Un artículo de James pone en peligro todo el plan de los Cullen. Mientras intentan encontrar una solución, una fuerte tormenta obliga a Bella y Edward a refugiarse juntos en una cabaña familiar. Allí, lejos de todos, las barreras entre ambos comienzan a caer.
La mañana comenzó mal.
Muy mal.
Bella apenas llegó al hospital cuando vio a varios empleados reunidos alrededor de una mesa.
Todos estaban leyendo el mismo periódico.
Y todos parecían preocupados.
—¿Qué ocurrió?
Angela le entregó un ejemplar.
Bella leyó el titular.
"¿Es real el romance más famoso de Forks?"
El artículo estaba firmado por James.
Y cuestionaba cada detalle de su relación.
Fotografías.
Fechas.
Declaraciones.
Todo.
—Genial —murmuró Bella.
En la oficina de Carlisle, el ambiente era tenso.
Edward caminaba de un lado a otro.
—Sabía que haría algo así.
Carlisle permanecía tranquilo.
—Todavía no ha demostrado nada.
—Porque no tiene pruebas.
—Exactamente.
Bella observó el periódico.
—¿Qué hacemos ahora?
Carlisle suspiró.
—Seguir adelante.
—¿Eso es todo?
—Mientras más natural parezca su relación, menos credibilidad tendrá el artículo.
Edward soltó una risa irónica.
—Natural. Claro.
Bella fingió no notar que aquella palabra sonaba cada vez menos falsa.
Esa tarde debían viajar a una pequeña cabaña familiar en las montañas para revisar unos documentos importantes del hospital.
El plan era simple.
Ir.
Trabajar.
Regresar.
Pero el clima tenía otros planes.
A mitad del camino comenzó una tormenta impresionante.
La lluvia golpeaba el parabrisas.
El viento sacudía los árboles.
Y la visibilidad era casi nula.
—Esto no me gusta.
—A mí tampoco —admitió Edward.
Cuando finalmente llegaron a la cabaña, el camino de regreso ya estaba bloqueado por ramas caídas.
—No puede ser.
Edward revisó su teléfono.
—Sin señal.
Bella miró por la ventana.
La lluvia seguía empeorando.
—Entonces...
—Entonces nos quedamos aquí esta noche.
La cabaña era acogedora.
Pequeña.
Y demasiado silenciosa.
Bella dejó su bolso sobre una silla.
—Esto es extraño.
—¿Qué cosa?
—Pasar tiempo contigo sin discutir.
—Podemos discutir si te hace sentir mejor.
Ella sonrió.
—Gracias por la oferta.
—De nada.
Horas después, la tormenta continuaba.
La electricidad se cortó.
Solo quedaban algunas lámparas de emergencia y la chimenea.
Bella se sentó frente al fuego.
Edward estaba en el sillón de enfrente.
Por primera vez en semanas, no había fotógrafos.
Ni periodistas.
Ni espectadores.
Solo ellos.
—¿Puedo preguntarte algo?
Edward levantó la vista.
—Depende.
—¿Por qué siempre parecías tan molesto conmigo?
Él tardó varios segundos en responder.
—Porque pensé que serías igual que todos los demás.
—¿Qué significa eso?
Edward observó las llamas.
—La mayoría de las personas se acercan a mi familia por nuestro apellido.
Bella guardó silencio.
—Y tú no lo hiciste.
—Porque tu apellido no me impresionaba.
—Lo noté.
Ella sonrió.
—Además, eras insoportable.
—Gracias.
—De nada.
Después de un momento, Edward habló nuevamente.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Por qué me odiabas?
Bella se quedó pensando.
—Porque parecías arrogante.
—Lo soy un poco.
—Mucho.
—Eso fue ofensivo.
—Pero cierto.
Ambos terminaron riendo.
La conversación continuó durante horas.
Hablaron de sus familias.
De sus sueños.
De sus miedos.
Y por primera vez conocieron a la persona detrás de las discusiones.
Bella descubrió que Edward cargaba una enorme responsabilidad sobre sus hombros.
Edward descubrió que Bella era mucho más fuerte de lo que aparentaba.
Más tarde, la temperatura comenzó a descender.
La cabaña era cálida cerca de la chimenea, pero el resto no tanto.
Bella se estremeció.
Edward lo notó inmediatamente.
Sin decir nada, tomó una manta y la colocó sobre sus hombros.
—Gracias.
—No quiero que te enfermes.
—Muy amable de tu parte.
—No te acostumbres.
Bella sonrió.
Aquella frase ya no sonaba tan convincente.
El fuego iluminaba suavemente la habitación.
Y el silencio entre ellos dejó de ser incómodo.
Se volvió tranquilo.
Agradable.
Fácil.
Bella levantó la vista.
Edward ya la estaba mirando.
Por un momento ninguno habló.
Ninguno se movió.
Y ninguno apartó la mirada.
El corazón de Bella comenzó a acelerarse.
El de Edward también.
Porque ambos estaban comprendiendo algo peligroso.
Algo que ninguno había planeado.
Aquello ya no era solo un contrato.
Un trueno sacudió la cabaña.
Ambos reaccionaron de inmediato, rompiendo el momento.
Pero el daño ya estaba hecho.
Porque por primera vez ninguno podía fingir que no sentía algo.
Esa noche, mientras la tormenta rugía afuera, Bella permaneció despierta observando el techo.
En la habitación de al lado, Edward tampoco podía dormir.
Los dos pensaban exactamente lo mismo.
Y ninguno sabía qué hacer al respecto.