Amaru cerró la puerta con cuidado, sin hacer ruido. El clic suave del pestillo pareció sellar la calma, como si el mundo exterior quedara lejos, irrelevante.
Se acercó un poco más. No a Suma no todavía sino a Chaska, durante un instante ninguno habló. El silencio entre ellos ya no era tenso; era denso, lleno de cosas no dichas.
—Cantabas como mi madre —dijo Amaru al fin, en voz baja—. Cuando yo era niño.
Chaska levantó la mirada, sorprendido. No sonrió, pero algo en sus ojos se suavizó.
—La canción no es mía —respondió—. Mi abuela decía que uno solo la guarda… hasta que alguien la necesita.
Amaru dejó escapar una breve exhalación, casi una risa sin humor.
—Nunca pensé volver a escucharla.
Se sentó frente a ellos, apoyando los antebrazos en las rodillas. Desde ahí podía ver el rostro de Suma, tranquilo, dormido de verdad. La visión le apretó el pecho.
—Siempre he sabido protegerlo del mundo —continuó Amaru—. De la violencia, del hambre, de los otros hizo una pausa.
—Pero no sabía cómo protegerlo de sí mismo.
Chaska no respondió de inmediato. Bajó la vista hacia las manos entrelazadas con las de Suma, como si esa respuesta estuviera ahí.
—No tienes que hacerlo solo —dijo finalmente—. Nunca tuviste que hacerlo solo.
Amaru levantó los ojos. Lo miró de frente por primera vez esa noche, sin dureza, sin máscara.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Por qué te quedas?
Chaska no dudó.
—Porque cuando canta alguien, aunque sea en silencio… alguien tiene que escuchar.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos. Amaru tragó saliva, como si hubiera recibido un golpe suave pero certero se levantó y se acercó con cuidado. Se arrodilló junto a Suma, pasando dos dedos por su cabello con torpeza, como si no estuviera seguro de tener derecho a hacerlo. Suma no despertó; solo respiró hondo y se acomodó un poco más.
—Gracias —repitió Amaru, esta vez mirando a Chaska—. No como jefe. No como guardián.
Su voz bajó.
—Como hermano..
Chaska asintió, sin dramatismo. Era suficiente.
—Quédate —añadió Amaru tras un segundo—. Cuando despierte… será mejor que nos vea a los dos.
Chaska levantó una ceja, sorprendido.
—¿Eso es una orden?
—No —respondió Amaru, con una sombra de sonrisa cansada—. Es una petición.
Chaska acomodó un poco su postura para que Suma siguiera cómodo y apoyó la espalda contra la pared.
—Entonces me quedo.
Amaru se sentó a su lado, hombro con hombro. No se tocaron, pero el espacio entre ambos ya no estaba vacío. Afuera la noche seguía siendo peligrosa pero dentro del cuarto, por primera vez en mucho tiempo, los tres compartían algo que no necesitaba defensa solo silencio y la promesa tácita de que, a partir de esa noche, nadie volvería a cargar solo con lo que duele.
El tiempo pasó sin que ninguno lo notara. La noche avanzó despacio, como si también ella hubiera decidido no apurarse.
Suma se movió apenas, un gesto mínimo, y murmuró algo ininteligible. Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor de los de Chaska. Amaru contuvo el aliento por reflejo, preparado para el sobresalto… pero no llegó. Suma solo suspiró y volvió a hundirse en el sueño Amaru relajó la mandíbula.
—Hace años que no duerme así —dijo en voz baja—Siempre alerta. Siempre a medio paso de huir.
Chaska inclinó un poco la cabeza.
—El cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar —respondió—. A veces solo necesita permiso para descansar.
Amaru lo observó de reojo. Había algo en la forma en que hablaba, sin imponerse, sin reclamar méritos, que lo desarmaba más que cualquier confrontación.
—Tú no le tienes miedo —afirmó No era una pregunta.
Chaska negó suavemente —No ahora.
Amaru soltó una breve risa nasal, casi amarga.
—Todos le tienen miedo al principio. Yo también.
Eso sí sorprendió a Chaska. Giró un poco el rostro, cuidando de no mover a Suma.
—¿Tú?
Amaru asintió despacio.
—No de él —aclaró—. De lo que le hicieron. De lo que podía quedar cuando el daño echara raíces.
Miró al techo, como si las sombras ahí arriba guardaran viejos recuerdos.
—Pensé que si me volvía más duro, más fuerte… podría compensar. —Sus dedos se cerraron sobre la tela de su Unku —. Pero la dureza no abriga.
Solo aguanta El silencio que siguió no fue incómodo. Era el tipo de silencio que permite decir verdades sin que se rompan.
—Hoy —continuó Amaru—, cuando te vi cantarle… me di cuenta de algo.
Hizo una pausa, como si le costara admitirlo.
—Yo nunca aprendí a hacer eso.
Chaska no respondió enseguida. Alzó la mano libre y, con cuidado, acomodó un mechón de cabello que caía sobre la frente de Suma.
—Aún puedes aprender —dijo al fin—. No es tarde mientras alguien siga escuchando.
Amaru cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, algo en ellos estaba más limpio, menos cargado.
—Quédate también mañana —pidió—. No como favor. Como parte de esto.
Chaska sostuvo su mirada. No vio autoridad, ni control. Vio cansancio… y una puerta entreabierta.
—Me quedaré —dijo—. Pero no para reemplazarte.
—Lo sé —respondió Amaru—. Para acompañar.
Suma se removió otra vez y, esta vez, abrió los ojos apenas. La mirada estaba nublada por el sueño, pero tranquila.
—¿…Amaru? —murmuró.
Amaru se inclinó de inmediato, sin pensar.
—Aquí estoy.
Los ojos de Suma recorrieron el cuarto lentamente, hasta detenerse en Chaska. Una pequeña sonrisa, casi infantil, apareció en su rostro
—Estaba soñando… —susurró—. No dolía.
Chaska apretó con suavidad sus dedos.
—Entonces sigue un poco más —dijo—. Estamos aquí.
Suma cerró los ojos otra vez, confiado, como si esa simple certeza bastara. Amaru se quedó mirando esa escena un largo rato. Luego, sin darse cuenta, apoyó la espalda contra la pared, igual que Chaska. Dos presencias distintas, sosteniendo el mismo centro frágil y así, sin promesas grandilocuentes ni palabras heroicas, comenzó algo nuevo no una tregua, no una solución, sino un equilibrio, Tres respiraciones acompasadas en la oscuridad.
Y la certeza silenciosa de que, a partir de esa noche, el cuidado ya no sería un acto solitario.