En un mundo destruido, vivir en una ciudad diseñada para catástrofes es un lujo que pocos pueden tener.
Cualquier oportunidad para entrar en una de las Ciudades Altas es una oportunidad que todos quieren aprovechar...
El viejo mundo estaba en un total caos: ciudades llenas de ríos que las atravesaban, edificios conquistados por las plantas que escapaban de las aguas y buscaban la luz del sol.
Algunas personas se movían entre los escombros de las ciudades buscando qué comer o qué cambiarle a los chatarreros para así tener algo que llevarse a la boca.
Entre los buscadores se encontraba Milian, un joven de 23 años que había perdido a sus padres en la novena inundación de la luna roja, cuando apenas tenía 13 años. Le había tocado sobrevivir esos diez años solo, aprendiendo de las personas que veía a su alrededor.
En el viejo mundo no todos vivían mal: había algunas personas que tenían la oportunidad de estar en las Ciudades Altas. Estos eran los hombres más ricos de la tierra.
En una de estas ciudades había un grupo de millonarios que trazaban un plan para conquistar el Nuevo Mundo, el cual denominaban "El Plan David".
Ellos tenían varias alternativas para entrar en el Nuevo Mundo, pero no se iban a arriesgar: antes debían mandar a personas ajenas a ellos como conejillos de indias.
—¿Cómo hacemos para que las personas quieran probar nuestro plan? —pregunta uno de los jefes de la ciudad a una mesa repleta por catorce hombres de traje y corbata.
—Señor, no se debe preocupar por eso. Tengo un proyecto para reclutar jóvenes valientes que nos ayuden con esa encomienda —responde lleno de orgullo un hombre de piel oscura.
Lleno de curiosidad, pregunta otro de los jefes:
—¿Y de qué va el proyecto?
—Bueno, primero que todo me presento: soy Dairon Yerop y es la primera vez que soy invitado a una reunión con los Jefes, así que estuve esperando por este momento toda mi vida y vengo bien preparado.
—Acabe de hablar, Dairon Yerop. Si su proyecto funciona, usted será también uno de nosotros, "Los Catorce". Ya que hicimos esta junta para eso: para ocupar el puesto que nos dejó vacío el Jefe #12 al morir en la décima inundación de la luna roja hace unos días —estas palabras las pronunció el Jefe #2, quien fue el que inició la reunión haciendo la pregunta.
—Pues mi proyecto es sencillo. Sabemos que lejos de nuestra ciudad aún hay personas que sobreviven buscando chatarra, cazando, pescando... —en ese momento es interrumpido por el Jefe #6, quien era el más conflictivo.
—¿Esperas que pongamos nuestras esperanzas en gente inservible?
—Aun en lo más bajo hay personas valiosas —dijo mirando fijamente a todos en la sala.
—¿Cómo sabrás cuáles serán los indicados? —pregunta el Jefe #5.
—He instalado cámaras a lo largo de las ciudades caídas y tengo a cinco elegidos para el proyecto —respondió Dairon. Entonces, detrás de él, en un monitor aparecieron cinco caras de cinco jóvenes diferentes.
Al ver a los elegidos, el Jefe #6, lleno de indignación, dijo:
—Cinco buscadores... —luego añadió sarcásticamente— En ellos confiamos.
Entonces, el de más alto rango en la sala, el Jefe #1, se levantó de su silla y dijo:
—Comienza cuanto antes este proyecto. No podemos seguir perdiendo tiempo en este mundo destruido; necesitamos llegar al Nuevo Mundo con la mayor cantidad de personas posibles.
—Sí, señor, eso haré —respondió Dairon lleno de emoción.
—Si al menos uno de los cinco logra ingresar al Nuevo Mundo, serás uno de nosotros. Pero si todo fracasa, te espera el destierro a las ciudades caídas.
La reunión terminó y todos se marcharon. Dairon salió presurosamente con sus documentos del proyecto en la mano, dirigiéndose rápidamente a su vehículo, donde lo esperaba su hombre de confianza:
—¿Lo aceptaron, señor?
—Baruc, sí nos aceptaron. Ahora comienza tu parte del plan.
Baruc cierra la puerta del vehículo, sonríe y se monta en la parte del copiloto. Entonces le hace una señal al chófer para que arranque.
Luego de unos minutos, el vehículo se detiene. Dairon se baja, se acerca al asiento del copiloto y le entrega a Baruc una hoja, diciéndole:
—Aquí están los cinco elegidos y dónde encontrarlos.
—Los traeré lo más rápido posible...
Dice esto sonriendo, confiado, cierra la ventanilla de su puerta y se marchan.
—No me falles, amigo —dice Dairon mientras ve alejarse al vehículo.
En la soledad de una ciudad abandonada por las aguas caminaba Milian. El agua le llegaba a las rodillas; cargaba consigo una mochila y algunas herramientas que utilizaba como armas para defenderse de los animales salvajes con los que se encontraba.
Era un día normal para él. Caminaba por las calles en busca de chatarra para conseguir comida.
Andaba por las aguas, cercano a algunos autos, cuando de repente sintió el agua agitándose rápidamente. Reaccionó, agarró el hacha que tenía en su espalda y lanzó un hachazo al agua. En ese momento salió sangre, pero fue hundido por un impacto en sus piernas. Forcejeó dentro del agua.
Hasta que, minutos después, salió con un cocodrilo de un metro y medio de largo sobre sus hombros, el cual le aseguraría más comida que la chatarra acumulada ese día.
Después de unos minutos, cojeando, llegó a un punto de cambio. Arrojó el cocodrilo sobre la mesa del cambiador y este se asombró mucho:
—¡Waooo! Milian, esta vez sí me has sorprendido. ¿Cuánta comida quieres?
—Necesito también medicinas para mi pie, pues alcanzó a morderme la rodilla.
—No te preocupes, yo mismo te curaré —respondió el cambiador.
—No, prefiero irme a mi casa. Allí me esperan para comer —respondió Milian.
Acto seguido, el cambiador le entregó un saco de granos y un botiquín. Milian puso el saco en sus hombros, tomó el botiquín en su mano derecha y se marchó.
Cuando llegó a su casa, la cual estaba en lo alto de un edificio abandonado, vivía con dos personas más: dos niños pequeños que, al igual que él, habían perdido a sus padres.
Los niños estaban escondidos cuando llegó, como él les había enseñado.
—Soy yo, salgan.
En ese momento salieron los niños detrás de una pared hueca. Corrieron y lo abrazaron, notaron su herida y uno de ellos le preguntó:
—¿Qué te sucedió en la rodilla?
Milian los mandó a sentarse y les dio alimento. Juntos se sentaron al lado de una fogata que encendieron y, mientras los niños comían, Milian les contó una historia exagerada pero entretenida para que no se preocuparan. Hacía gestos de cada escena y ellos reían.
Tiempo después, los niños quedaron dormidos. Milian los cubrió con una manta y agarró el botiquín para sanar sus heridas. Las limpió y, minutos después, quedó dormido.
Baruc comenzó un recorrido por todas las ciudades caídas, reclutando a esos cinco jóvenes. Todo iba bien hasta que se encontró con un gran problema: el número cinco de la lista fue comido delante de él por un cocodrilo.
—Genial, ¿y ahora qué hago? —dijo mientras, desde su lancha a unos cuantos metros, veía cómo el cocodrilo se llevaba el cuerpo muerto del joven cinco en su boca.
—¿Qué le parece si nos llevamos al primero que encontremos cuando demos la vuelta? —le dijo el que manejaba la lancha.
Baruc asintió con la cabeza y, cuando se dieron la vuelta, a unos metros estaba Milian mirándolos.