La lluvia caía sobre Manhattan como si el cielo hubiese decidido romperse justo esa noche.
Alessia Moreau se detuvo frente al edificio Blackwood Tower con los dedos apretados alrededor de su carpeta negra. El viento le golpeó el rostro, levantando algunos mechones de su cabello castaño oscuro, pero ella no retrocedió. Parpadeó despacio, tragándose el miedo que le subía por la garganta.
El edificio era inmenso. Demasiado elegante. Demasiado frío.
Una torre de cristal negro que parecía tocar las nubes, iluminada por líneas plateadas que brillaban como cicatrices bajo la tormenta. En la entrada, dos lobos de mármol custodiaban las puertas giratorias. No eran decorativos. No parecían símbolos de lujo. Parecían advertencias.
Alessia bajó la mirada hacia su reflejo en el vidrio mojado. Su abrigo beige estaba empapado en los bordes. Sus botas tenían pequeñas manchas de agua. Sus labios, naturalmente rosados, temblaban apenas por el frío, aunque ella fingiera que no. Se obligó a enderezar la espalda.
—No vine hasta aquí para salir corriendo —susurró.
Y entró.
El interior olía a madera oscura, cuero caro y poder. No poder de oficinas comunes, no ese poder falso de escritorios grandes y sonrisas vacías. Era algo más denso. Algo que se sentía en la piel.
Como una presión invisible.
Como si cada pared supiera secretos.
El guardia de recepción alzó la vista. Era alto, de hombros anchos, traje negro perfecto y mirada demasiado fija. Alessia se acercó con pasos medidos. Cada tacón resonó sobre el mármol blanco como si el edificio entero estuviera escuchándola.
—Alessia Moreau —dijo, extendiendo su identificación—. Tengo una entrevista a las ocho con Recursos Estratégicos.
El hombre tomó la tarjeta.
Sus ojos se quedaron demasiado tiempo sobre su nombre.
Luego sobre su rostro.
Luego otra vez sobre su nombre.
Alessia sintió un pequeño nudo en el estómago.
—Espere aquí —ordenó él.
No fue una petición.
Ella no respondió. Solo apretó la carpeta contra su pecho y observó cómo el guardia se alejaba hacia una puerta lateral. En ese instante, el vestíbulo quedó extrañamente silencioso. Afuera seguía lloviendo, pero dentro el sonido parecía apagado, como si el mundo exterior no tuviera permiso de entrar.
Entonces lo sintió.
Una mirada.
Lenta.
Pesada.
Peligrosa.
Alessia giró apenas la cabeza.
En el segundo piso, detrás del cristal ahumado de una pasarela elevada, un hombre la observaba.
No pudo verle bien el rostro, solo la silueta. Alto. Inmóvil. Vestido de negro. Una mano en el bolsillo del pantalón, la otra apoyada en el barandal. No necesitaba moverse para imponer. Su presencia llenaba el espacio de una manera absurda, casi violenta.
El corazón de Alessia dio un golpe torpe.
El hombre inclinó levemente la cabeza.
Como si la reconociera.
Como si la hubiera estado esperando.
El guardia regresó demasiado rápido.
—Puede subir. Piso sesenta y ocho.
Alessia recibió su credencial temporal. Sus dedos rozaron el plástico frío. En la pantalla del ascensor, el número 68 brilló en rojo.
Las puertas se cerraron frente a ella con un susurro metálico.
Y justo antes de que el ascensor comenzara a subir, Alessia vio en el reflejo del acero algo imposible.
Sus ojos.
Por un segundo, sus ojos no fueron marrones.
Fueron plateados.
Se giró de golpe.
Nada.
Solo ella. Su respiración acelerada. Su rostro pálido.
—Estás cansada —se dijo—. Solo eso.
Pero su mano seguía temblando.
El ascensor subió sin detenerse. Piso veinte. Treinta. Cuarenta. Cada número encendido parecía alejarla más de la vida que conocía. Alessia miró la carpeta entre sus manos: currículum, certificados, cartas de recomendación. Todo perfectamente ordenado. Todo inútil frente a esa sensación que le mordía el pecho.
Algo estaba mal.
Algo en ese lugar la llamaba.
Y ella no sabía por qué.
Cuando las puertas se abrieron, una mujer de cabello rubio ceniza la recibió con una sonrisa impecable. Demasiado perfecta para ser cálida.
—Señorita Moreau. Bienvenida a Blackwood Industries.
—Gracias —respondió Alessia, aunque su voz salió más baja de lo que quería.
La mujer caminó delante de ella por un pasillo largo, iluminado por lámparas doradas. En las paredes había retratos antiguos. Hombres y mujeres de mirada severa. Familias enteras vestidas con trajes de otra época. Y en todos los cuadros, siempre, de alguna forma, aparecía una luna.
Luna llena.
Luna rota.
Luna cubierta por sombras.
Alessia redujo el paso frente a un retrato en particular.
Un hombre de ojos grises sostenía un bastón de plata. A sus pies, un lobo negro miraba hacia el frente con los colmillos apenas visibles.
—¿Le interesa la historia de la familia? —preguntó la rubia.
Alessia se sobresaltó.
—Solo… me llamó la atención.
La mujer sonrió.
—Los Blackwood no olvidan de dónde vienen.
La frase sonó simple.
Pero Alessia sintió frío.
Llegaron a una sala de reuniones enorme. Una mesa negra ocupaba el centro. Ventanales de piso a techo mostraban la ciudad temblando bajo la tormenta. Relámpagos iluminaban los edificios como flashes de una cámara cruel.
—Espere aquí. El señor Blackwood la recibirá en breve.
Alessia se quedó inmóvil.
—¿El señor Blackwood?
La mujer la miró con una calma extraña.
—Sí. El señor Kael Blackwood.
El aire se le quedó atrapado en los pulmones.
Kael Blackwood.
El nombre estaba en todas partes. Revistas financieras. Forbes. Portadas internacionales. El hombre que había comprado empresas enteras antes de cumplir treinta. El CEO que nunca concedía entrevistas personales. El multimillonario que, según algunos, no negociaba: conquistaba.
¿Por qué él iba a entrevistarla?