El Contrato de la Luna

La mentira del Alfa

—Yo maté a Elara Moreau… porque Kael me lo pidió.

La cripta se quedó sin aire.

Alessia sintió que aquella frase no entraba por sus oídos, sino por su pecho, como una garra hundiéndose despacio hasta encontrar el lugar exacto donde todavía vivía la niña que había esperado a su madre junto a una ventana. Sus dedos, que segundos antes se aferraban a la camisa rota de Kael, comenzaron a soltarse uno por uno.

Kael lo notó.

No hizo nada para impedirlo.

Ese fue el primer golpe.

—Dime que es mentira —susurró Alessia.

Kael no respondió de inmediato. Tenía la mirada fija en la sombra de su padre, pero no por miedo. Era algo peor: reconocimiento. Culpa. Una herida antigua abriéndose delante de todos.

Alessia retrocedió.

—Kael, mírame y dime que ese monstruo está mintiendo.

Él giró hacia ella.

Sus ojos plateados estaban llenos de dolor.

—No fue como él lo dice.

Alessia soltó una risa rota.

—Esa no es una respuesta. Esa es la frase que usan los culpables cuando todavía quieren parecer inocentes.

Kael cerró los puños.

—Yo no pedí que la mataran.

—Pero sabías dónde estaba.

El silencio fue devastador.

La sombra del padre de Kael sonrió desde el centro de la cripta.

—Qué inteligente es la niña de Elara. Entiende las verdades incluso cuando nadie se atreve a decirlas completas.

Kael giró con un gruñido.

—Una palabra más sobre ella y te arranco de esta cripta aunque tenga que destruir cada piedra de Ravenshill.

—Siempre tan dramático, hijo. Siempre tan dispuesto a matar después de haber llegado tarde.

Alessia sintió que la marca en su muñeca ardía.

—No —dijo ella, con la voz quebrada—. No lo calles. Quiero escucharlo. Quiero que hable. Porque aparentemente los muertos tienen más valor para decirme la verdad que los vivos.

Kael volvió a mirarla.

Esa frase lo destruyó por dentro.

Se vio en la forma en que su mandíbula perdió rigidez durante un segundo, en cómo sus hombros bajaron apenas, en cómo sus ojos dejaron de parecer los de un Alfa y se volvieron los de un hombre que ya sabía que ninguna explicación iba a salvarlo.

—Tenía veintitrés años —dijo él—. Mi padre acababa de asesinar a medio consejo Blackwood. Yo estaba herido, perseguido, sin aliados. Elara me encontró antes que ellos.

Alessia apretó los labios.

—No me cuentes tu tragedia para suavizar la mía.

—No intento suavizar nada.

—Entonces habla claro.

Kael respiró hondo.

—Le dije a mi padre que Elara podía detener la guerra.

Alessia sintió que el suelo se le movía.

—¿Y él entendió que debía matarla?

—Él entendía todo como posesión o amenaza. Para mi padre, si algo no podía controlarse, debía destruirse.

—¿Y tú no lo sabías?

Kael bajó la mirada.

—Debí saberlo.

La respuesta la atravesó más que una negación.

Alessia dio otro paso atrás.

—Mi madre murió porque tú fuiste ingenuo.

Kael levantó los ojos hacia ella.

—Sí.

—Porque confiaste en un asesino.

—Sí.

—Porque pensaste que podías jugar con una verdad que no entendías.

—Sí.

Alessia negó con la cabeza, con lágrimas cayendo silenciosas por su rostro.

—Deja de decir que sí como si aceptar la culpa me devolviera algo.

Kael dio un paso hacia ella y se detuvo cuando vio cómo ella tensaba el cuerpo.

—No me perdones —dijo con voz baja—. No te estoy pidiendo eso. Ódiame si necesitas hacerlo. Maldíceme. Dime que soy igual que él. Pero no creas que entregué a tu madre sabiendo que iba a morir, porque esa mentira no se la permitiré ni a los muertos.

La sombra soltó una risa seca.

—Qué noble. Qué hermoso. Qué inútil.

Alessia no apartó la mirada de Kael.

—¿La viste morir?

Kael cerró los ojos.

—Sí.

—¿La tocaste?

Su voz se quebró.

—Sí.

—¿Te pidió algo?

Kael abrió los ojos.

Y esa vez el dolor fue tan real que Alessia casi lo sintió como propio.

—Me pidió que no dejara que cargaras con mis culpas.

Alessia se quedó inmóvil.

La frase le partió algo muy profundo.

—Y aun así lo hiciste.

Kael tragó saliva.

—Sí.

Ella se llevó la mano marcada al pecho.

—Me vigilaste. Guardaste fotos. Expedientes. Datos de mi vida. Sabías dónde estudiaba, dónde trabajaba, cuándo cumplía años, cuándo estuve enferma, cuándo me mudé. Lo sabías todo, Kael. Todo. Pero nunca viniste a decirme: “Tu madre murió por una guerra que empezó antes de ti. Tu madre murió porque yo cometí un error”. Preferiste aparecer como salvador cuando mi vida ya estaba incendiándose.

Kael recibió cada palabra sin moverse.

—No vine antes porque cada linaje que me observaba habría encontrado tu rastro.

—Mentira.

—No.

—Sí —dijo ella, con la voz temblando de furia—. Esa es la parte de la historia que te cuentas para poder dormir. No viniste porque eras cobarde. Porque preferías protegerme desde lejos antes que mirarme a la cara y aceptar que yo tenía derecho a odiarte.

Kael pareció dejar de respirar.

La sombra de su padre aplaudió lentamente.

—Ahí está. La sangre de Elara. Hermosa cuando corta.

Kael no lo miró.

Solo miraba a Alessia.

—Tienes razón.

Ella soltó una risa amarga.

—No quiero tener razón. Quiero a mi madre.

El silencio que siguió fue insoportable.

La cripta tembló.

Las figuras cubiertas de polvo empezaron a moverse alrededor de ellos, pero ninguno de los dos apartó la mirada. Había demasiadas cosas rotas entre ambos. Demasiadas verdades saliendo al mismo tiempo.

Kael habló más bajo.

—Yo también.

Alessia lo miró como si la hubiera golpeado.

—No tienes derecho a decir eso.

—Lo sé.

—Mi madre no era tu pérdida.

—No. Fue mi condena.

Ella negó despacio.

—No conviertas su muerte en tu castigo. Ella era más que tu culpa.




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