El Contrato de la Luna

La deuda de la Octava Luna

—Antes del amanecer, la Octava Luna deberá elegir a un Alfa… o todos los linajes la elegirán por la fuerza.

La sentencia no terminó de sonar.

Se quedó viva.

Rodeándolos.

Mordiéndoles la piel.

Alessia sintió que la corona de hueso y plata flotaba frente a ella como una amenaza vestida de reliquia. No era hermosa. Era antigua, cruel, hecha para una cabeza que no había pedido reinar. Sus puntas parecían colmillos, y entre cada una brillaban pequeñas lunas talladas con símbolos que ella no conocía, pero que su sangre pareció entender con un estremecimiento profundo.

Kael la sujetó por los hombros.

Sus dedos no la apretaban, pero estaban firmes, como si todo su cuerpo hubiera decidido convertirse en el último muro entre ella y aquella corona.

—No —dijo él.

No fue una protesta.

Fue una declaración de guerra.

Seraphine Valcourt miró la corona con el rostro pálido. Su elegancia seguía intacta, pero sus ojos dorados tenían un miedo antiguo, heredado, de esos que no nacen en una noche, sino en generaciones enteras de advertencias.

—La deuda lunar —susurró—. Creí que era una leyenda.

Kael giró hacia ella.

—Habla.

Seraphine tragó saliva.

—Cuando la primera Octava Luna fue asesinada, su sangre maldijo a los linajes. No para destruirlos… sino para obligarlos a recordar que todo poder tomado sin elección debía pagarse algún día con elección.

Alessia sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Y yo soy el pago?

Seraphine la miró con tristeza.

—No. Eres la cobradora.

La frase la golpeó más fuerte que cualquier amenaza.

Alessia retrocedió un paso, pero la corona la siguió en el aire.

Kael se movió al instante, colocándose entre ambas. La corona se detuvo frente a su pecho y emitió un brillo blanco que le quemó la camisa. Kael apretó los dientes, pero no se apartó.

Alessia vio humo levantarse de la tela.

—Kael.

—No la mires —ordenó él, con voz ronca.

Ella sintió rabia incluso en medio del miedo.

—No me des órdenes.

Kael cerró los ojos un segundo.

El dolor de la quemadura le cruzó el rostro, pero su voz bajó.

—Entonces te lo pido. No la mires hasta que entendamos qué quiere.

Alessia respiró con dificultad.

Esa corrección, ese esfuerzo por no imponerse incluso mientras ardía, le apretó el corazón de una forma que no quiso nombrar.

—Se está quemando tu piel.

—He sobrevivido a cosas peores.

—Yo no.

Kael la miró.

Esa respuesta lo detuvo.

Porque no hablaba de la quemadura.

Hablaba de verlo destruirse por ella otra vez.

Kael se apartó apenas, lo suficiente para que la corona dejara de quemarlo, pero no tanto como para dejarla expuesta. La tela de su camisa estaba marcada con un círculo humeante. Debajo, la piel enrojecida comenzaba a sanar demasiado rápido.

Seraphine observó el gesto.

—La corona no puede tocarte, Blackwood. No fuiste elegido.

Kael sonrió sin humor.

—Qué alivio.

Alessia miró a la Alfa roja.

—¿Qué significa elegir a un Alfa?

Seraphine no respondió enseguida.

Ese silencio fue suficiente para que el miedo volviera.

Kael dio un paso hacia ella.

—Seraphine.

La mujer levantó la barbilla.

—Significa que la Octava Luna debe nombrar un Alfa como vínculo principal ante los linajes. No necesariamente como pareja. No necesariamente como dueño. Pero sí como representante de su poder en el orden antiguo.

Alessia soltó una risa amarga.

—Siempre encuentran palabras elegantes para decir jaula.

—Sí —admitió Seraphine—. Así sobrevivimos siglos sin llamarnos carceleros.

Kael miró la corona con odio.

—No lo hará.

La corona giró lentamente hacia él.

La voz desconocida volvió a llenar el círculo:

—Si la Luna no elige, los linajes elegirán por sangre, fuerza y dominio.

Seraphine cerró los ojos.

—Un reclamo abierto.

Alessia sintió que el frío le subía por los brazos.

—¿Qué es eso?

Kael no respondió.

Su rostro era suficiente.

Seraphine sí.

—Cada Alfa tendrá derecho a desafiar por ti. No por amor. No por protección. Por control. Si gana uno, los demás deberán reconocer su derecho sobre la Octava Luna.

Alessia sintió náuseas.

—No soy un territorio.

Kael habló con una voz tan baja que hizo temblar el suelo.

—Por eso nadie va a desafiar por ti.

Seraphine lo miró con tristeza.

—No puedes impedirlo tú solo.

Kael giró hacia ella.

—Mírame hacerlo.

Alessia cerró los ojos.

Sintió la furia de Kael atravesar el vínculo como fuego negro. No era solo rabia. Era terror. Un terror feroz, disfrazado de violencia, ante la idea de verla convertida en premio, en corona, en causa de guerra.

Y debajo de ese terror, algo más.

Una decisión peligrosa.

Kael estaba dispuesto a ofrecerse antes de permitir que los demás la reclamaran.

Alessia abrió los ojos de golpe.

—No.

Kael la miró.

—No he dicho nada.

—Lo sentí.

Su mandíbula se tensó.

—Entonces deja de escuchar.

—No puedo. Y aunque pudiera, ya conozco esa mirada. Vas a decir que te elija a ti porque así los demás no podrán tocarme.

Kael no habló.

Alessia sintió que el pecho se le rompía de rabia.

—No lo hagas. No conviertas tu culpa en una propuesta.

Kael dio un paso hacia ella.

—No es culpa.

—Entonces, ¿qué es?

La pregunta quedó entre ambos como una herida abierta.

Kael sostuvo su mirada.

La respuesta tardó.

Cuando llegó, fue más baja que un susurro.

—Es miedo.

Alessia perdió el aire.

Kael siguió, con la voz áspera:

—Miedo de que alguien te ponga una mano encima y no pueda detenerlo. Miedo de que te obliguen a elegir entre monstruos y termines creyendo que todos somos iguales. Miedo de que un día me mires y solo veas otra cadena, aunque yo esté intentando arrancarlas. Miedo de que la única forma de mantenerte viva sea convertirme en la prisión que más odias.




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