El Contrato de la Luna

El trato de sangre

—Entrégate voluntariamente… o quemaremos Ravenshill con todos dentro.

La frase cayó sobre la escalinata como una antorcha encendida.

Alessia sintió que el aire se volvía espeso, casi imposible de respirar. La lluvia resbalaba por su rostro, mezclándose con el sudor frío que le nacía en la nuca. Sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca marcada, como si pudiera ocultar aquella luz plateada que la delataba ante todos.

Frente a ella, el hombre de abrigo blanco sonreía.

No era una sonrisa amable. Era hermosa, sí, demasiado perfecta, demasiado limpia, pero tenía algo cruel en los bordes. Algo que no necesitaba mostrar colmillos para parecer peligroso.

Kael se colocó un paso delante de Alessia.

No la tocó.

No la empujó detrás de él.

Solo ocupó el espacio entre ella y la amenaza, con los hombros tensos, la mandíbula dura y esa calma terrible de quien ya había decidido matar si era necesario.

—Dorian —dijo Kael.

El nombre pareció recorrer el lugar como una maldición.

La anciana Blackwood apretó el bastón. Cassian levantó el arma. Los hombres del clan dieron un paso hacia adelante, pero nadie atacó.

Nadie se atrevía.

Dorian ladeó la cabeza, dejando que la lluvia le mojara el cabello claro. Sus ojos dorados brillaron con una diversión peligrosa.

—Kael Blackwood. El gran Alfa de la sangre antigua. Siempre tan dramático. Siempre tan convencido de que el mundo debe obedecer cuando frunce el ceño.

Kael no respondió.

Su silencio fue más amenazante que cualquier insulto.

Dorian miró por encima de su hombro, directo a Alessia.

Ella sintió esa mirada como una mano fría cerrándose alrededor de su garganta.

—Y tú debes ser la causa de todo este desastre.

Alessia quiso retroceder, pero se obligó a quedarse quieta. Estaba aterrada. La marca le ardía. Tenía el cuerpo cansado, la vida rota y el corazón lleno de preguntas. Pero no iba a mostrarle debilidad a un hombre que acababa de amenazar con quemar una casa llena de personas.

—Tengo nombre —dijo.

La sonrisa de Dorian se amplió.

—Claro que sí. Alessia Moreau. Hija de Elara. Última portadora de la marca imposible.

Alessia sintió que el nombre de su madre volvía a clavársele en el pecho.

Kael dio un paso al frente.

—No vuelvas a nombrarla.

Dorian levantó ambas manos con falsa inocencia.

—Qué sensible. Casi parece que la culpa todavía te muerde por las noches.

El rostro de Kael no cambió.

Pero Alessia lo sintió.

No supo cómo. No fue un pensamiento. Fue un golpe dentro de su propio pecho. Una punzada oscura, profunda, furiosa. Como si algo en ella hubiera rozado el dolor de él.

Kael también lo notó.

Su cabeza giró apenas hacia ella.

Solo un segundo.

Pero bastó.

Dorian lo vio.

Y entonces sonrió de verdad.

—Así que es cierto —susurró—. El vínculo ya comenzó.

El murmullo explotó entre los Blackwood.

La anciana cerró los ojos, como si acabara de confirmar su peor temor.

Alessia miró a Kael.

—¿Qué significa eso?

Kael no apartó la vista de Dorian.

—Nada que él tenga derecho a usar contra ti.

—Pero lo usará —dijo Dorian, con suavidad—. Todos lo haremos.

La marca en la muñeca de Alessia palpitó.

Uno de los lobos ocultos entre los árboles gruñó. Luego otro. Y otro más. El bosque entero parecía respirar alrededor de Ravenshill, lleno de ojos dorados, de sombras enormes, de cuerpos esperando una sola orden para atacar.

Dorian extendió una mano hacia ella.

—Ven conmigo, Octava Luna. Te prometo una habitación segura, respuestas claras y una vida que no dependa del humor posesivo de un Blackwood.

Kael soltó una risa baja.

Sin alegría.

—Si das un paso más hacia ella, te arranco la mano.

Dorian miró su propia mano, divertido.

—Sigues creyendo que puedes proteger todo lo que deseas.

La palabra deseos atravesó el aire con veneno.

Alessia sintió calor en el rostro, no por vergüenza, sino por rabia. Todos hablaban de ella como si fuera un territorio, una llave, una reliquia maldita. Nadie preguntaba qué quería. Nadie parecía entender que debajo de aquella marca había una mujer que acababa de perder su casa, su pasado y la única versión de su vida que conocía.

Dio un paso adelante.

Kael giró de inmediato.

—Alessia.

Ella no lo miró.

—Estoy cansada de que hablen por mí.

Dorian arqueó una ceja.

—Interesante.

—No me entrego a nadie —dijo ella, con la voz temblándole apenas—. Ni a usted, ni a él, ni a ningún clan escondido en el bosque.

El silencio fue brutal.

Kael la observó con una intensidad que le hizo arder la piel. Había orgullo en sus ojos. Y miedo. Mucho miedo.

Dorian, en cambio, suspiró como si ella lo hubiera decepcionado.

—Tu madre también era valiente.

Alessia apretó los puños.

—No hable de mi madre como si la hubiera conocido.

La sonrisa de Dorian desapareció.

—La conocí mejor de lo que imaginas.

Algo en su tono hizo que Alessia se quedara helada.

Kael gruñó.

No fue una palabra.

Fue una advertencia salida de lo más profundo de su pecho.

Dorian no apartó los ojos de ella.

—Elara no murió protegiéndote de nosotros, Alessia.

Kael avanzó.

—Cállate.

—Murió protegiéndote de él.

El mundo se detuvo.

Alessia giró lentamente hacia Kael.

La lluvia le golpeaba los labios, los párpados, la garganta. Pero ya no sentía frío. Solo una presión dolorosa entre las costillas.

—¿Qué está diciendo?

Kael miraba a Dorian con una furia tan contenida que parecía a punto de romper el suelo bajo sus pies.

—Está mintiendo.

Dorian sonrió otra vez.

—¿Seguro?

Alessia dio un paso hacia atrás.

Kael lo sintió como si le hubieran clavado algo.

—Alessia, mírame.




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