El Contrato de la Luna

El enemigo bajo la máscara

—El mismo que mató a la primera Octava Luna.

La frase no sonó como una confesión.

Sonó como una corona cayendo sobre una tumba.

Alessia sintió que el círculo entero se inclinaba bajo sus pies. La copa de piedra convertida en polvo aún se deshacía entre sus dedos, dejando un rastro plateado sobre su piel. Su garganta ardía por la sangre de los siete linajes, pero lo peor no era el dolor físico. Lo peor era aquella voz saliendo del juez central, profunda, antigua, imposible, como si algo enterrado mucho antes de los clanes hubiera aprendido a hablar usando la boca de un Alfa.

Kael se colocó junto a ella.

No delante.

Junto.

Ese detalle, en medio del horror, le golpeó el pecho con una fuerza inesperada. Él temblaba de furia, con la mandíbula tensa, los ojos plateados fijos en la máscara partida del juez, pero no intentó apartarla ni esconderla detrás de su cuerpo. Sus dedos estaban curvados, listos para atacar, aunque su hombro rozaba apenas el de Alessia como una promesa silenciosa: no voy a decidir por ti, pero tampoco voy a dejarte sola.

Seraphine Valcourt retrocedió desde su trono.

La mujer de cabello rojo, que hasta ese momento había conservado una elegancia peligrosa, perdió color en los labios. Sus ojos dorados miraban al juez como si de pronto reconociera una pesadilla que su linaje había susurrado durante generaciones.

—No puede ser —dijo ella—. Los Sin Luna fueron exterminados.

El juez giró lentamente el rostro hacia ella.

La máscara de luna partida siguió agrietándose. Debajo no había piel normal, sino sombras moviéndose bajo una superficie pálida. Sus ojos negros no reflejaban nada. Ni la luna. Ni los tronos. Ni la rabia de Kael. Eran dos pozos.

—Eso les dijeron para que durmieran tranquilos.

Kael gruñó.

El sonido vibró en el círculo como una tormenta contenida.

—Alessia, atrás.

Ella giró apenas la cabeza hacia él.

Kael la miró.

Y corrigió antes de que ella hablara.

—Por favor.

Alessia sintió que algo doloroso se aflojaba dentro de ella.

No retrocedió del todo, pero dio medio paso hacia un lado, lo suficiente para no quedar en la línea directa entre Kael y aquella cosa. Él aceptó ese gesto como una victoria pequeña y amarga.

El juez sonrió.

La expresión no le pertenecía al rostro que usaba. Era demasiado antigua. Demasiado vacía.

—Míralos. El Alfa aprendiendo a pedir. La Luna aprendiendo a no obedecer. Qué conmovedor. Qué inútil.

Alessia apretó el colgante de su madre.

—¿Quién eres?

La criatura inclinó la cabeza.

—Me han llamado muchas cosas. Hereje. Vacío. El primer traidor. El que mordió la noche antes de que existieran los linajes. Pero tu sangre me conoce por otro nombre.

La marca de Alessia ardió.

No como llamado.

Como rechazo.

—No.

La sonrisa se amplió.

—Sí. Soy el hambre que los siete clanes enterraron para construir su poder. Soy la razón por la que inventaron contratos, juramentos y Alfas. Soy lo que queda cuando la luna se apaga.

Kael dio un paso adelante.

—Eres un parásito usando un cuerpo robado.

La criatura lo miró con una calma insultante.

—Y tú eres un rey con correa nueva.

El ataque fue invisible.

Kael apenas tuvo tiempo de levantar los brazos antes de que una fuerza oscura lo golpeara en el pecho y lo lanzara hacia atrás. Su cuerpo chocó contra el suelo de cristal negro, pero no se quedó abajo. Rodó, clavó una mano en la superficie y se levantó con los dientes apretados, respirando como si cada bocanada le cortara por dentro.

Alessia sintió el golpe en sus propias costillas.

Jadeó.

Kael giró hacia ella de inmediato.

—No lo tomes.

—No sé cómo evitarlo —dijo ella, odiando el temblor de su voz.

Seraphine habló desde su trono:

—Porque el vínculo está abierto y la luna negra lo está amplificando. Cada herida de él puede pasar a ti. Cada miedo tuyo puede debilitarlo a él.

Kael no apartó la mirada de la criatura.

—Entonces ciérralo.

Seraphine apretó los labios.

—No puedo.

—Entonces cállate.

La criatura soltó una risa lenta.

—Siempre me fascinó la arrogancia Blackwood. Incluso cuando están de rodillas creen que están dando órdenes.

Kael avanzó otra vez.

Alessia lo agarró del brazo.

No con fuerza.

Con urgencia.

Él se detuvo al instante.

La miró, y en esa mirada había demasiadas cosas: furia, dolor, miedo de fallarle, miedo de tocarla demasiado, miedo de obedecerla sin querer.

—No pelees como él quiere —dijo Alessia.

Kael respiró con dificultad.

—Si no peleo, te toca.

—Si peleas sin pensar, me rompe a través de ti.

La verdad lo golpeó.

Su pecho subió y bajó lentamente. Sus dedos, aún tensos, se relajaron apenas.

—Entonces dime qué ves.

Alessia parpadeó.

—¿Qué?

—Tú lo viste en la sangre. Viste que alteró el contrato. Viste lo que nosotros no pudimos ver. No me pidas que no ataque sin darme algo que pueda destruir.

La frase habría sonado brutal en otra boca.

En Kael sonó como confianza.

Ruda. Impaciente. Imperfecta.

Pero confianza.

Alessia volvió la mirada hacia la criatura. La máscara seguía agrietándose. Los otros miembros del Consejo permanecían de pie en sus tronos, paralizados entre el miedo y la vergüenza. Algunos parecían no entender cómo aquello había gobernado sobre ellos. Otros quizá lo habían sospechado y callado.

La marca de Alessia palpitó.

Cerró los ojos.

Dejó que el ardor subiera por su brazo. No lo siguió con miedo. Lo escuchó. Como había escuchado a los lobos arrodillados. Como había escuchado a Kael sin permitir que su dolor la dominara.

Al principio solo hubo ruido.

Aullidos.

Contratos.

Sangre.

Luego una imagen.

Una mujer de cabello blanco, vestida con una túnica de plata, arrodillada bajo una luna enorme. No era Elara. Era otra. Más antigua. Sus ojos tenían la misma luz que Alessia sentía en la sangre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.