—Era mi primera luna.
Alessia sintió que la frase no caía en el salón.
Caía dentro de ella.
Lenta.
Pesada.
Cruel.
El mundo se volvió demasiado pequeño alrededor de su respiración. La mesa de piedra, los estandartes, la lluvia golpeando los ventanales, las sombras del bosque, incluso los lobos esperando afuera… todo quedó lejos. Lo único real fue Kael, de pie frente a ella, con la mirada rota y esa confesión atravesándole la garganta como si hubiera preferido arrancarse el corazón antes que decirla en voz alta.
—¿Tu primera luna? —repitió Alessia.
Su voz salió baja, peligrosa, llena de un temblor que no era miedo.
Kael cerró los ojos un segundo. Cuando volvió a abrirlos, la plata en ellos había disminuido, pero el dolor seguía ahí, desnudo, imposible de ocultar.
—Así llamamos al primer vínculo que despierta en un Alfa. No siempre es amor. No siempre es destino. A veces es protección. A veces deuda. A veces una promesa tan fuerte que la sangre la confunde con pertenencia.
Alessia dio un paso atrás.
Fue pequeño.
Pero Kael lo sintió como una distancia infinita.
—No me des una explicación bonita para una verdad horrible.
Él bajó la mirada.
—No fue bonita.
—Entonces habla claro, Kael. Porque cada vez que creo que llegamos al fondo, aparece otra puerta, otra cripta, otro contrato, otro pedazo de mi madre escondido en tu historia. Y yo estoy cansada de descubrir mi vida a través de tus silencios.
Kael apretó los labios. Su rostro parecía tallado en piedra, pero Alessia vio el gesto mínimo de sus dedos cerrándose contra la palma. Vio cómo sostuvo el aire antes de responder. Vio cómo su orgullo peleó contra su culpa y perdió.
—Elara fue la primera persona que pudo mirarme sin ver el apellido Blackwood. Yo era joven, arrogante, herido, criado para mandar antes de aprender a pedir perdón. Ella me salvó la vida y luego me obligó a mirarme como realmente era. No me admiraba. No me temía. No quería nada de mí. Eso, en mi mundo, era más raro que la lealtad.
Alessia tragó saliva.
Le dolía escuchar eso.
Le dolía porque hablaba de su madre con respeto.
Le dolía porque no sonaba como una mentira.
—¿La amabas? —preguntó.
Kael levantó la mirada.
El silencio duró demasiado.
—La respetaba más de lo que sabía soportar.
Alessia soltó una risa rota, sin humor.
—Eso no responde mi pregunta.
—No como tú la estás pensando.
—No sabes cómo la estoy pensando.
—Sí lo sé —dijo él, y su voz se quebró apenas—. Estás imaginando algo que ensucie su memoria. Algo que convierta todo esto en otra traición. Y no voy a permitir que mi culpa manche lo único limpio que tu madre dejó en mi vida.
Alessia sintió que se le humedecían los ojos, pero no lloró.
No todavía.
—No uses a mi madre para parecer honorable.
Kael asintió despacio.
—Tienes razón.
—Deja de darme la razón.
—No puedo mentirte más.
Esa frase la golpeó distinto.
Porque no sonó como una promesa.
Sonó como una rendición.
Helena Blackwood, que hasta entonces había permanecido en silencio junto al estandarte caído, apretó el bastón contra el suelo. Su rostro estaba pálido, pero su voz seguía afilada.
—Kael, basta. Hay verdades que no deben abrirse delante de una portadora recién despierta.
Alessia giró hacia ella.
—No vuelva a llamarme portadora como si yo fuera una vasija.
Helena sostuvo su mirada, pero sus dedos temblaron sobre la plata del bastón.
—Niña, no entiendes el peligro.
Alessia caminó hacia ella, despacio. Cada paso hizo que la marca en su muñeca brillara con un pulso suave, como si la luna bajo su piel estuviera escuchando.
—No. Lo que no entiendo es la costumbre que tienen todos de llamar peligro a mi derecho de saber la verdad. Mi madre está muerta. Mi casa fue destruida. Mi cuerpo está cambiando. Hay clanes esperando para juzgarme, eliminarme o reclamarme. Así que no me diga que soy demasiado frágil para escuchar. Frágil era mi vida antes de esta noche. Ahora solo queda lo que sobreviva.
El salón quedó inmóvil.
Cassian, desde la puerta, bajó ligeramente la cabeza. No fue sumisión. Fue respeto.
Kael la miró como si cada palabra le hubiera clavado algo y, al mismo tiempo, lo obligara a mantenerse de pie.
Helena no respondió.
Alessia volvió hacia Kael.
—Continúa.
Kael inhaló despacio.
—Elara llegó a Ravenshill antes de que tú nacieras. No como prisionera. No como aliada. Llegó porque sabía más de la Octava Luna que cualquiera de nosotros. Mi padre quería usarla. El Consejo quería ocultarla. Mi abuela quería expulsarla antes de que trajera una guerra a nuestra puerta.
Helena endureció el rostro.
—Y tuve razón.
Kael la miró con una frialdad que hizo descender la temperatura del salón.
—No vuelvas a culparla por la guerra que empezaron los hombres que querían su sangre.
Helena apretó la mandíbula.
Alessia observó ese intercambio con el corazón golpeándole fuerte. Había historia ahí. Mucha. Una historia que todos parecían haber enterrado bajo nombres elegantes, pactos antiguos y silencios familiares.
—¿Mi madre vivió aquí? —preguntó.
Kael volvió la mirada hacia ella.
—Tres meses.
La respuesta fue un golpe.
Tres meses.
Su madre caminó por esos pasillos. Tocó esas paredes. Respiró ese mismo aire pesado de secretos. Alessia miró alrededor como si pudiera encontrar algún rastro suyo entre las sombras.
—¿Y nunca pensaste decirme eso?
Kael bajó la voz.
—Pensé en decírtelo cientos de veces.
—Pero no lo hiciste.
—No.
—Porque protegerme era más cómodo que enfrentarme.
Kael sostuvo la mirada.
—Sí.
La honestidad ya no la calmaba.
La hería con más precisión.
Alessia rodeó la mesa lentamente. Sus dedos rozaron la piedra negra, aún tibia por el contrato. Cada símbolo parecía latir cuando ella pasaba cerca. Sintió miradas sobre su piel, la de Helena, la de Cassian, la de los guardias en la puerta, la de Kael siguiéndola con una intensidad que casi quemaba.