El Contrato de la Luna

El Alfa arrodillado

—El Alfa Blackwood le pertenece a ella.

La voz de Dorian atravesó Ravenshill como una daga elegante.

Alessia sintió que la frase no venía solo desde el salón, sino desde las paredes, desde el bosque, desde cada lobo arrodillado afuera. Le golpeó el pecho con una fuerza extraña, íntima, aterradora. No entendía del todo lo que significaba, pero su cuerpo sí. Su sangre sí. La marca en su muñeca ardió con una luz tan intensa que iluminó la piedra húmeda de la cripta.

Kael permaneció inmóvil frente a ella.

Por primera vez, no parecía un rey.

Parecía un hombre al borde de una verdad que no podía dominar.

Tenía la camisa rota, el cuello manchado de sangre seca, el cabello oscuro desordenado por la pelea y la lluvia, y aun así conservaba esa presencia imposible, esa autoridad natural que hacía que el aire pareciera obedecerlo. Pero sus ojos… sus ojos plateados ya no estaban llenos de órdenes.

Estaban llenos de miedo.

Alessia lo vio tragar saliva. Un movimiento mínimo. Casi imperceptible. Pero en él, que parecía hecho de control, ese gesto fue una confesión.

—¿Qué significa eso? —preguntó ella.

Kael no respondió enseguida. Bajó la mirada hacia la marca de Alessia, luego hacia su propia mano, como si buscara en su piel una cadena invisible. Sus dedos se cerraron despacio, con una tensión tan fuerte que las venas se marcaron sobre el dorso.

—Significa que el contrato no te puso bajo mi protección —dijo al fin, con la voz áspera—. Significa que mi sangre respondió a la tuya.

Alessia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—No me hables como si eso fuera normal.

Kael levantó la mirada.

—Nada de esto es normal.

—Entonces explícame con palabras humanas, Kael. No con frases antiguas, no con profecías, no con esa forma tuya de esconder lo peor detrás de una voz tranquila. ¿Qué significa que te pertenezco o que tú me perteneces? Porque estoy cansada. Estoy cansada de que cada respuesta abra otra herida. Estoy cansada de sentir que mi cuerpo sabe cosas que mi mente no entiende.

Kael dio un paso hacia ella.

Despacio.

No como Alfa.

Como hombre que temía asustarla.

—No significa que seas mía.

Alessia sostuvo su mirada, respirando con dificultad.

—Eso ya lo dijiste antes.

—Y lo sostengo.

—Entonces dime lo que no estás diciendo.

Kael apretó la mandíbula. El músculo de su mejilla se tensó. Sus ojos brillaron con una mezcla de rabia contenida y una vulnerabilidad que él parecía odiar más que cualquier enemigo.

—Significa que, si la Octava Luna despierta por completo, mi lobo responderá primero a ti antes que a mí. Significa que tu dolor puede doblarme. Tu miedo puede arrancarme el control. Tu llamado puede obligar a mi sangre a encontrarte aunque yo esté al otro lado del mundo. Significa que, durante siglos, los Alfas reclamaron lunas, compañeras, territorios, linajes… pero contigo ocurrió lo contrario.

Alessia sintió que el corazón se le detenía.

—Yo reclamé al Alfa.

Kael cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, había algo quebrado en ellos.

—Sí.

El silencio cayó entre ambos con un peso insoportable.

Alessia retrocedió hasta que su espalda tocó la pared de piedra. La humedad fría le atravesó la tela de la blusa, pero apenas lo sintió. Lo único real era Kael frente a ella. Ese hombre que había destruido sin querer una parte de su pasado, que había jurado protegerla, que le ocultó verdades imposibles, y que ahora parecía atado a ella por una fuerza más antigua que el odio.

—No quiero esto —susurró.

Kael bajó la cabeza.

—Lo sé.

—No quiero que mi sangre mande sobre nadie.

—Lo sé.

—No quiero sentirte cuando cierro los ojos. No quiero que mi marca arda cuando te acercas. No quiero que una parte de mí deje de odiarte solo porque tu dolor se siente parecido al mío.

Kael levantó la mirada con brusquedad.

Ese último golpe llegó a donde ella quería.

Y también a donde no quería.

Él respiró hondo, pero su pecho se movió como si el aire le pesara.

—No confundas el vínculo con perdón, Alessia. No me debes ternura porque puedas sentir mi culpa. No me debes confianza porque mi sangre se arrodille ante la tuya. Si un día me miras y solo encuentras odio, tendrás derecho a eso. Si un día decides alejarte, yo no te perseguiré para reclamar lo que no me pertenece.

Alessia soltó una risa baja, rota, casi amarga.

—¿No me perseguirás? Kael, todo en ti fue creado para perseguir. Tu apellido persigue. Tu clan persigue. Tu lobo persigue. Tu silencio persigue. Incluso cuando no estás, siento que algo de ti llegó antes que yo a cada lugar.

Kael no se defendió.

Solo la miró.

Y esa ausencia de defensa le dolió más.

—Tal vez por eso tengo miedo de tocarte —dijo él, muy bajo—. Porque no sé qué parte de mí intenta protegerte y qué parte intenta quedarse cerca porque no sabe vivir con otra distancia.

Alessia sintió que la garganta se le cerraba.

No era una declaración dulce.

Era peor.

Era honesta.

Y la honestidad, viniendo de Kael, era un peligro más difícil de resistir que su poder.

Desde arriba, un golpe estremeció el techo. Polvo cayó sobre ellos en una lluvia gris. Los aullidos que antes se habían apagado regresaron, pero ya no sonaban como ataque. Sonaban confundidos. Sumisos. Desesperados.

Cassian gritó desde las escaleras:

—¡Alfa! ¡Necesitamos que subas ahora!

Kael no apartó la mirada de Alessia.

—¿Puedes caminar?

Ella enderezó la espalda, aunque las piernas le temblaban.

—No soy de cristal.

—Nunca dije que lo fueras.

—Pero actúas como si fuera a romperme cada vez que me miras.

Kael se acercó un poco más. La luz de la marca hizo brillar el filo de sus pómulos, la herida de su mejilla, el cansancio oscuro bajo sus ojos.

—No te miro así porque seas débil, Alessia. Te miro así porque todo lo que toca mi vida termina sangrando. Y tú ya has perdido demasiado por acercarte a mí.




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