Alessia cayó de rodillas sobre un suelo que no era suelo.
La superficie bajo sus manos parecía cristal oscuro, pero no estaba fría. Latía. Respiraba. Cada vez que sus dedos tocaban aquella textura negra y brillante, una vibración subía por sus brazos como si el lugar estuviera vivo y reconociera la sangre que acababa de llegar.
El aire olía a ceniza, lluvia y metal.
Durante unos segundos no pudo escuchar nada más que su propia respiración rota. Tenía la garganta ardiendo por el grito, la muñeca marcada palpitándole como una herida abierta y el cuerpo entero temblando por el tirón que la había arrancado de Ravenshill.
Luego escuchó otro sonido.
Un gruñido.
Bajo.
Furioso.
Cercano.
Alessia levantó la cabeza.
Kael estaba a pocos pasos de ella, también de rodillas, con una mano apoyada en el suelo oscuro y la otra cerrada con tanta fuerza que sus nudillos parecían a punto de romperse. Su cuerpo temblaba, no de miedo, sino de contención. Tenía los hombros tensos, la respiración pesada y los ojos completamente plateados.
La luz de aquel lugar le marcaba el rostro con sombras crueles. La herida de su mejilla se había abierto otra vez. Una línea de sangre bajaba hasta su mandíbula, pero él ni siquiera parecía notarlo.
Solo la miraba a ella.
—Alessia.
Su voz salió áspera, como si la hubiera llamado desde un lugar más profundo que la garganta.
Ella intentó incorporarse, pero la marca de su muñeca ardió y la obligó a cerrar los dedos contra el suelo.
Kael se movió de inmediato.
No pensó.
No pidió permiso.
Su instinto lo arrastró hacia ella, pero antes de que pudiera tocarla, una cadena de luz negra salió del suelo y se cerró alrededor de su cuello.
Kael se detuvo en seco.
El golpe lo hizo inclinarse hacia adelante, pero no cayó. Sus dedos atraparon la cadena con furia, y un gruñido le deformó la respiración.
—No —dijo Alessia, levantándose a medias—. ¡Suéltenlo!
Su voz rebotó en la oscuridad.
Entonces el mundo se encendió.
No había cielo.
No había paredes.
Había un círculo inmenso, suspendido en una especie de noche sin estrellas. Alrededor de ellos se elevaban siete tronos de piedra blanca, cada uno marcado con el símbolo de un lobo distinto. En cada trono, una figura observaba desde las sombras.
Y sobre todos ellos, enorme, imposible, una luna negra colgaba en el vacío.
No brillaba.
Absorbía la luz.
Alessia sintió que algo en su sangre se encogía ante esa luna.
Una voz masculina habló desde el trono central.
—La portadora ha sido presentada.
Kael tiró de la cadena.
El sonido metálico hizo temblar el círculo.
—Si vuelve a llamarla portadora, le arrancaré la lengua delante de su Consejo.
Un murmullo recorrió los tronos.
Alessia giró hacia él. Incluso atado, incluso sangrando, incluso arrastrado a un juicio que podía destruirlo, Kael seguía sonando como alguien incapaz de inclinarse.
Pero ella había visto lo contrario.
Lo había visto arrodillado por culpa de su marca.
Y esa imagen le dolía más que cualquier amenaza.
La figura del trono central se inclinó hacia adelante. Llevaba una máscara de luna partida. Su voz era tranquila, vieja, cargada de autoridad.
—Kael Blackwood, tu autoridad fue suspendida al comprobarse sometimiento involuntario ante la Octava Luna. No tienes derecho a hablar en este juicio salvo que se te conceda.
Kael sonrió.
Fue una sonrisa mínima.
Peligrosa.
Sin alegría.
—Entonces no me lo concedas.
La cadena alrededor de su cuello se apretó.
Alessia sintió el dolor como si le cerraran la garganta a ella también. Jadeó y se llevó una mano al cuello.
Kael lo vio.
Su expresión cambió al instante.
La furia no desapareció, pero quedó atravesada por miedo.
—No reacciones a mí —dijo él, con voz baja y tensa—. Alessia, escúchame. No tomes mi dolor.
Ella respiró con dificultad.
—No sé cómo no hacerlo.
La figura del trono central habló de nuevo:
—El vínculo está activo. La ancla responde. La portadora absorbe. La profecía avanza.
Alessia levantó la mirada hacia los tronos.
El miedo seguía ahí, sí, pero debajo del miedo algo empezaba a endurecerse.
—Mi nombre es Alessia Moreau.
La oscuridad pareció escucharla.
La luna negra se movió apenas.
—No soy una portadora. No soy una herramienta. No soy una cosa que ustedes puedan traer a un círculo oscuro y evaluar como si fuera una amenaza en una hoja de cálculo.
Un trono a la derecha dejó escapar una risa femenina.
—Habla como Elara.
El nombre de su madre atravesó a Alessia como una llama.
Kael tiró de la cadena otra vez.
—No la provoquen.
Alessia giró hacia él.
—Kael.
Él se quedó inmóvil.
No porque ella lo obligara.
Porque escuchó en su voz una advertencia distinta.
Ella no quería que él peleara por ella en ese momento.
Quería hacerlo sola.
Kael lo entendió.
Le costó. Se notó en la tensión de su mandíbula, en cómo sus dedos temblaron antes de soltar la cadena, en cómo su cuerpo entero parecía ir contra su voluntad. Pero obedeció esta vez por elección.
Y eso fue distinto.
Alessia volvió a mirar al Consejo.
—Ustedes me trajeron aquí. Entonces escuchen. No voy a responder a un título que no elegí. Si quieren hablar conmigo, usarán mi nombre.
La figura central guardó silencio.
Luego dijo:
—Alessia Moreau.
Su nombre sonó extraño en aquella boca.
Frío.
Legal.
Como una concesión temporal.
—Has sido convocada al juicio anticipado por despertar un llamado de sometimiento sobre lobos de seis linajes, alterar la autoridad de un Alfa reconocido, modificar un contrato lunar sellado y liberar un vínculo que no debería poder romperse desde la voluntad humana.