El Contrato de la Luna

El hombre detrás del monstruo

El rugido partió el cristal.

Alessia no alcanzó a gritar por segunda vez. Kael la tomó por la cintura y la empujó contra su pecho justo cuando el ventanal explotó en miles de fragmentos. El sonido fue brutal, como si el cielo se hubiera quebrado dentro de la sala.

El aire helado entró con violencia.

Papeles, cortinas y trozos de vidrio giraron alrededor de ellos. Alessia cerró los ojos, sintiendo el golpe del viento en la cara, el calor firme del cuerpo de Kael cubriéndola, y el latido de su corazón contra su mejilla.

No era un latido tranquilo.

Era una guerra.

—No se mueva —ordenó él.

Su voz sonó más grave. Más áspera. Casi irreconocible.

Alessia abrió los ojos.

Kael seguía frente a ella, de espaldas al ventanal roto. Su traje negro tenía pequeños cortes en los hombros. Una línea roja le cruzaba la mejilla, pero él no parecía sentir dolor. Todo su cuerpo estaba tenso, como una cuerda a punto de romperse.

Y sus ojos…

Dios.

Sus ojos eran plata viva.

—¿Qué es eso? —susurró Alessia, mirando la sombra enorme que se arrastraba hacia el interior.

La criatura apoyó una mano contra el marco roto. Tenía forma humana, pero demasiado alta, demasiado ancha, demasiado salvaje. Sus dedos terminaban en garras oscuras. Su respiración salía pesada, húmeda, llena de hambre.

Kael no respondió.

Solo inclinó la cabeza.

Un gesto mínimo.

Una advertencia silenciosa.

—Vete —dijo.

La criatura soltó una risa baja, rota, más animal que humana.

—Entrégala, Blackwood.

Alessia sintió que la sangre se le helaba.

Kael dio un paso adelante.

Fue solo un paso, pero la habitación pareció encogerse.

—Nadie la toca.

La frase salió de él como una sentencia antigua. No había duda. No había negociación. No era la voz de un CEO acostumbrado a cerrar tratos. Era la voz de alguien nacido para mandar incluso sobre el miedo.

La criatura ladeó la cabeza.

—Entonces morirás por ella.

Kael sonrió apenas.

No fue una sonrisa humana.

—Inténtalo.

Todo ocurrió demasiado rápido.

La criatura saltó.

Kael se movió antes de que Alessia pudiera respirar. Su cuerpo impactó contra la sombra con una fuerza imposible. La mesa de reuniones se partió cuando ambos cayeron sobre ella. Madera negra, vidrio y metal crujieron bajo el choque.

Alessia retrocedió hasta chocar contra la pared.

Sus manos temblaban.

Su muñeca ardía.

La marca plateada brillaba bajo su piel, latiendo al mismo ritmo que su corazón. O tal vez no era su corazón. Tal vez era algo más profundo. Algo que acababa de despertar y que ya no podía volver a dormirse.

Kael golpeó a la criatura contra el suelo.

El monstruo gruñó y lo lanzó hacia una columna.

El impacto hizo vibrar la sala.

—¡Kael! —gritó Alessia sin pensarlo.

Él giró el rostro hacia ella.

Ese segundo bastó.

La criatura aprovechó y se abalanzó.

Alessia vio las garras acercarse.

Vio la sangre en la camisa blanca de Kael.

Vio la luna detrás de él.

Y entonces algo dentro de ella se rompió.

—¡Basta!

La palabra salió de su boca como un ruego, pero el aire respondió como si fuera una orden.

La marca en su muñeca brilló con fuerza.

Una onda plateada recorrió la habitación.

La criatura salió disparada contra el ventanal roto y quedó colgando del borde, con las garras clavadas en el metal. Kael se quedó inmóvil, respirando con dificultad, mirándola como si acabara de presenciar un milagro… o una condena.

Alessia bajó la vista hacia su mano.

—Yo… no hice eso.

Kael se acercó despacio.

Por primera vez, su rostro no tenía esa frialdad perfecta. Había tensión en su mandíbula, sangre en su labio, y algo oscuro en la mirada. Algo parecido al miedo.

Pero no miedo por él.

Miedo por ella.

—Sí lo hizo.

La criatura volvió a subir.

Kael giró con furia.

—¡Cassian!

La puerta se abrió de golpe.

Tres hombres entraron vestidos de negro. No parecían guardias comunes. Se movían como soldados, pero sus ojos tenían ese mismo brillo extraño, ese filo imposible que Alessia ya empezaba a reconocer.

El primero, de cabello castaño y expresión dura, se colocó frente a la criatura.

—Sácala de aquí —ordenó Kael.

—¿Y tú? —preguntó el hombre.

Kael se quitó lentamente el saco. Lo dejó caer al suelo con una calma aterradora.

—Yo terminaré esto.

Alessia sintió una mano tomarla del brazo.

—Venga conmigo, señorita.

—No —dijo ella, intentando soltarse—. No voy a dejarlo.

Kael la miró.

Esa mirada la atravesó.

No fue una súplica. Kael Blackwood no suplicaba. Pero hubo algo en sus ojos, algo intenso, casi doloroso, que la dejó sin aire.

—Alessia —dijo él—. Por una vez en su vida, obedezca.

A ella le ardieron los ojos.

—No me conoce lo suficiente para darme órdenes.

El borde de la boca de Kael se movió apenas.

Casi una sonrisa.

Casi orgullo.

—La conozco más de lo que cree.

Antes de que Alessia pudiera responder, el hombre de cabello castaño la arrastró fuera de la sala. Ella intentó mirar atrás, pero las puertas se cerraron justo cuando un nuevo rugido estremeció el piso.

El pasillo parecía distinto ahora.

Más largo.

Más oscuro.

Más vivo.

Las luces parpadeaban. Alarmas silenciosas teñían las paredes de rojo. Empleados de trajes impecables corrían sin gritar, demasiado disciplinados para el caos que se desataba arriba.

—¿Qué está pasando? —preguntó Alessia, tratando de seguir el ritmo del hombre.

—La están cazando.

—¿Quiénes?

Él no la miró.

—Todos los que entienden lo que usted es.

Alessia sintió que las piernas le fallaban.

—Yo no soy nada.

El hombre se detuvo frente a un ascensor privado. Colocó la palma sobre un panel oculto. La pared se abrió con un susurro.




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