El Contrato de la Luna

El Alfa que no podía tocarla

—Yo.

La palabra quedó suspendida dentro de la camioneta como una sentencia.

Alessia no se movió. No respiró. Ni siquiera parpadeó. Solo miró a Kael Blackwood con los ojos abiertos, la muñeca atrapada entre sus dedos y el corazón golpeándole tan fuerte que parecía querer escapar de su propio cuerpo.

—No —susurró.

Kael no apartó la mirada.

—Sí.

—No puede decidir eso por mí.

—No lo decidí yo.

La respuesta fue demasiado serena. Demasiado fría. Demasiado insoportable.

Alessia le arrancó la mano.

El contacto se rompió de golpe, pero la marca en su piel siguió ardiendo. Se llevó la muñeca al pecho como si pudiera esconderla, como si cubriéndola con los dedos pudiera borrar aquello que acababa de revelarse bajo su piel.

Kael observó el gesto.

Algo duro cruzó su rostro.

No rabia.

Dolor.

Un dolor contenido, viejo, enterrado tan profundo que parecía haberse convertido en parte de él.

—No vuelva a tocarme —dijo ella.

Cassian bajó la mirada. El conductor apretó el volante. Nadie habló.

Kael permaneció inmóvil, con la camisa rota pegada al cuerpo por la lluvia y la sangre. La luz de los semáforos entraba por la ventana y le cruzaba el rostro en destellos rojos, blancos y dorados. Parecía un hombre arrancado de una guerra antigua y colocado en medio de una ciudad moderna.

—Como quiera —respondió.

Pero su voz no sonó indiferente.

Sonó como si aceptar esa distancia le costara más de lo que quería admitir.

Alessia giró hacia la ventana. Manhattan se deshacía en luces borrosas bajo la tormenta. Taxis amarillos, edificios infinitos, personas corriendo con paraguas negros. Todo parecía normal afuera. Todo seguía existiendo como si su vida no acabara de volverse imposible.

Ella apoyó la frente contra el vidrio frío.

—Quiero irme a mi casa.

Cassian miró a Kael por el retrovisor.

Kael no respondió de inmediato.

—No puede volver allí.

Alessia cerró los ojos.

—No era una petición.

—Tampoco fue una respuesta negociable.

Ella giró de golpe.

—¿Así funciona usted? ¿Da órdenes y espera que todos bajen la cabeza?

Kael la miró en silencio.

—La mayoría lo hace.

—Yo no soy la mayoría.

Por primera vez, el brillo plateado volvió a asomar en sus ojos.

—Lo sé.

La forma en que lo dijo le hizo sentir algo extraño. No era halago. No era amenaza. Era reconocimiento. Como si él hubiera estado esperando esa rebeldía incluso antes de conocerla.

Alessia apretó los labios.

—Mi casa es lo único que me queda.

Kael apartó la vista apenas.

Ese pequeño movimiento, casi imperceptible, le dijo más que cualquier frase.

—Ya no.

Ella sintió que el aire desaparecía.

—¿Qué quiere decir?

Cassian respiró hondo.

Kael le lanzó una mirada seca.

El Beta entendió la orden silenciosa y encendió una pantalla en el asiento delantero. La imagen apareció en vivo desde una cámara de seguridad.

Alessia reconoció su calle.

Su edificio.

Su ventana.

Luego vio humo.

Su apartamento estaba destruido.

Las cortinas quemadas ondeaban hacia afuera. La puerta principal colgaba rota. Dos figuras oscuras se movían entre las sombras del pasillo, revisándolo todo, abriendo cajones, rompiendo muebles, buscando.

Buscándola.

Alessia se llevó una mano a la boca.

No hizo ruido.

Eso fue peor.

Su dolor no salió en grito. Se quedó dentro, apretándole el pecho hasta hacerle temblar los hombros.

Kael la observó. La dureza de su rostro empezó a agrietarse, apenas, como hielo bajo presión.

—Lo siento.

Ella soltó una risa pequeña, rota, sin humor.

—¿Lo siente?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Tenía fotos de mi madre ahí. Sus cartas. Su collar. Todo lo que me quedaba de ella.

Kael cerró la mandíbula.

—Lo recuperaremos.

—No prometa cosas que no puede devolver.

La frase lo golpeó.

Se notó en el silencio.

Kael bajó la mirada hacia sus propias manos. Manos fuertes, manchadas de sangre, acostumbradas a firmar contratos imposibles y a quebrar enemigos invisibles. Pero inútiles, en ese instante, para reparar una caja de recuerdos quemada.

—No —dijo en voz baja—. Eso no puedo devolverlo.

Alessia miró de nuevo la pantalla.

Una de las figuras oscuras levantó algo entre los escombros.

Una fotografía.

Su madre.

Alessia se inclinó hacia adelante.

—Deténganse. Tenemos que volver.

—No —dijo Kael.

—¡Tienen una foto de mi madre!

—Y usted sigue respirando porque no está allí.

—¡Es mi madre!

La voz se le quebró.

Kael la miró.

El aire entre ambos cambió.

—También fue mi juramento.

Alessia se quedó quieta.

—¿Qué?

Kael no respondió.

Pero Cassian sí.

—Elara Moreau hizo arrodillarse a Kael Blackwood una sola vez en su vida.

Kael giró la cabeza hacia él.

—Cassian.

El Beta no se calló.

—Ella merece saberlo.

Alessia miró a Kael con el corazón suspendido.

—¿Mi madre lo obligó a arrodillarse?

Kael permaneció en silencio tanto tiempo que la lluvia pareció ocupar toda la camioneta.

Luego habló.

—Me encontró desangrándome en un bosque a las afueras de Lyon. Tenía veintitrés años. Mi padre acababa de morir. Mi clan estaba dividido. Los otros linajes querían borrar a los Blackwood antes de que yo tomara el mando.

Alessia escuchó sin moverse.

La voz de Kael era baja, pero cada palabra tenía peso.

—Su madre me escondió durante tres noches. Me curó. Me alimentó. Me mintió sobre quién era usted. Y cuando los cazadores llegaron, me entregó una niña dormida en brazos.

Alessia sintió que el cuerpo se le enfriaba.

—¿Yo?

Kael asintió.

—Me dijo que si la marca despertaba, el mundo vendría por usted. Me hizo jurar que la encontraría antes que ellos.




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