Su teléfono vibró otra vez.
—¿Bella? —la voz cansada de Charlie sonó del otro lado—. No tenías que venir tan rápido.
Ella cerró los ojos un segundo.
Claro que tenía que hacerlo.
Desde hacía meses, el pequeño taller mecánico de Charlie apenas sobrevivía. Las deudas crecían, los clientes disminuían y cada vez era más difícil fingir que todo estaba bien.
—Papá, ya voy llegando.
Pero cuando entró al restaurante, encontró a Charlie sentado frente a un hombre elegante de cabello plateado y sonrisa tranquila.
Carlisle Cullen.
El dueño del hospital privado más importante de la ciudad.
Bella se quedó inmóvil.
Carlisle se levantó inmediatamente y le ofreció la mano.
—Tú debes ser Bella.
—Sí… mucho gusto.
Charlie evitó mirarla directamente, lo cual solo empeoró el nudo en su estómago.
—¿Qué está pasando?
Carlisle tomó asiento otra vez con calma.
—Tu padre me comentó que estás buscando un empleo más estable.
Bella cruzó los brazos.
—Estoy bien con mis trabajos actuales.
—Bella… —murmuró Charlie.
Ella entendió enseguida.
No estaban bien.
Ni siquiera cerca.
Carlisle deslizó una tarjeta sobre la mesa.
—Necesito una asistente temporal en el hospital. Alguien organizada, responsable y discreta.
Bella observó la tarjeta.
—¿Y por qué yo?
Carlisle sonrió apenas.
—Porque Charlie habló maravillas de ti.
Charlie carraspeó.
—Demasiadas, probablemente.
Bella suspiró.
Ella odiaba sentir lástima. Y odiaba aún más que su padre tuviera que pedir ayuda.
—¿Cuánto pagan?
Carlisle mencionó la cifra.
Bella casi dejó caer la tarjeta.
Eso era más dinero del que ganaba en tres meses.
—¿Temporal? —preguntó desconfiada.
—Solo hasta resolver algunos asuntos administrativos.
Algo en la manera en que Carlisle dijo eso le pareció extraño.
Pero necesitaban el dinero.
Así que aceptó.
El lunes siguiente, Bella llegó al enorme hospital Cullen intentando no parecer intimidada.
Fracaso total.
El edificio parecía más un hotel de lujo que un hospital.
En recepción le entregaron una identificación y la guiaron hasta el último piso.
—El doctor Cullen la espera.
Bella respiró profundo antes de entrar.
Y entonces chocó directamente contra alguien.
Los papeles salieron volando por el aire.
—Genial —gruñó una voz masculina—. Exactamente lo que necesitaba hoy.
Bella levantó la vista furiosa.
El chico frente a ella era absurdamente guapo. Cabello cobrizo despeinado, ojos verdes intensos y una expresión arrogante que inmediatamente le cayó mal.
Él también la observó.
—¿No sabes mirar por dónde caminas?
Bella entrecerró los ojos.
—Tú fuiste quien salió como huracán.
—Porque tengo trabajo de verdad.
—¿Insinúas que yo no?
—No sé quién eres.
—Bella Swan.
Él soltó una risa corta.
—Perfecto. Otra asistente temporal.
Bella sintió ganas de golpearlo con la carpeta.
—Y tú debes ser el típico niño rico insoportable.
Los ojos verdes del chico brillaron con molestia.
—Edward Cullen.
Ah.
Claro.
El heredero.
Eso explicaba el ego.
Antes de que Bella respondiera, la puerta de la oficina se abrió.
—Edward —dijo Carlisle con una calma sospechosa—. Qué bueno que ambos ya se conocieron.
Bella no notó la pequeña sonrisa escondida en el rostro de Carlisle.
Pero Edward sí.
Y eso lo preocupó muchísimo.
Porque cada vez que su padre sonreía así…
Algo salía terriblemente mal.