El Contrato de la Luna

La mujer dentro de la luna

La imagen apareció suspendida sobre el círculo del juicio.

Un rostro femenino.

Pálido.

Sereno.

Idéntico al de Alessia.

No parecido. No familiar. No una coincidencia de sangre lejana. Era como mirarse en un espejo antiguo, uno que hubiera aprendido a respirar siglos antes que ella naciera. La misma línea de la mandíbula. La misma forma de los labios. La misma profundidad en los ojos. Pero aquella mujer tenía algo que Alessia no tenía todavía: una calma terrible, casi sagrada, como si hubiera visto arder imperios y hubiera decidido no apartar la mirada.

Alessia no pudo moverse.

La corona agrietada flotaba aún entre sus manos. El poder seguía vibrando en su piel, pero su cuerpo se había quedado frío. Kael estaba a su lado, rígido, con la sangre marcándole la boca y los ojos clavados en la imagen. No dijo nada al principio. Ni siquiera respiró.

Dorian sonrió desde la visión proyectada por la luna de cristal.

—Hermoso, ¿verdad? Todo este tiempo buscando una heredera… cuando el origen nunca estuvo muerto.

Kael dio un paso hacia la imagen.

—Apaga eso.

Dorian arqueó una ceja.

—¿Sigues dando órdenes desde un juicio que ya no controlas?

Alessia sintió que el nombre de su madre le ardía en el pecho.

—¿Dónde está Helena?

Dorian ladeó la cabeza, fingiendo sorpresa.

—Qué curioso. Te muestro el rostro de una mujer que puede cambiar la historia de todos los linajes, y tú preguntas por la anciana que te mintió.

—Pregunté dónde está.

La voz de Alessia no fue alta, pero la luna de cristal tembló en manos de Dorian. Su sonrisa se tensó apenas.

Kael lo notó.

Seraphine también.

Dorian bajó la mirada hacia el cristal, luego volvió a sonreír.

—Vaya. La niña empieza a morder.

Kael mostró los dientes.

—Respóndele.

Dorian suspiró.

—Helena está viva. Por ahora. Aunque debo decir que abrió la tumba con menos resistencia de la esperada. Supongo que la culpa vuelve obedientes incluso a las mujeres más orgullosas.

Alessia sintió rabia.

Una rabia profunda, intensa, no solo por Helena, sino por su madre, por la tumba profanada, por cada mano que seguía entrando en las cosas sagradas de su vida como si ella no tuviera derecho a protegerlas.

—Si tocaste el cuerpo de mi madre…

Dorian la interrumpió con una suavidad cruel:

—No había cuerpo, Alessia.

El mundo se detuvo.

Kael giró hacia la imagen con violencia.

—Mientes.

Dorian levantó la luna de cristal.

Dentro, la mujer idéntica a Alessia abrió los ojos.

Y el juicio entero quedó en silencio.

No era una grabación.

No era un eco.

Aquella mujer miró.

Directamente a Alessia.

—Hija de Elara —dijo.

Su voz no salió de la imagen.

Salió dentro de la sangre de Alessia.

Ella se llevó una mano al pecho.

—¿Quién eres?

La mujer sonrió apenas.

No con ternura.

Con reconocimiento.

—La primera que se negó.

Seraphine cayó de rodillas.

No por sometimiento.

Por horror.

—Ariadne…

Kael giró hacia ella.

—¿La conoces?

Seraphine no apartó la mirada de la luna.

—No. Pero todas las niñas de mi linaje crecieron escuchando su nombre como advertencia. Ariadne fue la primera Octava Luna. La que rompió a los Alfas antiguos. La que fue asesinada para que naciera el Consejo.

La mujer dentro del cristal inclinó la cabeza.

—Asesinada no. Encerrada.

Dorian sonrió con triunfo.

—Y ahora entienden por qué necesitaba el contrato original. Elara no escondió un documento. Escondió una prisión.

Alessia sintió que el suelo bajo sus pies se abría sin moverse.

—Mi madre sabía esto.

Ariadne la miró.

—Tu madre descubrió demasiado tarde que mi encierro sostenía el equilibrio de los siete linajes. Mientras yo permanezco dentro de la luna de cristal, sus contratos conservan poder. Sus Alfas conservan jerarquía. Sus clanes conservan orden.

Kael habló con voz baja:

—¿Y si sales?

Ariadne sonrió.

Por primera vez, aquella calma pareció peligrosa.

—El orden recuerda que fue construido sobre mi sangre.

El silencio posterior fue brutal.

Dorian acercó el cristal a su rostro.

—Por eso vine, Alessia. No por el Consejo. No por Kael. No por la corona. Vine porque la verdadera Luna me pidió que la encontrara.

Kael soltó una risa fría.

—Tú no haces nada por nadie que no te prometa poder.

Dorian lo miró.

—Y tú no haces nada sin disfrazarlo de sacrificio. Supongo que todos tenemos hábitos.

Alessia apretó la corona agrietada hasta que sus dedos dolieron.

—¿Qué quieres de mí?

Ariadne respondió antes que Dorian.

—Que abras la prisión.

Kael se volvió hacia Alessia.

—No.

Esta vez la palabra salió dura.

Instintiva.

Casi desesperada.

Alessia lo miró.

Kael respiró con dificultad, entendiendo el error en cuanto vio la tensión en su rostro.

—Alessia… no como orden. Como advertencia.

—Entonces adviérteme mejor.

Él bajó la voz.

—No sabemos qué es. No sabemos qué quiere realmente. No sabemos por qué Elara eligió mantenerla encerrada.

Ariadne lo observó desde el cristal.

—El lobo negro desconfía de todo lo que no puede proteger encerrándolo.

Kael giró hacia ella.

—Y tú hablas como alguien que ha tenido siglos para perfeccionar una mentira.

Ariadne sonrió.

—Quizá por eso entiendo a los Blackwood.

La tensión entre ambos fue inmediata.

Alessia sintió algo extraño en la marca. No ardor. No dolor. Una especie de tirón hacia el cristal. Como si una parte de su sangre reconociera a Ariadne y quisiera acercarse, mientras otra parte se hundía de miedo.

Seraphine se puso de pie lentamente.

—Alessia, no la liberes.

Ariadne la miró.

—Seraphine Valcourt. Sangre roja. Siempre tan elegante en sus traiciones heredadas.




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