El Contrato de la Luna

La casa que empezó a mentir

—Dorian desapareció antes de salir del bosque.

Cassian tragó saliva.

—Y Helena también.

El silencio que siguió fue peor que un grito.

Alessia sostuvo la carta de su madre contra el pecho, como si aquel papel pudiera protegerla de otra verdad imposible. La habitación de Elara, que segundos antes había parecido un refugio triste y sagrado, se volvió de pronto demasiado pequeña. El olor a lavanda seca se mezcló con el frío de la lluvia y con una tensión que hizo que la marca en su muñeca comenzara a latir.

Kael no se movió al principio.

Solo giró lentamente la cabeza hacia Cassian.

Ese movimiento mínimo cambió todo el aire de la habitación. La herida en su mejilla seguía marcada, la camisa rota se pegaba a su pecho, pero su rostro perdió cualquier rastro de vulnerabilidad. El hombre que había escuchado la carta de Elara desapareció bajo el Alfa.

—Explícate —ordenó.

Cassian bajó la mirada apenas, no por miedo, sino por respeto a la furia que sentía venir.

—Lo escolté hasta el límite este. No habló. No intentó provocarme. Eso fue lo raro. Cuando cruzamos el primer círculo de robles, hubo niebla. Mucha. Demasiada para ser natural. Un segundo estaba delante de mí… al siguiente no había nada. Ni olor. Ni huellas. Ni rastro.

Kael apretó la mandíbula.

—¿Y Helena?

—Salió por el pasillo norte con dos guardias. Dijo que iba a revisar los sellos de la biblioteca antigua. Los guardias aparecieron inconscientes. Ella no.

Alessia sintió que el cuerpo se le tensaba.

—¿Dorian se la llevó?

Cassian la miró.

—No lo sabemos.

Kael avanzó hacia la puerta, pero Alessia habló antes de que pudiera salir.

—No. Esta vez no vas a correr detrás de todos sin decirme qué está pasando.

Kael se detuvo.

Su espalda se endureció. Durante un segundo, Alessia creyó que iba a darle otra orden, una de esas frases frías con las que él intentaba disfrazar el miedo de autoridad. Pero Kael respiró hondo, giró hacia ella y sostuvo su mirada.

—Helena conoce todos los sellos de Ravenshill. Si alguien la tomó, no fue por debilidad. Fue porque necesitaban algo que solo ella puede abrir.

—¿Qué cosa?

Cassian miró a Kael.

Kael no apartó los ojos de Alessia.

—La cámara de juramentos.

Ella apretó más la carta.

—¿Y ahí qué hay?

Kael tardó demasiado en responder.

Alessia sintió que el pulso se le aceleraba.

—Kael.

Él bajó la voz.

—El primer contrato de la luna.

La frase cayó entre los tres como una llave girando dentro de una cerradura antigua.

Alessia sintió que el aire le faltaba.

—El contrato que mi madre firmó contigo.

—Sí.

—Me dijiste que no estaba aquí.

—Te dije que no podíamos hablarlo en la cripta.

—Eso no es lo mismo.

Kael cerró los ojos un segundo, como si esa precisión le doliera porque era justa.

—No. No es lo mismo.

Alessia caminó hacia él despacio. La manta gris seguía sobre la silla, la caja abierta sobre el escritorio, la carta en su mano temblorosa. Pero ya no parecía la mujer quebrada frente a los recuerdos de su madre. Parecía alguien aprendiendo a sostener su rabia sin dejar que la consumiera.

—Quiero verlo.

Cassian inhaló con fuerza.

—Alessia, no es seguro.

Ella giró hacia él.

—Nada aquí es seguro. Ni las paredes. Ni las personas. Ni las palabras. Al menos un papel no puede mirarme a los ojos mientras decide mentirme.

Kael recibió la frase sin defenderse.

—Vendrás conmigo —dijo.

Alessia levantó la barbilla.

—No porque tú lo ordenes.

—No. Porque tienes derecho.

La respuesta la dejó sin réplica por un instante.

Kael salió primero, pero esta vez esperó fuera del umbral. Alessia guardó la carta de su madre dentro de la caja, tomó el collar lunar y se lo colocó. El metal frío cayó sobre su pecho como una promesa y una advertencia.

Al tocar su piel, el colgante brilló apenas.

Kael lo vio.

No dijo nada.

Pero sus ojos se oscurecieron con preocupación.

Caminaron por el pasillo norte.

Ravenshill ya no se sentía como una mansión. Se sentía como un animal enorme conteniendo la respiración. Las luces titilaban. Los retratos parecían más atentos. A lo lejos se escuchaban pasos, órdenes bajas, puertas cerrándose, guardias moviéndose como sombras disciplinadas.

Alessia notó cada gesto de Kael.

La forma en que sus dedos rozaban las paredes al pasar, buscando señales invisibles. Cómo inclinaba la cabeza cuando un sonido no encajaba. Cómo su cuerpo se colocaba siempre en el ángulo exacto entre ella y cualquier puerta abierta.

—Lo estás haciendo otra vez —dijo ella.

Kael no la miró.

—Lo sé.

—Y aun así lo haces.

—Estoy intentando aprender a no encerrarte. No a dejar de impedir que te maten.

Cassian, detrás de ellos, soltó un sonido mínimo que casi pudo ser una risa. Kael lo miró de reojo y el Beta recuperó la seriedad al instante.

Alessia quiso molestarse.

No pudo del todo.

Ese pequeño fragmento de normalidad, tan absurdo en medio de la noche más imposible de su vida, le provocó un dolor extraño. Como si una parte de ella recordara que todavía existían cosas humanas: una broma contenida, una respuesta seca, una respiración que no terminaba en tragedia.

Pero el momento murió al llegar a la biblioteca antigua.

Dos guardias estaban en el suelo, inconscientes. Uno tenía sangre en la sien. El otro respiraba con dificultad. Cassian se arrodilló junto a ellos, revisó sus pulsos y apretó los dientes.

—Vivos.

Kael se acercó a la puerta.

Era enorme, de madera negra, cubierta de símbolos plateados. En el centro había una hendidura circular.

—Helena abrió esto —dijo.

Alessia se acercó.

—¿Cómo lo sabes?

Kael señaló una mancha roja en el borde del círculo.

—Sangre Blackwood.




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