El Contrato de la Luna

La voz bajo la piedra

—Mamá…?

La palabra salió de los labios de Alessia como si no le perteneciera.

No fue un grito. No fue una pregunta completa. Fue una herida abierta.

El salón entero quedó inmóvil.

La luz plateada del contrato flotaba sobre la mesa de piedra, temblando en el aire como una llama imposible. Los símbolos antiguos seguían encendidos bajo las manos de Alessia y Kael, pero ninguno de los dos se movía.

Kael tenía el rostro pálido.

No como un hombre asustado.

Como un hombre condenado.

—Alessia —dijo él en voz baja.

Ella retrocedió un paso.

—No.

Kael no avanzó.

Esa quietud dolió más que si la hubiera detenido. Parecía saber que si daba un solo paso hacia ella, terminaría de romper algo que apenas empezaba a sostenerse.

La voz volvió a llenar el salón.

Suave.

Lejana.

Rota.

—Hija mía…

Alessia se cubrió la boca con una mano. Sus ojos se llenaron de lágrimas tan rápido que todo se volvió borroso: la mesa, los estandartes, los rostros tensos, la figura de Dorian observando con una expresión que ya no parecía burla, sino alarma.

—No puede ser —susurró Alessia—. No puede ser.

Helena Blackwood golpeó el bastón contra el suelo.

—Eso no es Elara.

La luz del contrato parpadeó.

La voz respondió:

—Sigues odiándome, Helena.

La anciana palideció.

Por primera vez desde que Alessia la había visto, Helena Blackwood perdió parte de su dureza. Sus dedos se cerraron alrededor del bastón con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos.

—La cripta no conserva almas —dijo Helena—. Conserva ecos.

—Algunos ecos existen porque la verdad fue enterrada viva.

Alessia sintió que las piernas le fallaban.

Kael se movió apenas, instintivamente, como si fuera a sostenerla.

Ella lo miró.

Y él se detuvo.

Ese pequeño gesto le destrozó algo por dentro. Porque había cuidado en él. Había culpa. Había un dolor tan grande que casi podía sentirse en el aire. Pero la voz de su madre acababa de decirle que no confiara.

Y Alessia ya no sabía qué parte de su corazón estaba mintiendo.

—¿Dónde estás? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Dónde estás, mamá?

El suelo volvió a temblar.

Una grieta fina se abrió en el centro de la sala, desde la mesa de piedra hasta una puerta oculta tras el octavo estandarte. El tejido oscuro se rasgó solo, cayendo al suelo como una sombra muerta.

Detrás apareció una escalera descendente.

Fría.

Negra.

Antigua.

Cassian dio un paso adelante.

—Alfa, no debemos bajar.

Dorian soltó una risa baja, pero esta vez no sonó divertida.

—Por una vez estoy de acuerdo con tu perro guardián.

Cassian lo miró con odio.

Kael no apartó los ojos de la escalera.

—La cripta despertó por ella.

Alessia sintió la marca arder.

No como dolor.

Como llamado.

La luz en su muñeca palpitaba hacia la escalera, igual que una brújula apuntando al lugar donde algo la esperaba desde hacía demasiado tiempo.

—Voy a bajar —dijo.

Kael giró hacia ella.

—No.

La palabra salió demasiado rápida.

Demasiado cargada.

Alessia lo miró con lágrimas aún brillando en sus pestañas.

—¿Me lo está prohibiendo?

Él apretó la mandíbula.

—Te estoy pidiendo que no lo hagas.

—No sonó como una petición.

Kael cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, la plata en su mirada parecía más intensa.

—Hay cosas bajo Ravenshill que ni siquiera mi clan entiende por completo.

—Pues mi madre está ahí.

—No lo sabemos.

—Yo sí lo sé.

Kael dio un paso hacia ella, pero se obligó a detenerse a medio camino. Sus manos quedaron a los lados, tensas, heridas, manchadas de sangre seca.

—Esa voz puede estar usando tu dolor.

Alessia tragó saliva.

—Y usted puede estar usando mi miedo.

La frase lo golpeó.

Se notó en sus ojos.

Dorian se acercó lentamente, con las manos en los bolsillos del abrigo blanco. Su elegancia parecía fuera de lugar en medio de tanta oscuridad.

—Déjala bajar, Blackwood. Tal vez al fin descubra quién fue realmente el monstruo de esta historia.

Kael giró hacia él.

—Una palabra más y olvido que viniste como emisario.

Dorian sonrió apenas.

—No lo olvidarías. Eres demasiado correcto para eso.

La tensión entre ambos llenó el salón como humo.

Pero Alessia ya no los escuchaba.

Solo escuchaba la voz.

Su madre.

La mujer que le había trenzado el cabello. La mujer que le decía que no mirara demasiado tiempo la luna llena. La mujer que una noche salió de casa con lágrimas en los ojos y nunca volvió.

Alessia dio el primer paso hacia la escalera.

Kael se movió junto a ella.

—No bajarás sola.

—No quiero que venga.

—Lo sé.

—Entonces quédese.

Kael la miró.

Y por primera vez no hubo orden, ni orgullo, ni máscara de Alfa.

Solo verdad.

—No puedo.

Alessia sostuvo su mirada.

—¿Por el vínculo?

—Por mi juramento.

—¿A mi madre?

Su rostro se endureció con dolor.

—A ti.

Ella se quedó sin respuesta.

Durante un segundo, en medio del caos, Alessia vio al hombre detrás del monstruo. Un hombre que cargaba una promesa como si fuera una cadena alrededor del cuello. Un hombre que parecía tener miedo no de morir, sino de fallarle otra vez a alguien que ya no podía perdonarlo.

Eso la hizo apartar la mirada.

Porque no quería sentir compasión por él.

No todavía.

—Entonces no se interponga —dijo.

Kael asintió una sola vez.

Cassian avanzó detrás de ellos.

Helena levantó el bastón.

—Kael, si cruzas esa puerta con ella, la cripta podría reconocer el contrato.

—Ya lo hizo —respondió él.

Helena apretó los labios.

—Entonces quizá no salgas siendo el mismo Alfa que entró.




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