que ella se alarme, sin que a él lo vieran. Ese momento era el recreo.
—eh profe, ya es recreo—soltó con insolencia, sin todavía ser el recreo.
—todavía no sonó el timbre.
—acá nunca suena—dijo mientras caminaba hacia la salida mirándose solo el fleco.
—No chicos, no salgan hasta que toque—el chico abrió la puerta como si no existiera nadie—. ¡Ey! No salgan.
Isai se quedó observando desde la ventana mientras su mirada se endurecía y la espalda se erguía instintivamente. Lo miró con la calma peligrosa de quien ya ha dictado sentencia.
Al final, toda la fila de los chicos maleducados se fueron con cinco minutos de antelación, sin importarles nada. Las demás filas dudaron si irse o no pero una fila parecía sentir lo mismo que isai. Terminaron viendo con una indignación no tan abierta, pero sí palpable. Había algo casi triste en ver cómo la autoridad se desdibujaba frente a ellos.
Cuando de verdad tocó el timbre, Isai emprendió su viaje, dejó la manzana guardada en su puño y caminó sigiloso, observando con cautela cada rincón. El objetivo era que ella no lo vea. Debía guiarse como podía, sabía que su salón era ‘1°A’, no entendía muy bien, pero supuso que era por el chico de la pierna rota que estaban en el piso de abajo.
Al llegar miró despacio por el marco de la puerta. Nadie. Se escabullo y directamente metió la manzana en la mochila con una pequeña sonrisa, casi torpe. Le gustaba imaginar el momento en que ella la encontraría.
—amigo te re fuiste con la profe—una voz conocida se metía al aula.
—cualquiera, mira si esa boluda me va a decir que hacer.
—te vas a comer un acta hermano.
—que me importa, si no me van a echar—se recortó en la pared poniendo los pies en las sillas y haciendo un gesto de desinterés con las manos.
La sonrisa leve que había tenido al dejar la manzana desapareció. Caminó hacia él sin hacer ruido. Ni siquiera el suelo crujía bajo sus pasos.
El chico seguía recostado contra la pared, balanceando la silla con los pies apoyados sobre el asiento sin enterarse que había alguien parado frente a él. Isai lo observó un segundo, extendió su mano despacio, flexionó con precisión un dedo y con un simple roce en la nuca el chico se erizó completo, guardando un silencio medido, ahora la silla dejó de balancearse. Miró hacia las ventanas en busca de una brisa helada, pero solo había un sol fuerte. Tocó el marco de metal pegando un salto por la quemadura y volvió su mirada al amigo, dudaba si le estaban haciendo una broma de mala gana. Él amigo se rió nervioso sin comprender por qué reaccionaba así.
Isai se acercó a su oído y con un agarre firme murmuró.
—Maleducado.
El aire pareció vibrar unos segundos pero no tanto como tembló el chico. Un frío punzante bajó por su columna, clavándose en la base de su espalda. La silla resbaló. Las patas golpearon el suelo con un ruido brusco provocando que el amigo que observaba se quedará atónito.
—¿Qué te pasa, tenes un bicho alrededor?
—Deja de hacerte la mosquita muerta gato, si tenés algo que decirme, decímelo en cara cagón—le clavó la mirada aturdido. Pero antes de que pudiera defenderse, un preceptor cayó.
—Acá estás Leonel, vení conmigo y salgan del salón en el recreo. No están en primero para repetirle las reglas de siempre—. Alzó la voz, ahora sí, marcando autoridad.
Después de eso, por primera vez el chico guardó silencio en años, un silencio doloroso. E isai, solo lo miró con calma desde afuera, siguiendo su camino.